Nadim Houry: "No hay vuelta atrás; el mundo árabe entró en la rebelión 3.0"

Para el director de Human Rights Watch en la región, el reto es consolidar los cambios
Ramiro Pellet Lastra
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20 de noviembre de 2013  

El libanés Nadim Houry vive en una región literalmente explosiva. Desde su oficina en Beirut como director adjunto de Human Rights Watch para Medio Oriente, recorre el mundo árabe como un vecino dispuesto a mejorar un barrio difícil. Junto a sus colegas se esfuerza, a través del diálogo con todos los protagonistas en conflicto, en promover los derechos humanos y la democracia.

De visita en Buenos Aires en el marco de una gira de trabajo, Houry dijo a LA NACION que la "primavera árabe" entró en una tercera fase, la "rebelión 3.0", un revuelto de actores y expectativas con fuerzas equivalentes que se cruzan, se enfrentan y pugnan por alzarse con la victoria.

-¿Qué es la rebelión 3.0?

-La primera etapa de la rebelión fueron los derrocamientos, los movimientos populares que pusieron en fuga a los dictadores. Fue una etapa de grandes protestas lideradas por jóvenes que antes no necesariamente estaban comprometidos con la política. La segunda etapa se dio con las elecciones y el ascenso de los islamistas al poder. La siguiente fase, la rebelión 3.0, comienza cuando los gobiernos islamistas se empiezan a meter en problemas. No son capaces de cumplir con las expectativas, la gente se muestra descontenta y al final se vuelve en su contra.

-¿Quién lidera esta tercera fase si ya no son los jóvenes ni los islamistas?

-No es una etapa fácil de definir, es un período de amenazas y consolidación. Algunos actores del antiguo régimen quieren volver porque sienten una oportunidad. A la vez hay esfuerzos de consolidación de los movimientos democráticos: ellos aprendieron de sus errores durante las primeras elecciones, cuando no estaban organizados. Y están los militares.

-Hay quienes insisten en que los árabes no están listos para la democracia.

-Si hay una clara lección de las rebeliones es que no hay una "excepción árabe". Lo que reclaman al fin y al cabo son valores universales: libertad y dignidad. Eso no significa que de pronto haya muchos demócratas. América latina, por ejemplo, tiene muchos populistas que no son necesariamente demócratas. Se necesita cierta maduración para convertirse en un verdadero demócrata, saber aceptar las diferencias y las leyes de juego. El desafío es transformar el ansia de libertad y dignidad en instituciones democráticas.

-¿Y cómo se logra?

-Ya no hay vuelta atrás, el genio está fuera de la botella, ahora se trata de consolidar los cambios. La clave es convencer a la gente, a través del debate público, de que el Estado de Derecho es la manera en que vamos a tener éxito como sociedad. Antes había un pack de represión: vos callate, el Estado sabe mejor lo que es bueno para vos, y el Estado te da pan subsidiado. Pero ese paquete se destruyó cuando los gobiernos ya no pudieron cumplir. El tema es qué va a reemplazar a estas dictaduras.

-¿En qué punto están los derechos humanos en la región?

-Hubo un período inicial después de las revueltas en el que se veía mucho más espacio. Hubo una explosión de libertad en la televisión, también en Internet, en los diarios? Y ahora algo de ese espacio inicial está siendo reprimido. Es un panorama complicado y confuso con avances en unos países, como Túnez, pero con retrocesos en otros, como Egipto, que vive un momento muy peligroso.

-Fuera de la política, la vida social parece estar igual que antes; se sigue discriminando a las mujeres, por ejemplo.

-Me encantaría vivir en una democracia liberal en la que la mayoría de la gente es progresista, pero ése no es el caso en muchos países árabes. Seguimos viviendo en sociedades mayormente conservadoras. Pero hay que ganar la batalla de las ideas, debatir estos temas públicamente. Por eso es clave luchar por la libertad de expresión, y de ahí encarar los demás frentes.

-Acerca de Siria, el país más sufrido, no se notan avances concretos hacia la paz.

-La comunidad internacional puede y debería hacer muchas cosas que tendrían un impacto directo e inmediato en Siria. La primera es el acceso humanitario. Nada impide al Consejo de Seguridad exigir un acceso irrestricto para organismos como el Comité Internacional de la Cruz Roja. Otra es un embargo de armas. Es incuestionable que las armas están fluyendo al gobierno y a grupos rebeldes, en particular a grupos jihadistas que han cometido abusos. Tiene que haber un embargo a algunos de estos grupos y al gobierno. Finalmente, tiene que haber justicia para los más de 120.000 muertos. El Tribunal Penal Internacional podría asegurar que los criminales enfrenten algún día a la justicia.

-¿Ya no cabe debatir sobre una intervención armada?

-No se trata de trazar líneas rojas. La clave ahora es cómo hacemos para parar las violaciones masivas. Pero la tragedia de Siria es la falta de diplomacia creativa en todos los niveles: la ONU, las grandes potencias, y, para ser francos, las democracias del Sur. Países como la Argentina, la India o Sudáfrica dijeron que estaban en contra de la intervención armada. Está bien. Nosotros tampoco la propusimos Pero ¿qué es lo que proponen? Con acceso humanitario, embargo de armas y justicia quizá se reduzca el sufrimiento. Ningún país puede decir que está en contra de eso. No es la respuesta que el pueblo sirio está necesitando.

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