¿Puede realmente ganar Trump? Las trabas que se interponen en su camino

Pese a que dominó el debate nacional hasta ahora, en la nueva fase de la campaña entra en juego la diversidad de las distintas regiones norteamericanas; hay cuatro que son especialmente adversas
J. J. Martin
A. Burns
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31 de mayo de 2016  

Donald Trump, durante un acto de campaña en California
Donald Trump, durante un acto de campaña en California Fuente: Reuters - Crédito: Jonathan Ernst

NUEVA YORK.- Ahora que Donald Trump está cabeza a cabeza o incluso por encima de Hillary Clinton en varias encuestas a nivel nacional, lo que antes parecía impensable se ha vuelto al menos plausible. Pero para ser elegido 45° presidente de Estados Unidos Trump debe competir en un mapa político que, por ahora, parece serle hostil.

En las primarias republicanas logró nacionalizar con maestría el debate político, y apeló a los votantes de todas las regiones con filípicas sobre la inmigración y el delito, que cautivaron a un electorado mayormente blanco. Y desde la largada del período de elecciones generales, Trump domina el día a día del combate político tanto en la televisión nacional como en las redes sociales.

En las elecciones generales, sin embargo, su destino quedará sellado no por sus seguidores en Twitter o el relativamente homogéneo electorado republicano, sino por un conjunto de regiones cada vez más diversas e interconectadas, donde viven unos 90 millones de norteamericanos y que reportan muchos de los 270 votos electorales que Trump necesita para ganar.

Los republicanos llegan a las elecciones presidenciales con una pesada desventaja: desde la campaña presidencial de 1992, hay 18 estados que votan sistemáticamente al candidato demócrata, así que ese partido tiene un firme piso electoral de 242 electores sobre el que pararse y construir.

Y en las cuatro regiones que probablemente decidan la presidencia -Florida, el sudeste superior, el cinturón industrial conocido como "Rust Belt" y los estados de las Rocallosas- Trump enfrenta obstáculos intimidantes, según consultas realizadas la semana pasada a funcionarios electos, estrategas políticos y votantes de esas regiones.

Por supuesto, aún faltan meses para los comicios y, además, este año electoral ha desafiado muchas predicciones. Pero si Hillary Clinton, como todo lo indica, se alza con la candidatura demócrata, tal vez encuentre su bastión en esos codiciados estados indecisos.

A continuación, el informe desde esos cuatro campos de batalla.

Carolina del Norte: un estado de impulsos opuestos

Por Jonathan Martin

RALEIGH, Carolina del Norte.- Carolina del Norte tiene personalidad política escindida. Si no, miren el caso de Debbie Holt. Férrea defensora del derecho a abortar, Holt, de 56 años, es propietaria de una parrilla en el centro de Raleigh y se ocupa de dejar en claro su postura sobre otros puntos calientes de la batalla cultural con carteles en la vidriera de su negocio. Pero Holt también es una desembozada seguidora de Donald Trump . "Es como yo: no se calla nada", dice.

Y así como Holt está decidida, Shannon White está confundida. De religión mormona y trasplantada desde Arizona, White dice no sentir ningún respeto por Hillary Clinton , pero duda de que Trump tenga algún principio y la molesta su lenguaje "abusivo". "Más bien estoy pensando en hacerme libertaria", dice White, de 42 años, mientras viste un maniquí del negocio de ropa que acaba de abrir.

Hace décadas que Carolina del Norte encarna estos impulsos contradictorios, eligiendo simultáneamente candidatos republicanos de la línea racial dura y demócratas del Nuevo Sur. Y además, con los cambios en su composición demográfica, discernir para qué lado va a agarrar el electorado en noviembre resulta más difícil que nunca.

Probablemente Carolina del Norte sea la arena presidencial más parejamente dividida de todo el país.

Sus dos mayores centros poblacionales, Charlotte y el área metropolitana de Raleigh-Durham-Chapel Hill, se han visto transformados por el influjo de políticos centristas llegados de otros estados. Los que más crecen no son ni los demócratas ni los republicanos, sino los independientes. Los blancos de zonas rurales, demócratas conservadores, están desapareciendo. El resultado de las elecciones ahora se juega en localidades de rápido crecimiento, como Cary, en las afueras de Raleigh, donde viven cada vez más "yanquis" del Norte. Ni Trump con su nacionalismo a ultranza ni Clinton con el escandalete que rodea su nominación son candidatos naturales para un estado ávido de moderación política y decepcionado de la clase política. "No les gustan ninguno de los dos partidos ni ninguno de los dos candidatos", dice Carter Wrenn, veterano estratega republicano de la zona. "Todo dependerá de quién les disguste menos el día de la elección."

Las encuestas muestran que Trump y Clinton arrancan la carrera presidencial casi empatados. El final incierto está garantizado: los demócratas creen que Trump arranca con una leve ventaja y los republicanos creen lo mismo de Clinton. Pero ambos bandos concuerdan en que, como ocurre a nivel nacional, en Carolina del Norte los republicanos se están encolumnando poco a poco detrás de Trump, así que descartan que Clinton pueda arrasar en este estado.

Pero una vez más el que realmente necesita ganar aquí es Trump, no Clinton.

Florida: el decisivo peso del voto latino

Por Alexander Burns

MIAMI.- Si los republicanos hubiesen nominado a Marco Rubio o a Jeb Bush para la presidencia, Tomás Regalado se habría abalanzado a votar por alguno de esos dos candidatos . "Los hubiera apoyado con todo", dice Regalado, alcalde republicano de Miami, desde su oficina con vista a Biscayne Bay. Pero el actual alcalde y ex periodista ahora ha decidido mantenerse al margen de la carrera presidencial.

Considera que Hillary Clinton no es digna de confianza, pero cree que Donald Trump es un candidato nocivo que ha profundizado las divisiones raciales. En Miami, afirma, Trump es visto como "un abusador, una persona que desprecia a todo aquel que no se le parece".

Regalado tiene 69 y dice haber recibido una catarata de virulentos mails, algunos incluso que mencionan a Trump, como por ejemplo "Trump tiene razón, todos ustedes deberían volverse a su país". Regalado nació en La Habana y emigró a Estados Unidos en la adolescencia.

Desde que Trump se convirtió en el presumible candidato republicano, fue consolidando el apoyo de los líderes nacionales del partido y de muchos militantes de a pie. En muchas encuestas, incluso en Florida, está cabeza a cabeza con Hillary Clinton. Pero el extremo sur del estado indeciso más poblado del país se ha convertido en una implacable excepción a esa tendencia, sobre todo en el condado de Miami-Dade, un densamente poblado bastión de la diversidad que concentra alrededor del 10% del electorado de toda Florida. Así como Trump ha apuntalado eficazmente su campaña a nivel nacional con el fuerte apoyo de los blancos, Florida puede convertirse en un feroz castigo a esa estrategia, ya que aquí los hispanos, incluidos los cubano-norteamericanos conservadores que ayudaron a que George W. Bush se alzara dos veces con el estado, le escapen en masa a su candidatura.

Trump ha pisoteado la sensibilidad de los habitantes locales de mil maneras diferentes, desde el ninguneo hacia Rubio y Bush hasta su brutalidad personal, sus comentarios hirientes sobre la inmigración y su apoyo a las relaciones abiertas con el gobierno de Raúl Castro.

Además de Regalado, dos parlamentarios republicanos por Florida, Ileana Ros-Lehtinen y Carlos Curbelo, ya han dicho que no apoyarán a Trump en noviembre, al igual que Carlos A. Gimenez, alcalde republicano del condado Miami-Dade. Los cuatro son cubano-norteamericanos.

Roxana León, una votante independiente de 63 años nacida en Chile, dice que quiere un cambio en Washington, pero que Trump le resulta demasiado cuestionable. "No es la persona indicada", dice León, que trabaja como secretaria. "Estoy harta del viejo establishment, pero voy a votar a Clinton."

Y si Trump pierde estrepitosamente en Florida, se verá obligado a hacer diferencia en otra parte.

Rust Belt: el cinturón industrial de ricos y pobres

Por Trip Gabriel

WILKES-BARRE, Pensilvania.- La mejor apuesta de Donald Trump para llegar a la Casa Blanca es marcar la diferencia en el Rust Belt, volcando a su favor los estados tradicionalmente demócratas, donde viven millones de votantes blancos de clase trabajadora que han celebrado su discurso de línea dura sobre la inmigración y el comercio internacional.

Un puñado de victorias en los estados del cinturón industrial que se extiende desde Pensilvania hasta Wisconsin le posibilitaría convertirse en presidente, aun perdiendo en Florida. Pero los estados del Rust Belt no son todos iguales: Ohio, donde Obama ganó por apenas dos puntos en 2012, está casi ganado para los republicanos. Pero Michigan, donde Obama se impuso por 10 puntos, es la mayor distancia a descontar.

Pensilvania -el segundo estado entre los más reñidos después de Ohio en 2012- es una eterna tentación para que los republicanos inviertan más recursos en su intento de ampliar su mapa electoral.

Para ganar en el cinturón industrial, una región que se ha volcado mayormente por los demócratas en las últimas seis elecciones presidenciales, Trump debe ganar Pensilvania.

Aquí, el desafío de Trump será ampliar su apoyo entre los votantes obreros sin espantar a los republicanos de oficina, incluidas las mujeres que rechazan sus aleatorios insultos y los empresarios que dudan de su conservadurismo.

Si los republicanos con formación universitaria que rechazan a Trump se acumulan, su sueño de ganar en el Rust Belt probablemente quede trunco.

"Tiene que ganarse a los votantes marginales de Obama, que suelen ser blancos de bajo nivel socioeconómico", dice Henry Olsen, analista electoral del Centro de Ética y Políticas Públicas. "El interrogante es si su figura pública y sus posturas ahuyentarán al votante clásico de Romney de las clases dirigentes. Tiene muy poco margen para el error."

Dos condados del este de Pensilvania son un claro ejemplo de lo que está en juego: Luzerne, donde los demócratas blancos de clase trabajadora están volcándose masivamente por Trump, y el condado de Chester, donde viven los más ricos.

En la campaña demócrata dicen que para ganar Pensilvania a Clinton le bastaría con conservar el apoyo que tuvo Obama entre los jóvenes, las mujeres y las minorías. Pero los republicanos dicen que Trump está trastrocando todos los cálculos, y algunos demócratas admiten cierta preocupación.

"Conozco familias históricamente demócratas que se han hecho republicanas para votar por Trump", dice Mike DeCosmo, presidente del Partido Demócrata del condado de Luzerne. "Algo bastante parecido a lo que pasó con Reagan cuando se postuló."

Rocallosas: el eco de la inmigración rebota en la frontera

Por Fernanda Santos

PHOENIX.- Héctor Salinas, de 21 años, nació en esta ciudad, pero creció en México. Nancy Herrera, de 31 años, nació en México, pero ingresó ilegalmente en Estados Unidos cuando tenía 3 años y recién legalizó su situación al casarse con un estadounidense, hace 10 años.

Ambos son compañeros de trabajo en Mi Familia Vota, un grupo extrapartidario sin fines de lucro que ayuda a los latinos a obtener la ciudadanía y registrarse para votar. "Cuando hablamos de derechos de los inmigrantes y reforma inmigratoria, la gente nos para y nos pregunta dónde tiene que firmar, porque este año quieren votar para que Trump no sea presidente", dice Salinas.

Arizona es al mismo tiempo un punto candente de la batalla por la inmigración y un microcosmos de los cambios que se están produciendo en el país. Uno de cada tres habitantes es de origen latino y uno de cada cuatro latinos está en edad de votar. Y mientras la población blanca envejece -43 años promedio-, los latinos promedian los 26 años.

Los hispanos son mayoría en las escuelas públicas. "Los votantes del mañana", dice Joseph Garcia, director del Instituto Morrison de la Universidad Estatal de Arizona.

¿Pero irán a votar los hispanos este año? Las elecciones de noviembre contienen un aliciente único: no sólo estará Trump en la boleta, sino uno de sus más abiertos defensores, Joe Arpaio, el fanfarrón sheriff del condado de Maricopa que busca su reelección y que este mes fue declarado en desacato en la corte por desafiar la orden de un juez federal que lo obligaba a dejar de perfilar a los latinos.

Las elecciones de 2012 ofrecieron un buen panorama de cómo influyen la cuestión étnica y etaria. Mitt Romney ganó el estado por unos nueve puntos, con dos de cada tres votos de los blancos y un 71% de los votantes de más de 65 años. Obama fue el elegido del 63% de los votantes de menos de 30 años y cosechó casi tres de cada cuatro votos latinos.

En el siempre indeciso estado de Arizona, los latinos bien podrían definir a favor de los demócratas. Pero si hay algo en lo que están de acuerdo la izquierda y la derecha locales es que probablemente con los latinos no alcance.

Los demócratas también necesitarán del apoyo de los republicanos moderados y de los independientes, que en conjunto representan el bloque electoral más fuerte del estado.

Ahora que Clinton pierde fuerza entre los propios demócratas, pelear los votos de centro y centroderecha no será tarea fácil.

Todos buscan capitalizar la animosidad contra Trump y Arpaio, especialmente entre los votantes jóvenes, que crecieron oyendo las cruentas historias del trato que el sheriff les propina a los latinos.

El condado de Maricopa, cuya capital es Phoenix, concentra al 60% de la población total de Arizona.

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