¿Puede Venezuela transformarse en otra Siria?

Inés Capdevila
Inés Capdevila LA NACION

Análisis de Inés Capdevila

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9 de agosto de 2019  • 21:55

El último paquete de sanciones norteamericanas, ordenadas por Donald Trump esta semana, ubicó a Venezuela en un club selecto pero poco codiciado: el de los países expuestos a un embargo económico total por parte de Estados Unidos.

Allí están Corea del Norte, Cuba, Irán y Siria y es con la nación árabe con la que Venezuela comparte un camino, por momentos, ominosamente similar. Ambas economías se derrumban sin freno desde hace años, los dos países expulsan a sus ciudadanos en éxodos inéditos en la historia reciente, las potencias se enfrentan y luchan por determinar sus respectivos futuros, y sus presidentes resisten en el poder a pesar de que una y otra vez se pronostica su caída inminente.

La destrucción económica y el éxodo son verdaderas situaciones espejo, en las que Siria representa una fuga hacia el futuro cercano de Venezuela.

Hay, sin embargo, dos rasgos en el que ambos países difieren. Cruento y de nunca acabar, el nivel de violencia en Venezuela es significativamente menor que el de Siria, que dejó más de medio millón de muertos desde que lo que comenzó como una rebelión en marzo de 2011 derivara en una guerra abierta y sangrienta de ya ocho años.

La represión del gobierno de Maduro crece cada año a medida que aumenta su aislamiento interno y regional y, para hacerlo, se vale del respaldo casi uniforme de las fuerzas armadas y de seguridad, del chavismo y de una pequeña elite de "boliburgueses".

Pero Bashar Al- Assad decidió usar todo el poder de fuego de sus filas militares contra sus opositores apenas irrumpió la primavera árabe. La represión de manifestaciones dio lugar a la formación de grupos rebeldes y Siria, un complejo rompecabezas étnico y religioso, se convirtió en un polvorín. La oposición se fragmentó y emergió la peor de las amenazas: a la violencia oficial se sumó la del extremismo islámico.

Con la guerra desatada, las potencias comenzaron a involucrarse, tomando abierto partido por Al-Assad o por los rebeldes. Mientras Rusia, Irán y Hezbollah dieron todo su apoyo militar a Damasco, Estados Unidos y Europa armaron rebeldes al tiempo que Turquía, Arabia Saudita e Israel dieron pie a sus propias batallas contra el presidente sirio.

Ese tipo de intervención es diferente a la que las potencias tienen en Venezuela, allí la segunda diferencia con el país árabe. Al menos por ahora. Siria fue estos años un huracán tan grande que hizo temblar y sufrir a todo Medio Oriente y obligó a las potencias a involucrarse militarmente.

Si bien ciertos sectores de la Casa Blanca y de la oposición venezolana la alientan y Rusia ya tiene una centena de efectivos allí, la intervención militar está aún lejos de Venezuela. Siria sirve, en ese sentido, como una lección: la participación de las potencias ayudó a derrotar a Estado Islámico pero lejos estuvo de terminar con la guerra o de desterrar al gobierno de Al-Assad.

Venezuela también puede ser un polvorín, no sólo por la enemistad entre oficialismo y oposición o el poder de las fuerzas armadas sino por la cantidad de armas en manos de los "colectivos" y otras bandas criminales. Cualquier intervención militar detonaría ese polvorín, lo que terminaría de derrumbar a Venezuela y estremecería política, social y económicamente a toda América latina.

La intervención de Estados Unidos lleva, por ahora, la forma de una ofensiva de sanciones de todo tipo contras las empresas y los funcionarios chavistas. La misión de esas medidas es asfixiar a Maduro y presionar a quienes lo apoyan para que lo abandonen y forzar así su caída. Tal vez ese tipo de intervención sirva para debilitar la economía pero no para alcanzar su máximo objetivo, como argumentan los críticos de las sanciones.

Como sucede con Maduro, la caída inminente de Al-Assad fue pronosticada tantas veces desde 2010 que es inútil tratar de enumerarlas. Hoy el presidente sirio, después de años de sanciones aún peores que las de Venezuela, sigue en pie y está cerca de cantar victoria en la guerra; como si no fuera poco, comienza a restablecer su relación con los que antes fueron enemigos regionales e incluso con países europeos.

Siria, eso sí, está pulverizada: perdió -entre muerte y éxodo- el 30% de su población y su reconstrucción llevará décadas y costará, por lo menos, 270.000 millones de dólares. Esa es una fuga hacia el futuro que a Venezuela, la región y las potencias probablemente les convendría evitar.

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