Nizip-2: Un campo de refugiados distinto a todo lo conocido

Los cerca de 5000 sirios que viven allí, en el sur de Turquía, cuentan con hospital, escuela y mezquita, entre otros servicios
Juan Landaburu
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22 de mayo de 2016  

Dos chicos sirios juegan en el campo de refugiados de Nizip-2
Dos chicos sirios juegan en el campo de refugiados de Nizip-2 Crédito: Juan Landaburu

GAZIANTEP, Turquía.- La vida en Nizip-2 no se parece en nada a las imágenes que suelen llegar de los distintos campos de refugiados del mundo. La gente no vive en carpas, sino en containers con antenas de televisión satelital. La limpieza general del campo es de quirófano. A los casi 5000 sirios que viven aquí se les entrega una tarjeta para que compren su comida en un supermercado. Hay una mezquita, una biblioteca, un hospital, un centro cultural que brinda cursos y hasta un salón de usos múltiples para casamientos o cumpleaños.

A 45 kilómetros de la frontera con Siria, en la provincia de Gaziantep, Nizip-2 no es sólo uno de los 26 campos de refugiados sirios que hay en Turquía; es el que el gobierno eligió para mostrarle al mundo.

Angela Merkel estuvo aquí hace apenas pocas semanas, y así lo refleja un retrato de la canciller alemana colgado en una exposición temporaria de arte que hay en los salones.

No cuesta entender por qué el gobierno turco se enorgullece de mostrar este lugar.

Lejos de las escenas desgarradoras de familias partidas por la guerra, la sonrisa de los 2500 chicos que viven acá lo invade todo. Por momentos parece una escena de El señor de las moscas: casi sin adultos a la vista, los chicos se divierten en las calles sin autos, posan para las fotos, juegan al juego de la silla en el jardín de infantes, improvisan un picado con las infaltables camisetas de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo.

No lejos de allí, un grupo de adolescentes estudia matemática en una biblioteca y otros se entretienen con videojuegos en una sala de computación. Casi como una escuela de cualquier lugar del mundo, si no fuera porque desde las ventanas nunca deja de verse el alambre de púa.

La frescura de los chicos por momentos hace pensar que ellos no saben nada de la guerra que desgarra a Siria desde hace cinco años. Incluso muchos de ellos ni siquiera llegaron a vivirla. Unos 370 nacieron en Nizip-2 desde que fue inaugurado, en febrero de 2013.

Las noticias que llegan desde campos vecinos, sin embargo, reflejan que tal vez las cosas no siempre son lo que parecen. La semana pasada, el diario Birgün reveló que unos 30 menores fueron víctimas de abusos y violaciones por parte de un empleado de limpieza de 27 años en el campo de Nizip, a pocos kilómetros de aquí.

En todo caso, la procesión de los refugiados adultos va por dentro de los 900 containers de 21 metros cuadrados en los que viven. Todos están equipados con agua caliente, calefacción, baño, cocina y aire acondicionado.

La escuela, lugar de integración para los refugiados
La escuela, lugar de integración para los refugiados Crédito: Juan Landaburu

Dentro de uno de ellos, Ahmed Bukar, de 50 años, y su familia reciben a un grupo de periodistas.

De riguroso velo islámico, su esposa, Hatice, no emite palabra y se limita a servir café turco a los visitantes.

"Por favor, bébanlo; se lo tomaría a mal si no lo hicieran", advierte el intérprete.

Ellos huyeron de la ciudad siria de Aleppo cuando cruzar la frontera todavía no era tan riesgoso, y desde entonces viven en Nizip-2.

Más allá de extrañar, Ahmed, que trabajaba como electricista, no piensa en volver a Siria mientras siga vigente el régimen del presidente Bashar al-Assad o la amenaza del grupo jihadista Estado Islámico (EI).

Ni siquiera ansía con llevar adelante una vida fuera del campo de refugiados, en alguna ciudad turca, como lo hacen millones de sirios que consiguieron permisos de trabajo, y empezar de cero. Él quiere quedarse en Nizip-2. "En ningún lugar estaríamos mejor que acá", cuenta.

Difícil saber si su anhelo es representativo de todos los sirios que viven acá.

La visita es celosamente custodiada por los responsables del campo. Un total de 220 empleados del Estado turco brindan servicios.

"Tratamos de hacerlos sentir que son apreciados. No son refugiados, son nuestros huéspedes", dice Ibrahim Demir, el administrador general del campo.

"Acá no hay tensiones sociales ni robos", resalta, y aclara que en este campo nadie es forzado a quedarse. No hay legislación especial para que puedan trabajar, pero algunos obtienen permisos para salir por el día como jornaleros, en la construcción o en la agricultura.

Toda el área que rodea a Nizip-2 está cubierta por una interminable cantidad de árboles de pistacho.

Todas las calles del campo son peatonales y un grupo de chicos pasea en bicicleta sin tener que preocuparse por si pasa un auto. "Es casi como el sueño de un ecologista europeo", se anima a bromear uno de los visitantes.

El campo de Nizip-2 es tan distinto a lo que el mundo está acostumbrado a ver que hasta hay lugar para las bromas.

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