Nada se mueve sin el visto bueno mafioso

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23 de marzo de 2000  

MOSCU (De un enviado especial).- Cuando Ivan y Guennadi decidieron cumplir un humilde sueño para salir de pobres, no imaginaron la pesadilla que les esperaba, ni que detrás de sus esperanzas iba a parar la sombra de la mafia. La historia, relatada por uno de ellos a La Nación , es simple, pero ilustrativa sobre el poder y, sobre todo, de la impunidad del crimen organizado.

Su historia es la siguiente: un día, cansados de no tener un peso encima, deciden abrir un quiosco. Empiezan a planificar cómo hacer y se lo cuentan a sus mujeres. Estas, a su vez, pasan la historia y mientras los dos amigos siguen con sus planes, un día se presenta en casa de ellos un conocido que, sin perder tiempo, les dice que está al tanto de su negocio y que quiere participar en nombre suyo y de otros "socios".

Los amigos, sabiendo lo que se venía y conociendo al personaje, le dijeron que no y que ya no lo iban a hacer porque no tenían fondos. "No, es que los fondos los ponemos nosotros", contestó el personaje. "Es que ya no queremos hacerlo", le respondieron. "Es que lo tienen que hacer igual", siguió el diálogo. "No", se plantaron Ivan y Guennadi, y el buen hombre les respondió: "Como ustedes quieran, pero igual me deben 500 dólares por los cinco minutos que me hicieron perder".

"Pero si vos viniste solo", dijeron los amigos, estupefactos. "Igual son 500 dólares." Una mirada bastó para convencerlos y, dos días después, la plata, equivalente a casi 10 meses de sueldo de uno de ellos, pasó de mano.

Hoy, Ivan lo cuenta sin miedo, pero no acepta que nadie le recrimine haber cedido a la extorsión. "Fue un precio muy barato para seguir vivo. A la gente acá la matan por mucho menos de eso", contesta después de mirar con cara de extrañado a quien le pregunta si hizo la denuncia.

Como ellos, miles repiten a diario que en Moscú nada se mueve sin que la mafia lo sepa.

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