Al-Qaeda vs. EI, un sangriento duelo por el poder

La lucha entre los dos grupos por el liderazgo del terror tiene en vilo al mundo
Martín Rodríguez Yebra
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18 de enero de 2015  

MADRID.– El último día de 2014, la revista Dabiq, órgano oficial de propaganda de Estado Islámico (EI), dedicó su tapa al relato de un desertor de Al-Qaeda que describe como un gigante en decadencia a la red que monopolizó por una década el terror fundamentalista y acusa a sus líderes de traidores a la fe.

En el editorial del mismo número llamó a los "creyentes" a no dejarse engañar y trasladar el combate a Occidente: "Si puedes matar a un infiel americano o europeo, en especial a un despreciable y sucio francés, hazlo, de la forma que sea".

Pero una semana más tarde fueron dos militantes de Al-Qaeda, los hermanos Cherif y Said Kouachi, los que enlutaron París con la masacre de Charlie Hebdo.

Además de hundir a Europa en el miedo, los asesinatos en el semanario satírico avivaron la disputa subterránea que libran Al-Qaeda y EI por la supremacía de la Jihad global. Es un duelo sangriento que amenaza con disparar nuevos atentados en países occidentales y más inestabilidad en Medio Oriente.

En Siria e Irak las dos bandas se enfrentan con las armas. Pero el combate decisivo se da en el terreno de la propaganda. El botín: por un lado, los fondos que aportan magnates extremistas del mundo árabe; por otro, la captación de jóvenes radicales dispuestos a inmolarse por el islam.

Después de un año a la sombra de EI, la reivindicación del ataque parisino por parte de la rama de Al-Qaeda en Yemen significó un golpe de efecto de la organización que condujo hasta su muerte Osama ben Laden.

El dirigente a cargo del anuncio atribuyó la financiación y el reclutamiento de los ejecutores al sucesor de Ben Laden, el egipcio Ayman al-Zawahiri. Negó cualquier coordinación con Amedy Coulibaly, autor de la mortal toma de rehenes en un supermercado kosher de París dos días después de la masacre de Charlie Hebdo. Antes de ser abatido, Coulibaly confirmó su lealtad a EI.

"Es evidente el impacto que tuvo este atentado en términos de propaganda. Puede ser un estímulo para Estado Islámico, que querrá demostrar que también es capaz de golpear en el corazón del mundo occidental", opinó Luis de la Corte, experto en terrorismo internacional de la Universidad Autónoma de Madrid.

El mismo temor expresaron funcionarios europeos después de la cumbre comunitaria sobre seguridad convocada en París tras la matanza.

"Hay una clara batalla entre Al-Qaeda y Estado Islámico por demostrar quién lidera el terror. Eso incrementa el riesgo de futuros ataques", advirtió el ministro del Interior de España, Jorge Fernández Díaz.

Para Peter Neumann, director del Centro para el Estudio de la Radicalización del King’s College de Londres, esa "competencia para superar al otro" neutraliza por el momento la posibilidad de que las dos redes se alíen contra el enemigo común de Occidente.

La hipótesis cobró fuerza, al menos como un enigma, a partir de la acción en apariencia coordinada de los hermanos Kouachi y Coulibaly.

"Sería una sorpresa enorme –indicó Neumann–. Las relaciones entre Al-Qaeda y EI no podrían ser peores. Si hay sincronización, puede ocurrir en niveles de base, nunca en las cúpulas." Los Kouachi y Coulibaly se conocían desde antes de militar en organizaciones distintas.

De la Corte añadió: "Como el trasfondo ideológico es el mismo, los simpatizantes de uno u otro grupo pueden traspasar sus lealtades al otro o compartirlas. La amenaza de más violencia va a seguir mientras haya tantos jóvenes consumiendo esas ideas".

La hegemonía de Al-Qaeda entre los grupos extremistas desde los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos quedó amenazada en 2013 cuando Al-Zawahiri rompió con EI –entonces su filial en Irak– en repudio a su estrategia en la guerra de Siria.

Aunque los une la misma ideología extremista –el salafismo–, los separa una cuestión táctica decisiva. Al-Qaeda es hoy una red más descentralizada y extendida que en los días de Ben Laden; se concentra en repeler al enemigo extranjero y acabar en el mediano plazo con las "naciones apóstatas".

Estado Islámico prioriza la conquista de territorios y la instauración inmediata de una sociedad regida por su visión fundamentalista del islam, lo que lo lleva a arrasar con las poblaciones locales que no se sometan. En febrero de 2014, su líder, Abu Bakr al-Baghdadi, se proclamó "califa" y, por tanto, jefe supremo de todos los musulmanes. La tensión con Al-Qaeda se agigantó.

Estado Islámico impone su ley en amplias regiones de Siria e Irak. Logró atraer a miles de combatientes a sus campos de adoctrinamiento, entre ellos, miles de jóvenes residentes en Europa fascinados por la escalofriante propaganda de sus barbaries: decapitaciones, fusilamientos en masa, crucifixiones.

Influencia

Las tropas de EI chocan a diario en Siria con el Frente Al-Nusra, que integra Al-Qaeda. En los últimos meses, Al-Baghdadi apuntó a Yemen, uno de los santuarios principales de sus rivales. Se alió con caciques terroristas locales y declaró a ese país una nueva provincia del califato. También busca extender su influencia en el sudeste asiático y en el norte de África.

Un estudio publicado por el Instituto de Investigaciones de Medios de Comunicación en Medio Oriente (Memri, por sus siglas en inglés) liga el atentado de Charlie Hebdo con la urgencia de Al-Qaeda por contener el avance de EI en Yemen. "A pesar de todos sus esfuerzos por frenar esa expansión, da la impresión de que EI está reclutando exitosamente nuevos combatientes y activistas allí", señala el documento.

El riesgo de inestabilidad para la región es una consecuencia evidente. Y para Occidente, el desafío se duplica: "En vez de un gran grupo terrorista del que preocuparse, ahora hay dos amenazas serias en las que fijar la atención", alertó Steven Stalinsky, director del Memri.

Fernando Reinares, investigador principal de terrorismo internacional en el Real Instituto Elcano, apuntó otro dato inquietante: el enfrentamiento actual no debe tomarse como un hecho inamovible.

"Muchos jihadistas en países occidentales –escribió el especialista– son renuentes a dar por descontada la división en el movimiento jihadista internacional y optan por actuar, al margen del tipo de vinculación que tengan o se atribuyan con Al-Qaeda y EI, como si la amenaza terrorista que ambas suponen fuese una y la misma."

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