Qué puede pasar en el último debate entre Hillary Clinton y Donald Trump

La recién nacionalizada estadounidense Makia Nunes besa una figura de cartón de Hillary Clinton en Los Angeles
La recién nacionalizada estadounidense Makia Nunes besa una figura de cartón de Hillary Clinton en Los Angeles Fuente: AFP
En el encuentro de esta noche se hablarán de seis temas que apenas se tocaron en los dos anteriores; la demócrata llega con ventaja
Rafael Mathus Ruiz
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19 de octubre de 2016  • 21:06

LAS VEGAS, Nevada.- Rodeada por un fuerte operativo de seguridad, con las montañas y los casinos del famoso “Strip” como entorno, la Universidad de Nevada de Las Vegas será el escenario esta noche del último debate entre Hillary Clinton y Donald Trump antes de la elección presidencial de Estados Unidos, el próximo 8 de noviembre.

El debate será moderado por el periodista de la cadena Fox, Chris Wallace. Habrá seis áreas de discusión: inmigración, gasto público, la economía, la Corte Suprema, política exterior e idoneidad para la presidencia. Wallace ha anticipado que acotará su rol a hacer preguntas, y evitará confrontar con los candidatos.

Clinton llega al choque mucho mejor que Trump. El sitio FiveThirtyEight, de Nate Silver, le otorgaba ayer, antes del debate, un 87,2% de probabilidades de imponerse en noviembre. El promedio de sondeos nacionales del sitio RealClearPolitics, termómetro político de la campaña, le daba una ventaja de 6,5 por ciento.

“Creo que Clinton ganó decididamente los dos primeros debates, y mi expectativa es que lo mismo ocurra esta noche. Trump necesita un home run para revertir su caída libre en las encuestas”, dijo a LA NACION Jacob Thompson, profesor de la Universidad de Nevada, Las Vegas.

Thompson prevé una discusión sucia, con ataques personales, en la cual Trump intentará “desparramar barro”. Los acusaciones de acoso sexual contra Trump, y las revelaciones de Wikileaks de Clinton formarán parte de la discusión.

“Trump sabe que está perdiendo, y la única manera en la que puede ganar es deprimir la participación de los demócratas lo suficiente como para ganar con su base. Es desafortunado, pero es lo que es”, agregó.

Al frente en las encuestas, confiada, y con una vasta operación territorial para movilizar votantes, Clinton ha bajado su perfil en los últimos días. Su campaña ha comenzado a volcar tiempo, recursos y gente en Arizona, un bastión republicano, y a apuntalar a sus candidatos en carreras apretadas por una banca en el Senado –que los demócratas aspiran a recuperar– o la Cámara de Representantes.

A la defensiva, Trump ha apostado todo a la coalición que lo hizo candidato. Divorciado del “establishment” republicano, que le soltó la mano para defender las mayorías en el Congreso, Trump ha tenido uno o dos actos diarios, y ha radicalizado su discurso: atacó más a Clinton y a la prensa, y denunció que la campaña está corrompida y “arreglada”, y que existe una conspiración global para derrotarlo.

El "círculo rojo"

Cada candidato llevará al "spin room" a su “círculo rojo”, un grupo de asesores, confidentes, figuras políticas y estrategas que participan de cada movida de la campaña. Clinton, quien tiene detrás una operación pulida, vasta y disciplinada, se ha rodeado de profesionales de la política. Trump, quien está al frente de una campaña más chica, caótica y menos profesional, ha construido un entorno más ecléctico.

El grupo de asesores más cercano a Clinton lo integran John Podesta, quien ha estado junto a los Clinton desde la primera presidencia de Bill Clinton, a principios de los 90; Roby Mook, su jefe de campaña, de 36 años, quien trabajó en 2008 para la campaña de Barack Obama; Brian Fallon, su jefe de prensa, y Jennifer Palmieri, su jefa de comunicaciones. El grueso de la campaña está en sus manos.

Y Clinton ha contado también con el respaldo de algunos alfiles de las campañas de Obama, como David Plouffe, uno de los estrategas del presidente, quien ha respondido preguntas de periodistas y ha defendido a Clinton tras los debates. Dan Pfeiffer, antiguo asesor de Obama, y Jon Favreau, su escritor de discursos más conocidos, han sido fieles soldados en dos canales populares entre los jóvenes: Twitter y a través de su podcast, “Keepin’ it 1600”.

Trump escucha a poca gente, y tiene pocas figuras cerca. Su círculo más cercano lo integran sus tres hijos mayores, Donald Jr., Ivanka –la favorita– y Eric, y el marido de Ivanka, Jared Kushner. Ellos tuvieron mucha influencia, por ejemplo, en la elección de Mike Pence como compañero de fórmula, o en los cambios en la cúpula de su campaña.

Tres figuras republicanas lo han defendido cada vez que ha sido necesario: Rudy Giuliani, antiguo alcalde de Nueva York; Newt Gingrich, un veterano republicano quien lideró la Cámara baja del Congreso durante la presidencia de Bill Clinton, y, en menor medida, el gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie. El resto del partido le huye.

En la antesala del debate, ese círculo ha mostrado señales de división. Su jefa de campaña, Kellyanne Conway, quien intentó en cano moderar su discurso, contradijo a su jefe al hablar sobre la posibilidad de fraude: dijo que no creía que hubiera fraude generalizado, un día depuéss de que Trump dijera que había “tremendo fraude” en varias ciudades”.

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