Los últimos días de Cano, entre la depresión y la austeridad

Tenía un reducido grupo de seguridad y los "lujos" eran para sus perros
Jineth Bedoya
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8 de noviembre de 2011  

BOGOTA.- Algunas bolsas de arroz, un par de sándwiches y postre Royal eran las últimas raciones de alimento que Alfonso Cano, el líder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), tenía en el rancho donde pasó sus últimas horas. La huida lo llevó a morir en la más absoluta austeridad. Por eso, la esquina donde dormía era un cuarto de tablas de madera que 20 días atrás ocupaba una joven campesina.

A ese escape desesperado lo llevaron los mismos hombres que el 2 de julio de 2008 protagonizaron la operación Jaque y el rescate de Ingrid Betancourt, tres norteamericanos y 11 militares. Ese mismo grupo de inteligencia del ejército se aprovechó de los gustos básicos del jefe de las FARC para acorralarlo. Sabían que la angustia y la desesperación ya los tenían dominado a él y a sus diez acompañantes. Para agosto de 2010, Cano ya estaba agobiado con las operaciones militares y se refugió en Marquetalia (Tolima), donde todavía podía moverse sin problema.

Pero llegó una nueva arremetida del ejército y en diciembre decidió quitarse de encima toda la escolta. A los 300 hombres que conformaban sus tres anillos de seguridad los redujo a 25. Su decisión llevó a que sus hombres tuvieran que alejarse de las pocas comodidades que tenían.

Su pretensión era hacer un semicírculo en la cordillera central y volver al sur de Tolima. Sin embargo, llegó la persecución de las fuerzas especiales que lo llevaron al Huila, entre enero y mayo de este año. En ese momento, decidió dejar a otros 15 hombres y se quedó con los diez de más confianza, incluida Patricia, su compañera, y sus dos perros.

Ya había tenido que abandonar la mitad de sus pertenencias. Sus libros, la manta térmica y suministros fueron quedando en los campamentos. Sin provisiones y sin botas, Cano y sus hombres tuvieron que hacer una larga caminata por las montañas, entre fines de junio y agosto, hasta llegar a Caldono (Cauca).

Desde allí grabó un mensaje para el Encuentro por la Paz en Barrancabermeja. Su aspecto lo decía todo: un saco negro descolorido y desgastado y la barba sin arreglar. Allí entró en paranoia al pensar que llevaba algún chip en sus objetos o que alguno de sus hombres tenía un rastreador, porque las tropas le cortaban el paso. Y ordenó que todos arrojaran sus botas.

Entonces tomó la decisión desesperada: atravesar la Panamericana para refugiarse en Suárez. "Su nivel de desesperación aumentó y fue cuando lo llevamos a cometer el error. Pasó algo que paradójicamente nos sirvió mucho y es que decidió afeitarse la barba", relató uno de los investigadores. Después de bordear la represa La Salvajina, se sacó la barba, que era su símbolo y que había cuidado por más de 40 años de los 64 que tenía.

"La afeitada lo cambió absolutamente y lo desestabilizó, porque su parte emocional se vio afectada y afectó también al grupo. Fue cuando por primera vez sus hombres pensaron en la desmovilización", relató el oficial.

Su vida ya no dependía de él, sino de sus hombres. Caliche, el jefe que asumió su seguridad, le puso un guía, que no lo identificaba como Cano ya que su aspecto había cambiado totalmente. Se volvió sumiso, ya no dirigía la situación y lo único que podía hacer era seguir cuidando de sus perros.

Su espacio quedó reducido a un cuadrado de tierra de 800 por 800 metros, con un rancho de un campesino que expropiaron y una casa cercana.

Hasta allí llegaba Caliche con las provisiones y los infaltables dulces que pedía. Y llegó lo que esperaban: Cano pidió que le organizaran mejor el rancho porque se iba a quedar seis meses. Hasta la caleta en la que se ocultó era básica. Sólo una excavación, con camuflaje natural. Los únicos que preservaron los "lujos" fueron los perros Pirulo y Conan, a quienes un guerrillero les limpiaba todas las noches las patas, antes de que se acostaran al lado del amo.

Cano no permitía que les dijeran perros. Era obligación llamarlos por sus nombres. En medio del combate Pirulo huyó y Conan resultó herido. Y Patricia, la mujer que acompañó al líder de las FARC desde que tenía 14 años, siempre tuvo que conformarse con usar las hebillas que le dieran, porque su compañero no creía en los lujos. Por eso, los US$ 100.000 que Cano tenía en su cuarto de madera, adornado con afiches quinceañeros, fueron los mismos que cargó desde agosto de 2010, cuando salió de Las Hermosas.

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