Sólo los musulmanes pueden encontrarle una salida a esta guerra de Occidente con el islam

Roger Cohen
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19 de febrero de 2015  

NUEVA YORK.- Después de que un director de cine danés en un seminario sobre "Arte, blasfemia y libertad de expresión" y un guardia danés judío que custodiaba una sinagoga fueran asesinados en Copenhague, la primera ministra de Dinamarca, Helle Thorning-Schmidt, balbuceó una frase conocida: "No estamos en medio de una batalla entre el islam y Occidente. No es una batalla entre musulmanes y no musulmanes. Es una batalla entre valores basados en la libertad del individuo y una ideología oscura".

Esa declaración -que tiene ecos de las vagas referencias del presidente Obama a los "extremistas violentos" desacoplados del islam fundamentalista a los que los degolladores juran estar aliados- no resiste el menor análisis. Son palabras vacías.

A lo largo de una vasta porción de territorio, en Siria, Afganistán, Paquistán y Yemen, Occidente está o estuvo en guerra, o cuasi guerra, con el mundo musulmán, en un intento fallido de erradicar la metástasis de un movimiento islamista de odio asesino hacia Occidente.

Decir que ese movimiento, cuya más potente y reciente manifestación es Estado Islámico (EI), es una "ideología oscura" es como decir que el nazismo fue una reacción contra la humillación alemana en la Primera Guerra Mundial: cierto, pero enteramente inadecuado. No tiene demasiado sentido que los políticos occidentales ensayen sus palabras sobre una no guerra entre el islam y Occidente, cuando en todos los países antes mencionados hay decenas de miles de musulmanes que creen lo contrario, con la carnicería de evidencia a la vista.

El cineasta danés Finn Norgaard fue asesinado más de una década después de que otro cineasta, Theo van Gogh, fuera apuñalado en Amsterdam por hacer una película crítica sobre el trato del islam hacia las mujeres. La guerra islamista es contra la libertad de expresión, contra la libertad de conciencia, la libertad de prensa, la libertad de blasfemar, la libertad sexual: en suma, los rasgos centrales de las democracias.

Algunos dicen que no hay que provocarlos con caricaturas de Mahoma, que hay que mostrar respeto por el islam, la pacífica fe de unos 1600 millones de personas. Pero ¿cuál sería la provocación de Dan Uzan, el guardia de la sinagoga?

El islam es una religión que ha engendrado movimientos políticos polifacéticos cuyo objetivo es el poder. El islam, como tal, es un blanco justo de comentaristas, caricaturistas y dibujantes cuya inclinación a burlarse de las depredaciones de la teocracia y de la utilización cínica del profeta no puede ser coartada por el miedo.

Durante los más de 13 años desde que Al-Qaeda atacó Estados Unidos el 11 de Septiembre, hemos visto explotar trenes en Madrid, el subte y un ómnibus en Londres, la decapitación de periodistas occidentales, la matanza del staff de Charlie Hebdo, el asesinato de judíos en Francia y Bélgica, y ahora en Dinamarca. No es obra de una "ideología oscura", sino del terror de la Jihad.

A la derecha del espectro político europeo va creciendo la ira contra el islam, contra las comunidades de musulmanes marginados, quienes a su vez se sienten discriminados y desvirtuados, con justa causa. Varios miles de jóvenes musulmanes europeos han corrido a sumarse a la causa de EI. Los judíos de Europa están en ascuas, y con justa razón. Israel los llama a volver a casa.

¿Quién o qué tiene la culpa? Hay dos escuelas. La primera culpa a Occidente por su apoyo a Israel: sus guerras (Irak), su brutalidad (Guantánamo, Abu Ghraib), su matanza de civiles (los drones), su hipocresía de avidez de petróleo (el aliado saudita, que financia la Jihad).

Para la segunda escuela, lo que vuelve atractivo a EI es más bien una falla abyecta del mundo árabe, de sus sociedades bloqueadas donde los dictadores coartan el islam político, de su represión, de sus instituciones débiles, de su sectarismo que excluye la práctica de participación ciudadana, de sus teorías conspirativas, de su incapacidad para dar trabajo y esperanza a sus jóvenes.

Esta segunda opción me resulta más convincente. El auge de EI y la nueva guerra de Obama son resultado directo del fracaso de la "primavera árabe", que en su momento pareció ofrecer una salida a las sociedades empantanadas y plagadas de jihadismo del mundo árabe.

Sólo los árabes pueden encontrarle una salida a esta crisis. Pero la historia, según sospecho, no juzgará con benevolencia a Obama por no haber fomentado el movimiento de liberación surgido en Túnez, Egipto, Siria y otros países. La inacción también es una política: la Siria actual es fruto de la no intervención.

Hablar de una "oscura ideología" inespecífica, hacer caso omiso a la realidad del conflicto actual entre Occidente y el islam, es también socavar la lucha antiislamista de valientes musulmanes, y esos musulmanes son los únicos que pueden derrotar a los jihadistas mercaderes de la muerte de bandera negra.

Traducción de Jaime Arrambide

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