Se reabre una herida

Alan Gripp
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16 de abril de 2015  

RIO DE JANEIRO.- El arresto del tesorero del Partido de los Trabajadores (PT), João Vaccari Neto, no pudo llegar en peor momento para el partido y para la presidenta Dilma Rousseff. Se produce justo cuando Dilma y su partido habían logrado tener un respiro, tras la menguada adhesión que tuvieron las protestas del domingo pasado y la sensación de que la crisis económica se irá aplacando.

Salvo que se produzca alguna revelación importante, el arresto de Vaccari contribuirá al descontento generalizado con el gobierno. Como señaló la encuestadora Datafolha, la corrupción fue el principal motivo de protesta de quienes salieron a las calles para manifestar dos veces contra Dilma Rousseff, primero en marzo y luego el domingo pasado.

El arresto del tesorero petista también se convierte en munición para el arsenal de la oposición, que como adelanto de una nueva etapa del Lava-Jato, ya dejó en claro que abandonará su pasividad y buscará confrontar con el gobierno, atendiendo al reclamo de buena parte de los tucanos (los partidarios del opositor PSDB) y, más recientemente, de los grupos que organizan las protestas y que no se sienten representados.

Con Aécio Neves a la cabeza, el PSDB volvió a hablar de juicio político contra la presidenta. Les faltan, sin embargo, argumentos jurídicos que avalen un pedido tan drástico. Es pronto para saber si el argumento que necesitaban llegó con el arresto de Vaccari, pero es sin duda la carta más fuerte que tiene la oposición hasta el momento.

Vaccari no es Pedro Barusco. Es improbable que llegue a un acuerdo de admisión de culpa con reducción de pena, como hizo el ex gerente de la petrolera estatal Petrobras.

El gran impacto de la detención de Vaccari, por lo tanto, es de tipo simbólico.

La incomodidad de ver preso al hombre responsable de irrigar las campañas del Partido de los Trabajadores hará sangrar al gobierno, justo cuando pensaba estar curándose de sus heridas.

Traducción de Jaime Arrambide

Por: Alan Gripp

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