Presidentes de medio mandato en América latina

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27 de febrero de 2004  

El siguiente es el editorial publicado ayer por el diario The New York Times:

NUEVA YORK.- Los esfuerzos rebeldes por derrocar al presidente de Haití, Jean-Bertrand Aristide, se encuadran dentro de un esquema perturbador a lo largo de América latina. Durante años, los presidente elegidos democráticamente en la región eran depuestos por golpes militares. Hoy, muchos líderes políticos elegidos en las urnas siguen viendo que sus mandatos pueden acortarse, pero debido a que surgen rebeliones populares para destituirlos, como en el caso de Haití.

Hace apenas unos meses, Gonzalo Sánchez de Lozada fue derrocado como presidente de Bolivia tras extendidas protestas populares desatadas por un convenio sobre gas natural. En 2001, el presidente Fernando de la Rúa, de la Argentina, dimitió en la mitad de su gestión debido a las protestas por el rumbo de la economía. Actualmente, además de los esfuerzos para derrocar a Aristide, multitudinarios grupos de ciudadanos o gobiernos extranjeros están pidiendo la dimisión de Hugo Chávez, en Venezuela, y de Alejandro Toledo, en Perú.

Esos reclamos pretenden poner en cortocircuito el proceso democrático. Generalmente se producen en los países más infortunados, degradan las instituciones, polarizan la política y entorpecen la continuidad necesaria para crecer económicamente. Aun cuando las constituciones nacionales establecen referendos y otros mecanismos para destituir a un presidente, se debe recurrir a ellos sólo en circunstancias extremas.

Una destitución es más que apropiada cuando los presidentes fueron elegidos mediante un fraude. Un ejemplo es la dimisión de Alberto Fujimori, de Perú, en 2000. Fujimori no habría sido tan resistido y criticado si no hubiese fraguado las elecciones a principios de ese año, y su destitución fue, con razón, considerada justa.

Sin embargo, en el caso de los líderes legítimamente elegidos, la causa de una destitución debe ser más que justificada. El pecado de Toledo en Perú es que es débil y aparentemente corrupto, y éste no es motivo suficiente para que una vez más se interrumpa el proceso democrático.

Sólo un referéndum

Los opositores de Chávez, cuyas tendencias autocráticas y su demagogia populista han dividido en dos a Venezuela, todavía tienen que demostrar que el presidente venezolano se pasó de la raya y se convirtió en un tirano. Si debiera dejar el cargo anticipadamente, un referéndum debería ser el único recurso aceptable.

Chávez es el modelo de un presidente sumamente impopular para la mitad del país, pero que es defendido incondicionalmente por la otra. Aristide, de Haití, es otro de esos modelos. Es un autócrata que por recurrir a la violencia popular durante las elecciones legislativas dejó a Haití sin asistencia internacional. Aunque debería estar compartiendo el poder de manera más amplia, no debería ser forzado a abandonar el poder por manifestantes que sólo prometen más derramamiento de sangre.

Derrocar a un presidente generalmente empeora las cosas. Los políticos no tomarán decisiones impopulares -o decisiones que causen disgusto a grupos poderosos- si deben afrontar la guillotina política todos los días. América latina necesita más continuidad y no menos. Además, con la presidencia constantemente en juego, los líderes opositores no tenderán a hacer compromisos constructivos, sino a manipular todo para intentar llegar al poder.

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