No es casualidad que no haya un Assange chino

Moisés Naím
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23 de junio de 2015  

WASHINGTON.- WikiLeaks volvió a las andanzas. Acaba de anunciar la divulgación de medio millón de mensajes y otros documentos secretos del Ministerio de Asuntos Exteriores de Arabia Saudita, entre ellos correos intercambiados con otros gobiernos, y también informes confidenciales.

En su comunicado, WikiLeaks recuerda que esta publicación coincide con el tercer aniversario de la reclusión de su fundador, Julian Assange, en la embajada de Ecuador en Londres. Assange se asiló para evitar ser extraditado a Suecia, donde se enfrenta a un juicio por supuesta violación y abuso sexual de dos mujeres (Assange rechaza las acusaciones).

Otro que está de aniversario es Edward Snowden, el contratista de la CIA que divulgó una montaña de información secreta de Estados Unidos. Hace días se cumplieron dos años de estas revelaciones y Snowden publicó un artículo en The New York Times para celebrar sus logros. En él, recuerda que, gracias a sus filtraciones, se produjo un intenso debate que forzó al gobierno norteamericano a poner límites al espionaje electrónico de la NSA.

Desde 2013, instituciones de toda Europa declararon ilegales este tipo de operaciones e impusieron restricciones a actividades similares, asegura Snowden, y concluye así: "Somos testigos del nacimiento de una generación posterror que rechaza una visión del mundo definida por una tragedia específica. Por primera vez desde los ataques del 11-S, vemos la posibilidad de que la política se aleje de la reacción y el miedo y se mueva hacia la resiliencia y la razón".

Puede ser. Y celebro que la NSA y otros espías estadounidenses ahora tengan más restricciones para leer mi correo electrónico. Y que la lucha por proteger mi privacidad de las intromisiones de Estados Unidos y de algunas democracias europeas se haya anotado algunas victorias. Pero me preocupan más las amenazas cibernéticas a mi privacidad que emanan de Rusia, China y otros regímenes autoritarios que las que vienen de Washington.

En los mismos días en que Snowden publicó su artículo, se supo que piratas cibernéticos penetraron en los sistemas de la oficina de personal del gobierno de Estados Unidos y robaron información detallada de al menos cuatro millones de empleados federales. La principal sospechosa de este ataque es China. Según un reportaje de The Washington Post, "China está construyendo una masiva base de datos con información privada de los estadounidenses. Utiliza nuevas tecnologías para alcanzar un antiguo objetivo del espionaje: reclutar espías y obtener mayor información sobre su adversario".

Pero los ataques no se limitan al espionaje ni, necesariamente, tienen un gobierno detrás. También hay muchos piratas independientes que se ganan la vida con la actividad criminal en Internet. Así, han proliferado los robos de secretos comerciales, la suplantación de identidad, la extorsión o el sabotaje de infraestructuras esenciales.

Según el respetado informe que todos los años publica Verizon, los ataques cibernéticos a Estados Unidos están creciendo a gran velocidad y hay pocos sectores cuyas defensas informáticas no hayan sido violadas. Los expertos enfatizan que si bien los ciberataques originados en China son constantes y masivos, los que provienen de Rusia no tienen nada que envidiarles. Y seguramente Estados Unidos no se quede atrás.

Pero no hay que ponerlos a todos en la misma canasta. Estados Unidos es una democracia. Con todos sus defectos, hay separación de poderes y los gobernantes no gozan de la impunidad de sus colegas en Moscú o Pekín. Y sus redes criminales no operan internacionalmente amparadas por sus cómplices en las altas instancias.

Sí, es importante que las democracias no espíen a sus ciudadanos. Pero aún más importante es que tengan con qué defenderse y defenderlos del peligroso mundo cibernético que está emergiendo. No es por casualidad que ni en Rusia ni en China hayan aparecido los equivalentes de Assange y Snowden.

© El País, SL

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