Puerto Príncipe, una ciudad cercada

Se prepara para el asalto rebelde
(0)
26 de febrero de 2004  

PUERTO PRINCIPE.- Acechada por los rebeldes que amenazan con tomar la ciudad para poner fin al gobierno. Cercada por barricadas de grupos defensores del presidente Jean-Bertrand Aristide, que impiden moverse de un punto a otro sin quedar atrapado en un torbellino peligroso y violento. La capital haitiana es hoy un infierno del que se hace difícil escapar.

La bruma de un inmenso mar azul refresca apenas el clima de ebullición en el que amaneció ayer la capital, arrasada por una ola de saqueos. En distintos rincones se levantan columnas de humo negro de neumáticos en llamas y de a poco los Chiméres, milicianos del oficialista Partido Lavalas, se van sumando en las principales rutas y caminos para dejar aislada y sitiada a Puerto Príncipe.

Así, custodiada por expertos o peligrosos improvisados, la ciudad prepara su defensa y espera una ofensiva rebelde que avanza desde el Norte. Mientras el caos se profundiza y se extienden los saqueos, el gobierno arma su despliegue con la seguridad de que perder este bastión significará perder la batalla del poder, que pelean pobres contra pobres en el país más pobre del hemisferio occidental.

Llegar a Puerto Príncipe en la oscuridad de la noche, con bandas dispersas por las esquinas, y encerronas inesperadas en cualquier parte, es considerado a estas alturas una experiencia más que desaconsejable.

El aeropuerto, ubicado en la zona baja, es un objetivo clave de las fuerzas insurrectas, y los Chiméres lo mantienen cercado con sucesivas barricadas de autos incendiados, palos y pedazos de cemento, donde esperan armados con machetes, piedras y pistolas.

Poco después de que el vuelo de emergencia enviado por el gobierno argentino para reforzar la seguridad de la delegación diplomática, un Pilatus PC12 de la Gendarmería, aterrizara antenoche en el aeropuerto Toussaint L´Ouverture, una camioneta 4x4 de la embajada de nuestro país, donde viajaban LA NACION y los tres pilotos de la aeronave, quedó atrapada en uno de esos cercos, rodeada de jóvenes enardecidos que golpeaban el vehículo y ordenaban descender.

Los tres pilotos, el gendarme que conducía -todos con uniforme militar- y este cronista fueron requisados en medio de una calle oscura, con la única luz que emanaba de la camioneta. "Son americanos, son americanos", gritaba uno de los jóvenes. Otros llegaban corriendo con claras intenciones de agresión mientras los argentinos rehenes, sumidos en un profundo nerviosismo, sólo atinaban a intentar calmar los ánimos y respondían: "Nous sommes argentins (Somos argentinos)", una nacionalidad muy bien recibida en este país.

Mientras uno de los gendarmes intentaba que no le arrebataran la pistola que llevaba oculta, este cronista era rodeado por varios hombres con sus caras cubiertas, o con pañuelos en la cabeza, que le exigían dinero. La mano buscó un billete en el bolsillo que el azar quiso que fuera de sólo 20 dólares, indescifrables en la oscuridad.

Mientras llegaban otros jóvenes, varios con rostros desencajados por droga o alcohol, algunos intentaron saquear la camioneta cargada con equipajes, computadoras y equipos fotográficos. En medio de un griterío general, alguien ordenó: "Déjenlos ir; son argentinos". Finalmente, la camioneta siguió su camino ascendente hacia Petion Ville, la zona residencial de la capital donde están los hoteles internacionales. "Batistuta, Maradona", se despedían, ahora alegremente, los mismos que minutos antes amenazaban con machetes.

Los extranjeros

El conflicto entre los rebeldes que lidera el ex comisario Guy Philippe y las fuerzas leales a Aristide tiene casi presos a cientos de diplomáticos y trabajadores extranjeros que no han logrado aún abandonar el país. La grave situación política, que amenaza con una mayor tragedia humanitaria en esta castigada nación, llevó ayer a Estados Unidos y Francia a admitir el posible envío de una fuerza internacional de seguridad con el fin de detener la ola de violencia y muerte que ya dejó más de 60 víctimas en las últimas semanas (ver aparte).

En el centro de la capital, la policía está desplegada para proteger la casa de gobierno. Miles de jóvenes pagados por el oficialismo cierran el paso mucho antes de llegar al centro, desde donde un grupo de 50 marines norteamericanos intentaron ayer infructuosamente escoltar a funcionarios de México, España, Alemania y Naciones Unidas que pretendían salir de Haití.

Los militares estadounidenses finalmente optaron por evitar un posible enfrentamiento, que hubiese tenido un resultado incierto y efectos políticos impredecibles, y postergaron para las próximas horas esa operación de evacuación.

Para los partidarios de Aristide, los estadounidenses están entre sus enemigos porque, sostienen, apoyan a la oposición. Por ese mismo motivo, los Chiméres han sumado también a la prensa internacional en su listado de posibles blancos de ataque, lo que hace complicado moverse si uno es reconocido como periodista extranjero.

En una conferencia de prensa, los partidos de la oposición reiteraron ayer que exigen la renuncia del presidente y rechazaron nuevamente el plan de paz propuesto por los países mediadores (Canadá, Estados Unidos, Francia y las naciones del Caribe).

La iniciativa prevé que Aristide se mantenga en su cargo y que se forme una comisión tripartita entre presidencia, oposición y la comunidad internacional para el nombramiento de un primer ministro, que convocaría a elecciones y reformaría la policía.

Aristide, cada vez más aislado tanto interna como externamente, advirtió que si la comunidad internacional no interviene pronto y los rebeldes ingresan en la capital, "miles de personas" pueden perder la vida.

Mientras en las convulsionadas calles de la capital algunos habitantes vigilan las barricadas, grupos de Chiméres recorren la ciudad en camionetas. Van sentados sobre las ventanas con medio cuerpo afuera, listos para entrar en acción si hace falta y sacar un revólver que llevan escondido en la espalda.

Sus presas favoritas son por estas horas los opositores al presidente que, al igual que muchos enviados de los medios internacionales, han decidido no bajar al centro de la ciudad.

"Estamos levantando barricadas para defender al presidente, pero no queremos violencia", dijo Lui Helibert a LA NACION, un morrudo miembro de los Chiméres , con pinta de rapero, anteojos negros y enormes auriculares conectados a una antigua radio que recorría la zona frente al aeropuerto.

A pocos metros de allí, una familia canadiense que trabaja para una organización médica había logrado llegar hasta el aeropuerto, atestado de haitianos y extranjeros que esperaban para abordar un vuelo. "Nos dieron 45 minutos para dejar nuestra casa, y tuve que dejar allí todas nuestras cosas. También el auto, pero no podíamos arriesgarnos", dijo a LA NACION Rod.

Muy cerca de ingresar en un vuelo de American Airlines con destino a Miami, Sergio, un español de 51 años que trabajaba para una organización humanitaria se despedía de sus colegas haitianos.

"Estoy contento de salir del país porque está peligroso. Nos han dicho que deberemos esperar unos tres meses para poder volver", comentó a LA NACION, con la alegría inocultable de haber encontrado la salida de este laberinto de amenazas y arrebato en el que muchos aún deambulan.

Donde reinan el terror y la anarquía

El pánico y el caos se extendieron ayer en Puerto Príncipe, próximo blanco de los rebeldes tras la caída de Cap-Haïtien y Port-de-Paix. Simpatizantes del presidente Jean-Bertrand Aristide recorrían las calles de la capital disparando al aire y sembrando terror, mientras los habitantes recurrían a autos, contenedores y hasta heladeras para levantar barricadas y atrincherarse.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.