Miedo, sanciones e inflación agobian la vida de los iraníes

La clase media es la más afectada; hay incertidumbre por un posible ataque de Israel
Catalina Gomez
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12 de febrero de 2012  

TEHERAN.– La céntrica calle Ferdosi está congestionada como de costumbre en esta ciudad de alrededor de 14 millones de habitantes.

Decenas de coches particulares, taxis y motos viejas se abren espacio como pueden en esta vía, sobre la que se encuentra la embajada británica, atacada, hace menos de tres meses, por una multitud de milicianos del régimen islámico.

Aún hoy, con la sede diplomática ya cerrada, el portal del complejo está protegido por una barrera de alambre. Un mensaje tardío para todo aquel que quiera volver a intentarlo, en este clima de tensión donde las sanciones internacionales por el plan nuclear del régimen de los ayatollahs, la inflación imparable y la incertidumbre ante la posibilidad de un ataque israelí se conjugan para agobiar la vida de los iraníes.

En la veredas del frente de la embajada algunas personas están detenidas en diferentes puntos de la calle como pretendiendo que están allí para matar el tiempo. "Dólar, dólar", susurran cuando detectan un posible cliente. "¿A cuánto?" "Se lo compro a 1820 [riales]", dice el hombre en voz baja.

El precio que ofrece difiere de los carteles que cuelgan de las casas de cambio que se extienden a lo largo de esta vía en la que el dólar esta mañana de febrero se compra a 1238 riales y se vende a 1226. Este último precio, que corresponde al valor oficial, es al que deben ceñirse obligatoriamente todas las casas de cambio desde hace más de un mes y medio, cuando el precio del rial iraní se desplomó.

De cambiarse a 1100 por un dólar, pasó a costar 2000 en pocas semanas. Especialmente cuando empezó a correr el rumor de que Israel planearía seriamente atacar las instalaciones nucleares iraníes. Desde entonces, se les prohibió a las casas de cambio que vendieran dólares y euros al precio del mercado "libre".

"Las casas de cambio tuvieron que cerrar o ceñirse al mercado oficial", cuenta Massoud, un empresario textil que pide que no se publique su apellido como lo hacen muchas de las personas consultadas. Y es que al ver que el precio del rial caía, aquellos que podían empezaron a sacar sus ahorros de los bancos para cambiarlos por moneda extranjera y en algunos casos sacarlos del país.

Como respuesta, algunos bancos subieron los intereses y otros crearon cuentas especiales para proteger las inversiones en dinero extranjero. Pero esta estrategia no logró convencer a muchos iraníes que optaron por comprar oro. Hace dos meses una moneda se vendía por 500.000 riales; hoy está a 820.000.

"Todo esto se dio en un momento en el que los iraníes estamos muy confundidos. Nadie sabe bien lo que está pasando", asegura Massoud, que señala varios factores que alimentan la confusión: una inflación que complica los negocios con el extranjero y la incertidumbre sobre un ataque en cualquier momento si el gobierno no decide detener su programa nuclear.

"En Dubai casi nadie le da una carta de crédito a un iraní", dice Massoud, que explica que el gobierno norteamericano incrementó la presión para que bancos y compañías, especialmente regionales o asiáticas, dejen de hacer negocios con Irán.

Esta nueva política tuvo eco en los países del Golfo, especialmente Dubai, de donde provienen alrededor del 33% de las importaciones a Irán. "El iPhone que vendía hace dos meses a 690 dólares hoy lo vendo por 960", cuenta Hamid, un exportador de teléfonos celulares.

"Aun así, el iPhone sigue siendo líder en ventas", explica Hamid, riéndose. El joven es consciente de las grandes incoherencias de la sociedad iraní, donde la división económica cada vez es más marcada.

Por un lado, están los nuevos ricos que ahora transitan con sus Porsche y Mercedes último modelo por unas vías antes habitadas por Peugeot y autos de fabricación coreana. Y por otro, la clase media, la más afectada por la inflación y por la carestía.

"Ninguno de mis amigos tiene dinero. Si vamos al cine no tienen para tomarse un café", cuenta Alborz, fotógrafo y cineasta de 23 años, que asegura que para la mayoría de la gente que conoce la vida cada día es más difícil. El joven tiene suerte porque le salen trabajos freelance como camarógrafo y su padre todavía le pasa dinero mensualmente. Pero no pasa lo mismo con muchos de sus amigos graduados de la universidad.

"Yo nunca pensé en irme", cuenta Mona, de 25 años y graduada de biología de una de las mejores universidades del país. "Cuando muchas de las personas que conocía empezaron a irse después de las elecciones de 2009 pensé que eran unos traidores. Ahora no veo otra opción", añade la joven mientras se toma un capuchino en uno de los cafés que se han vuelto tan famosos entre los jóvenes después de las protestas de 2009, que llevaron a más de un millón de personas a la calle . El Movimiento Verde, como se conoció, protestaba por el resultado de las elecciones en las que ganó Mahmoud Ahmadinejad y que luego terminaron con miles de personas en la cárcel, un centenar de muertos, cientos de estudiantes expulsados de las universidades y otro gran número de exiliados.

La historia de Mona, proveniente de una familia de clase media educada, se contrapone a la de muchas otras jóvenes de familias tradicionales y religiosas. "Yo creo que lo mejor que le pudo haber pasado a este país es la revolución islámica", dice Sarah Shiravi, durante la manifestación con la que ayer se celebró el aniversario de la revolución.

"Ese es uno de los problemas de nuestra sociedad. Cada día hay más división entre aquellos de origen religioso que no se plantean preguntas y otro gran sector de la clase media que sí lo hace", explica Shirin, una artista plástica que ya superó los cincuenta años.

Shirin piensa que un ataque es lo peor que le puede pasar a Irán. "El nacionalismo renacerá y el régimen se consolidará", cuenta mientras se termina un té en otro café, esta vez de la avenida Enquelab –revolución–, que también está congestionada en esta mañana invernal. Y es que a pesar de las incertidumbres, temores y problemas, la vida en Irán sigue siendo en apariencia normal. La procesión, dicen, va por dentro.

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