No permitamos que los malos definan el islam

Ed Husain
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9 de enero de 2015  

LONDRES.- El asesinato de periodistas de anteayer en París no sólo fue un ataque contra Francia, sino un asalto al islam y a las mismas libertades que permiten que 30 millones de musulmanes vivan y prosperen en Occidente.

La libertad de expresión no es un concepto occidental: es un anhelo universal. Los atacantes escaparon al grito de "¡Vengamos al profeta Mahoma!". Pero ¿cómo se atreven? No podemos permitir que sean los asesinos los que definan el islam.

Fue Mahoma el que luchó en La Meca por la libertad de expresión de poder proclamar a un solo Dios, creador de la vida y digno de adoración. Los paganos de la ciudad eran sus violentos perseguidores.

Los musulmanes viven en libertad en todos los países europeos, gracias a las mismas libertades contra las que atentan los terroristas. Si no existiese la libertad de blasfemar y de creer, los musulmanes serían considerados herejes, y sus comunidades no podrían florecer en Occidente. Los pogromos y las guerras religiosas de la historia europea dan testimonio de lo que es la vida cuando no hay libertad.

El islam y los musulmanes están seguros en Occidente porque hay libertad de expresión, de conciencia, de prensa y de credo. Atacar esas libertades es atacar la existencia misma del islam. La peligrosa ignorancia de los extremistas no se limita al fracaso de su comprensión de Occidente. Ellos no conocen al profeta en nombre del cual dicen matar.

En la vida del profeta hay numerosas lecciones de compasión, amabilidad y cuidado por la vida que hoy son ignoradas por los fanáticos actuales. La intolerancia de los jihadistas salafistas sólo puede ser enfrentada, y eventualmente extirpada de raíz, educándolos en el concepto de "misericordia con los mundos" que describió el profeta del islam en el Corán.

Muchos se preguntarán con justa causa: "¿Dónde está la misericordia?". Porque lo que vemos son decapitaciones, guerras y ataques suicidas en nombre de la religión. Lamentablemente, seguiremos presenciando esas maldades a menos que enfrentemos las motivaciones de los asesinos salafistas. Ellos matan en nombre de la religión, y nosotros no podemos responder citando las virtudes de Darwin, el secularismo o el materialismo. El único lenguaje que estos radicales entienden es el de la religión. Y es justamente exhibiendo lo mejor de la religión que podremos derrotar a lo peor de ese fanatismo.

El atentado de París no constituye un incidente aislado, sino que es parte de una tendencia global de los jóvenes musulmanes desencantados con el mundo moderno, que encuentran consuelo en la teología y la ideología de una sharia entendida literalmente, matando, vengándose, castigando, dominando e imponiendo su visión del mundo como un estado de ley. Al-Qaeda, Estado Islámico, Al-Shabaab (de Somalia) y otros grupos son apenas manifestaciones de esa mentalidad.

Hay una batalla sin cuartel entre las distintas ideas del islam. El extremismo, el terrorismo y las guerras sectarias son derramamientos de ese conflicto teológico en el interior de la religión. La abrumadora mayoría de las víctimas de los terroristas son musulmanes, porque la intolerancia de los fanáticos hace primero blanco en sus hermanos musulmanes. Ésta es una guerra de mensajes y contramensajes: los jihadistas quieren un califato y hacen un llamado a la intolerancia, la muerte y la destrucción; nosotros hacemos un llamado por la vida, el pluralismo, la apertura, la seguridad y la libertad de credo y de conciencia.

Los fanáticos deben ser reeducados urgentemente en el islam. Tenemos 1400 años de historia musulmana a nuestras espaldas. La casa del islam está en llamas. Y todos debemos cargar nuestro balde de agua para apagar el fuego.

Traducción de Jaime Arrambide

Por: Ed Husain

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