Nadie quedará satisfecho

Luisa Corradini
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19 de diciembre de 2009  

PARIS.- "Cuando su objetivo era tratar de salvar a la humanidad, la cumbre climática de Copenhague terminó siendo una pelea de vendedores de alfombras", resumió anoche, decepcionado, el líder ecologista francés Nicolas Hulot.

Nadie se hacía demasiadas ilusiones antes de comenzar esa reunión, donde 120 líderes de países miembros de la ONU debían ponerse de acuerdo para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), financiar el desarrollo no contaminante de los países pobres y las garantías de verificación de los compromisos asumidos. Pero "estos 12 días de agonía y necios enfrentamientos", como los calificó un miembro de la delegación británica, parecen haber superado todos los límites.

Por fin, un acuerdo juzgado "insuficiente" por Barack Obama fue logrado in extremis , tras una reunión que mantuvo con los gobernantes de China, India y Sudáfrica. En ese documento, los dirigentes reafirman el objetivo inicial de la conferencia: limitar el calentamiento del planeta a 2°C en 2050 en relación a los niveles de la era preindustrial. Pero los objetivos de emisión de GEI para los países ricos para 2020 sólo serán fijados en enero próximo.

"No queremos un acuerdo mediocre", había afirmado por la tarde Nicolas Sarkozy. Sin embargo, es lo que parece haberse producido. A defecto de un acuerdo vinculante, la cumbre terminó con una declaración política que seguramente dejará a todos insatisfechos.

Según ese texto, los países industrializados "aceptaron dar por escrito" sus compromisos. Entre otros puntos, las negociaciones tropezaron desde el comienzo con la espinosa cuestión de la repartición de esfuerzos para luchar contra el calentamiento del planeta y sobre la necesidad de establecer un mecanismo de verificación de cumplimiento de los compromisos asumidos. Washington y Pekín mantuvieron sobre esa cuestión un violento enfrentamiento durante toda la cumbre.

"Ningún país obtendrá todo lo que desea -había advertido ayer Obama-. La cuestión es saber si avanzamos juntos o nos desgarramos. Si preferimos las palabras o la acción."

Pero las esperanzas de que Obama desplegara su autoridad como líder de la mayor economía del mundo para obtener un acuerdo de último momento se vieron frustradas. Consciente de las resistencias que opone el Congreso de su país, el mandatario no ofreció nuevas alternativas: no aumentó la reducción de emisiones de GEI ni dio seguridades sobre la contribución estadounidense al fondo de ayuda para los países pobres. Por el contrario, reforzó el enfrentamiento con China, al insistir en la necesidad de medir y verificar la reducción de emisiones prometidas por los países emergentes.

"No puedo imaginar un acuerdo internacional en el cual no se comparta la información y tampoco se tenga la seguridad de que todos respetamos nuestros compromisos. Simplemente, no tiene sentido", dijo.

Sin sorpresas, China tampoco modificó su posición. Nadie esperaba un acuerdo verdaderamente ambicioso entre esos dos gigantes, las naciones más contaminantes del planeta. Esto significaría para ambos profundas consecuencias políticas. Pero, sobre todo, una revolución en sus respectivos modelos económicos. Quedaba, sin embargo, la posibilidad de que ambos hicieran un último esfuerzo para salvar la cumbre del fracaso.

En todo caso, el costo político de Copenhague podría ser alto para Obama. "[No estuvo] a la altura de su Premio Nobel de la Paz", dijo Hulot. También será elevado para China, señalado como el principal culpable del campo de batalla en el que se transformó la cumbre. "No son los estadounidenses que bloquean, sino los chinos, que rechazan el objetivo de los 2°C y el 50% de reducción de GEI en 2050", aseguró Jean-Louis Borloo, ministro francés de Ecología.

Hace semanas que China decidió su estrategia para Copenhague. A fin de preservar su crecimiento, su objetivo consiste en conceder sólo lo estricto y necesario, al igual que la India y los otros grandes emergentes.

Una vez más, los intereses particulares superaron las eventuales ambiciones de lograr un buen resultado. El eterno enfrentamiento entre países pobres y ricos volvió a manifestarse en Copenhague, quizás con más fuerza que en cumbres anteriores. Esas diferencias profundas significaron una ocasión perdida de otorgar una verdadera ayuda al desarrollo.

La declaración política obtenida no establece, además, niveles de reducción de emisiones de GEI, sí una suma de promesas.

"El clima es una cuestión de física, no de política", dijo esta semana el ex vicepresidente norteamericano Al Gore. El problema en estos casos es que la decisión final no está en manos de los científicos. Y para los políticos, guiados por sus propias agendas, el cataclismo previsto para 2100 no tiene ninguna importancia electoral.

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