Serbios y kosovares, ante un destino común

Por Gabriel Pasquini Enviado especial
Por Gabriel Pasquini Enviado especial
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26 de marzo de 2000  

Pristina.- El pasado, presente y futuro de Kosovo están contenidos en miles de historias individuales que, en sus diferencias, esconden las claves del destino común.

Hace un año, la familia de Edita, de origen albanés, se hundió en su departamento del centro de Pristina para no volver a salir. En los peores momentos de terror sólo encontró apoyo en la familia de un joven médico serbio que, con sus hijos, mujer y padres, vivía en el departamento contiguo, que compartía con ellos y con un tercer departamento.

Excepción entre los serbios de Kosovo, que en su mayoría asistieron con indiferencia o regocijo a los sufrimientos de los albaneses, la familia del joven médico hizo cuanto pudo para ayudar a sus vecinos, que temían por la suerte de Edita, de 22 años, y su hermana Linda, de 20, en las calles dominadas por paramilitares que saqueaban, mataban y violaban.

En la noche del 11 de junio, Edita, su familia y un grupo de cronistas que llegaron antes que las tropas de la KFOR a la ciudad, observaron cómo algunos vecinos serbios saqueaban departamentos albaneses abandonados. Edita temió que entraran en su casa.

No ocurrió. Cuando los paracaidistas británicos aparecieron en las calles de Pristina, a la mañana siguiente, la familia de Edita abrió las ventanas para festejar. Para sus vecinos amigos serbios, en cambio, era la llegada de las malas noticias.

El éxodo serbio

Pese a que una semana después, mientras los últimos soldados de Slobodan Milosevic dejaban Kosovo, el hospital de Pristina formó un comité albanoserbio con coordinación internacional para atender a todas las minorías sin distinción, la convivencia no duró. Al poco tiempo, por falta de garantías, todos los médicos serbios se marcharon. El joven vecino de Edita partió con ellos.

Sólo sus padres, ya ancianos, no se resignaron a dejar su casa, al igual que otra familia serbia contigua. Poco después, familias albanesas que dijeron ser víctimas de la destrucción serbia se presentaron para preguntar si había departamentos serbios para ocupar, sin importar si sus dueños aún vivían allí.

Un grupo similar se presentó en el de Edita y presionó a su madre para que denunciara si tenía vecinos serbios. Dos veces, la madre los evadió, pese a que la amenazaron y la acusaron de "traidora" y "colaboracionista". Finalmente, una noche los invasores rompieron la puerta y se lanzaron sobre los departamentos serbios; en medio de amenazas, fijaron un plazo de dos horas para que los serbios abandonaran sus casas.

Se llamó a soldados de la KFOR, que ofrecieron proteger el lugar. Pero las familias estaban demasiado aterradas para considerar la posibilidad y sólo pidieron ayuda para marcharse. La familia de Edita quedó en posesión de las llaves de ambos departamentos.

Poco después, los soldados de la KFOR tendieron una trampa a los invasores y dos de ellos fueron arrestados por 45 días. Al quedar en libertad, volvieron a tocar la puerta de Edita.

Esta vez, amenazaron brutalmente a su madre para que les diera las llaves de los departamentos. Los soldados de la KFOR volvieron a ofrecer protección, pero sugirieron otra solución: que buscaran a otras dos familias albano-kosovares que hubieran quedado sin casa, pero que fueran de su confianza, y ocuparan los departamentos.

Se resignaron. Los elegidos aún viven allí. Esperan devolver las llaves a sus dueños, algún día.

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