Para Hollande, más éxitos en el exterior que en su país

Alisa J. Rubin
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24 de noviembre de 2013  

PARÍS.- En las últimas semanas, el presidente francés, François Hollande , fue abucheado en una ceremonia nacional y fue forzado a dar marcha atrás en uno de los puntos de su agenda económica. También tuvo que ver cómo rebajaban la calificación crediticia de su país y cómo sigue descendiendo su apoyo en la opinión pública.

Pero afuera de Francia, la historia es otra. Ridiculizado en Francia por sus idas y venidas, en el extranjero Hollande está consolidando una imagen de líder firme. Sobre todo en Israel, donde la semana pasada fue recibido por el primer ministro, Benjamin Netanyahu, como una especie de héroe, por haber ayudado a demorar, en la primera ronda de negociaciones, el acuerdo entre las potencias e Irán para suavizar las sanciones económicas a cambio de que Teherán restringiera su programa nuclear.

El socialista Hollande supo manejar, además, una exitosa intervención militar en Mali y mantuvo su postura de intervenir militarmente en Siria por el uso de armas químicas por parte del gobierno de Bashar al-Assad, hasta que Estados Unidos y Gran Bretaña dieron marcha atrás.

Por cierto que Hollande no es el primer líder mundial que se siente más a gusto en el mundo de la política internacional que en el escabroso terreno de la política doméstica. Pero el contraste entre su manejo de una y otra faceta de sus obligaciones es sorprendente, una evidencia de que en Francia, más allá de todas las divisiones internas, sigue existiendo consenso sobre el decisivo rol que debe desempeñar el país en los asuntos del mundo.

Las posiciones de Hollande en materia de política exterior "no son divisivas de cara al cuerpo político francés", dijo François Heisbourg, asesor especial de la Fundación de Investigaciones Estratégicas, de París. "Tomar esa postura no lo perjudica políticamente", agregó.

Francia tiene intereses económicos históricos con los países sunnitas árabes del Golfo, incluida Arabia Saudita, y éstos quieren impedir, al igual que Israel, que Irán, que sigue la rama chiita del islam, fabrique armas nucleares.

Hollande concita la misma adhesión política de la derecha y de la izquierda francesa respecto de su postura frente a Mali, donde alentó una intervención cuando los extremistas islámicos tomaron el norte del país y comenzaron a avanzar hacia Bamako, la capital. Las tropas francesas tuvieron tanto éxito en frenar a los extremistas que Hollande fue elogiado por todos en su país.

A Hollande parece resultarle más fácil ser un líder firme en cuestiones internacionales. Pero esa determinación parece faltarle cuando enfrenta pesadas cuestiones domésticas.

En política económica, está atrapado entre el rechazo a una suba de impuestos y la profunda aversión que existe dentro de su propio partido hacia el recorte de beneficios y la reforma del mercado laboral que reclaman la Unión Europea (UE) y los mercados de capitales. Cualquiera de esas medidas podría desencadenar una ola de protestas y acrecentar los costos políticos. No elegir implica seguir a la deriva y enfrentar las críticas de la UE y de otros organismos que están cada vez más impacientes con la incapacidad de París para encarar grandes reformas estructurales.

Para muchos observadores, lo más sorprendente es la forma en que el vacío de poder en cuestiones de política doméstica es ocupado cada vez más por la ultraderecha. "Hay un debilitamiento de las instituciones que encarnan la autoridad", dijo Christopher Barbier, editor de L’Express, semanario de noticias francés.

Mientras tanto, las protestas en Francia continúan. La firmeza de Hollande en el mundo de la política internacional no logra protegerlo de las críticas en el frente interno.

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