Reformar la poderosa y cuestionada curia, una tarea titánica para el Papa

Luisa Corradini
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15 de marzo de 2013  

ROMA- Después de 35 años de pontificado polaco y alemán, la poderosa curia romana, suerte de "supergobierno" de la Iglesia Católica instalado en el Vaticano, hubiera preferido probablemente que el nuevo papa fuera italiano. Los 115 cardenales que viajaron de todos los rincones del planeta para elegir al futuro pontífice decidieron otra cosa: fue finalmente un hombre llegado "del fin del mundo" el que tendrá la responsabilidad de conducir la barca de Pedro.

Lejos de la nota de humor, la traducción posible de ese comentario hecho por el ex arzobispo de Buenos Aires podría haber querido decir: "Lejos, muy lejos de los arcanos del poder de la curia…".

Una curia, tan poderosa como criticada, construida poco a poco a través de los siglos, que reúne consejos y dicasterios (ministerios), terminó por convertirse en una organización pletórica, rígida, opaca, con querellas intestinas, gestión financiera imprevisible e incluso fraudulenta… Los males no faltan.

El problema es que, prolongando cotidianamente la acción del papa, y a veces frenándola, la curia es uno de los elementos esenciales en la organización y administración de Iglesia Católica.

Para esa curia, la elección de un italiano –considerados generalmente hombres "del riñón" curial–, del canadiense Marc Ouellet o del brasileño Odilo Scherer, ambos cardenales favoritos antes del cónclave, hubiera sido una victoria. Este último, arzobispo de la poderosa diócesis de San Pablo, favorito de la curia, hubiera significado un símbolo de apertura, conservando al mismo tiempo los usos y costumbres de la organización eclesiástica.

Por esa razón, los resultados de esta elección representan un serio revés para ese grupo de prelados que, desde hace siglos, mantiene el control de las instituciones vaticanas.

La votación de anteayer constituyó una derrota para los cardenales apoyados por la "institución", representada por dos enemigos históricos que terminaron haciendo frente común para esta ocasión: el secretario de Estado, Tarcisio Bertone, y el decano del colegio cardenalicio, Angelo Sodano.

La enérgica pulseada entre grupos adversos comenzó probablemente mucho antes de que Benedicto XVI decidiera anunciar su intención de renunciar, en febrero pasado.

Ese enfrentamiento opuso a los cardenales "exteriores" y a los representantes de esa curia, que con el tiempo consiguió autonomizarse, terminando por escapar a la autoridad papal.

Ese grupo es acusado de acumular poder, de no escuchar a los obispos, de haberse erigido en una especie de elite entregada a sus propias guerras y desconectada de la Iglesia real.

Sacudida por múltiples casos de corrupción, escándalos sexuales e intrigas de toda naturaleza, la curia fue objeto de profunda preocupación de esos cardenales venidos desde lejos.

Esa mayoría de prelados "exteriores" que eligió al cardenal Jorge Bergoglio parece haber ratificado con ese voto la necesidad de poner orden de una vez por todas dentro de la institución.

"El papa puede tener todas las cualidades del mundo. Pero está rodeado de colaboradores. Comenzando por el cardenal secretario de Estado. Esa figura fue tomando importancia poco a poco en la historia de la Iglesia Católica hasta llegar a controlar prácticamente todos los movimientos de la institución. Hoy es necesario que el nuevo pontífice sea capaz de constituir un equipo en el cual ese secretario de Estado sea algo así como un primer ministro, pero no el único ministro", dijo a la nacion un cardenal francés radicado en Roma.

En otras palabras, si bien la elección de un pontífice es una tarea difícil, la designación, por parte del jefe de la Iglesia de su secretario de Estado no lo es menos.

"El primer acto de un verdadero líder es saber rodearse", agregó el prelado, parafraseando al diplomático florentino Nicolás Maquiavelo.

Por esa razón, todos los ojos de expertos, vaticanistas y purpurados están puestos en las primeras decisiones que tomará el papa Francisco cuando llegue el momento de organizar su equipo, cuyos puestos están teóricamente vacantes desde el 28 de febrero, cuando se declaró sede vacante desde el momento que se hizo efectiva la abdicación de Benedicto XVI.

Interrogantes

Pero la elección de Jorge Mario Bergoglio plantea más de una pregunta: ¿acaso la curia es reformable? ¿Francisco tendrá tiempo suficiente? ¿Tendrá la energía y la visión necesarias para cumplir con una tarea ciclópea en la que tantos otros fracasaron?

"No estoy para nada inquieto. Contrariamente a lo que muchos dicen por conveniencia, Francisco no será un papa de transición. Juan XXIII gobernó la Iglesia sólo cinco años e hizo más cambios que sus predecesores en 500 años. El nuevo papa demostró en una sola noche que es capaz de cambiar la atmósfera general con su apariencia simple y sobria", opinó el teólogo suizo Hans Küng, que mantuvo diferencias con Joseph Ratzinger cuando el papa emérito era el guardián de la doctrina durante el papado de Juan Pablo II.

Como Küng, aquellos que conocen más al nuevo pontífice manifiestan una absoluta serenidad.

"Una Iglesia puede ser autoridad moral en el mundo únicamente si funciona correctamente. Por eso es fundamental evitar comportarse como los fariseos. Es necesario responder a los interrogantes de la gente, mostrar comprensión y ser solidario con las otras iglesias cristianas y las demás religiones. El nuevo papa tienen todas las cualidades para hacerlo", afirma el historiador de las religiones Odon Vallet.

Para que la Iglesia pueda trabajar en favor de la paz en el mundo, es imprescindible que sus mecanismos internos puedan funcionar armoniosamente, en vez de ser un obstáculo.

"La tarea es inmensa, pero creo que el Papa hará más por esa renovación, más por el ecumenismo de las iglesias cristianas, más por la paz y el bienestar que todos sus predecesores", agrega el teólogo Küng.

El papa Francisco parece decidido a llevar sobre sus hombros, sin claudicar, esa cruz por ese largo camino que se asemeja a un calvario espiritual.

Así podría muy bien interpretarse la advertencia velada que lanzó ayer a todos los eclesiásticos de la Iglesia en la homilía que pronunció en su primera misa, celebrada en la Capilla Sixtina, ante todos los príncipes de la Iglesia:

"Cuando transitamos, edificamos y confesamos sin la cruz, no somos discípulos de Cristo", dijo.

"Cuando caminamos sin la cruz, somos mundanos. Podemos ser obispos, sacerdotes o cardenales, pero no sus discípulos." Y concluyó: "Seremos una piadosa ONG. Pero no la Iglesia".

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