No es el acuerdo perfecto, pero es el mejor posible

Roger Cohen
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1 de abril de 2015  

NUEVA YORK.- Sellar el acuerdo con Irán y derrotar a los salvajes de Estado Islámico. Ésas deben ser las prioridades de Estados Unidos y Occidente en ese caos de fragmentación que es Medio Oriente.

Son objetivos que responden a estrictos intereses de Occidente. Un acuerdo nuclear restrictivo con Irán que dure al menos una década y monitoree ferozmente un programa de enriquecimiento de uranio estrictamente limitado a usos pacíficos no es el resultado ideal, pero es el mejor resultado concebible de extensas negociaciones que ya han logrado revertir las ínfulas nucleares de Irán y tener un puente entre Washington y Teherán. Un acuerdo con esas características debería dejar a Irán a un mínimo de un año de distancia de cualquier "fuga" hacia una bomba. Las otras opciones son mucho peores. El centrifugado y los niveles de enriquecimiento muy pronto retomarían su curva ascendente. Y volverían a sonar los tambores de guerra, más allá de que los llamados a atacar Irán son una irresponsable invitación al desastre. Las bombas sobre Irán de Estados Unidos o de Israel (o de ambos) sólo lograrían fogonear el plan nuclear hasta alcanzar una renovada y descontrolada intensidad. Sería una guerra sin propósito, o una guerra con falsas excusas. Y de eso ya tuvimos suficiente.

Irán es una sociedad joven y esperanzada. Hay que alimentar esa esperanza, no encarcelarla. Un acuerdo a 10 años condenaría a Estados Unidos y a Irán a trabajar su vínculo durante ese período. Y uso la palabra "condenar" deliberadamente. No será fácil. De hecho, será más bien difícil. Un camino plagado de desencuentros.

Pero hablar hasta el cansancio es mejor que ir a la guerra. Es mucho lo que se puede lograr con países que mantienen diferencias ideológicas fundamentales con Estados Unidos. Si no, basta mirar la historia de las relaciones de Estados Unidos con China. En la próxima década, la república islámica probablemente atraviese un cambio de liderazgo. La sociedad iraní es aspiracional y tiene la mirada puesta en Occidente. El lema "Muerte a Estados Unidos" ya está gastado. Es impredecible qué tipo de cambios producirán estos factores, pero las posibilidades de un cambio positivo se agigantan por contacto y disminuyen si se aísla punitivamente a Teherán. ¿Sería preferible que Irán no tuviese la capacidad nuclear que ya adquirió? Seguramente. ¿Hay absoluta certeza de que honrarán el acuerdo? Ninguna. La diplomacia más difícil y la más importante es la que tiene que lidiar con los enemigos. Y quienes se oponen al acuerdo no han propuesto ninguna alternativa seria.

Alcanza con tener un mínimo conocimiento de Irán para saber que las sanciones nunca pondrán de rodillas a esa orgullosa nación. ¿Qué puede dar más seguridad a Israel? ¿Una década de estrictas limitaciones e inspecciones del programa nuclear de Irán, que impidan que construyan una bomba, o una guerra que demore el programa un par de años, atrinchere en el poder de Teherán a las facciones más radicalizadas y potencie la violencia en Medio Oriente? No hace falta ser un genio.

Me gustan las actuales incoherencias de la política de Obama para Medio Oriente. Algunos se preguntan cuál es la lógica de buscar un acuerdo con Irán y al mismo tiempo apoyar a los Estados árabes en su campaña contra las fuerzas houthi de Yemen, apoyadas por Irán. La respuesta es que la política exterior responde a intereses, y no pretende ser coherente (Stalin fue en algún momento el aliado más efectivo de Estados Unidos). Estados Unidos le ha dejado en claro a Irán que no abandonará a sus aliados, incluidos Egipto y los sauditas, por el mero hecho de haber alcanzado un acuerdo nuclear. Ese mensaje es importante: con acuerdo o sin acuerdo, Estados Unidos se opondrá a Irán siempre que sus intereses y los de sus aliados lo exijan.

Una zona en la que los intereses de Estados Unidos e Irán coinciden mayormente es en la derrota de EI. Para hacer retroceder a EI, hace falta al menos la cooperación tácita de Teherán.

Estados Unidos no puede detener el cisma entre sunnitas y chiitas que su propia invasión de Irak exacerbó. No puede reconstruir el orden de los acuerdos Sykes-Picot. Tampoco puede revertir su fracaso en impedir que en Siria ocurriera lo peor (una mancha eterna en el historial de Obama), ni su fracaso, más allá del caso de Túnez y muy especialmente en el caso de Egipto, de alimentar la esperanza de la "primavera árabe" de tener sociedades más representativas, liberadas de la paralizante confrontación entre dictaduras e islamismo. Y tampoco pudo impedir la violencia inherente a todos esos acontecimientos, ni mirar para otro lado ante el hecho de que esa violencia durará, por lo menos, una generación más. Ésas no son razones para desesperar, sino para concentrarse, fervientemente, en los dos objetivos asequibles que hoy más importan.

Traducción de Jaime Arrambide

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