Sospechan que el Kremlin recurrió a una vieja arma con un opositor: el veneno

Navalny, ayer, en un hospital de Moscú
Navalny, ayer, en un hospital de Moscú Fuente: AP
Alexei Navalny, que fue detenido tras convocar a una protesta, fue encontrado en su celda con extraños síntomas
Luisa Corradini
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30 de julio de 2019  

PARÍS.- Alarmado por las dimensiones que alcanzan las protestas de la oposición democrática contra el régimen, el Kremlin al parecer decidió recurrir a su arma predilecta para enviar una clara advertencia a la sociedad rusa: envenenar a su principal adversario.

Esa es la impresión que prevalece entre los medios políticos rusos y los especialistas occidentales después de que Alexei Navalny debió ser hospitalizado por "una extraña y violenta alergia". El dirigente de 43 años, que empieza a convertirse en una "pesadilla" para el presidente Vladimir Putin, había sido detenido poco tiempo antes por convocar a multitudinarias protestas contra el régimen.

"Presumo que la causa de la enfermedad de Alexei Navalny puede ser cierto tipo de agente tóxico", escribió en su página de Facebook su médica personal, Anastasia Vassilieva, que llegó a esa conclusión basándose en los síntomas del paciente, así como en la actitud "extrañamente nerviosa" del personal del hospital, que le permitió verlo, pero no auscultarlo.

Navalny fue detenido el miércoles y sentenciado a 30 días de cárcel por convocar para el sábado a una protesta contra la decisión de las autoridades electorales de impedir que varios candidatos participen en las elecciones municipales moscovitas de septiembre próximo.

El Kremlin reprimió con violencia esa manifestación y envió a la cárcel a unas 1400 personas. Menos de una semana antes, el 14 de julio, otra protesta había reunido más de 22.000 manifestantes en el centro de Moscú. Un hecho totalmente inédito desde hace años en la capital rusa.

Pocas horas después de llegar al centro de detención, Navalny tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital, víctima de una "grave reacción alérgica", según las autoridades.

"Jamás en su vida Alexei sufrió de una reacción alérgica", precisó su vocera, Kira Iarmych, en Twitter.

Su abogada, Olga Mikhailova, fue aún más lejos: "Es un auténtico envenenamiento con una sustancia química desconocida", dijo.

Mikhailova precisó que su cliente presentaba edemas en los ojos, la cara y las articulaciones, pero que, además, "tiene una erupción cutánea generalizada". Por esa razón, solicitó su inmediata liberación.

Según su médica, el propio Navalny asegura que él y las otras personas con las que compartía celda tuvieron acceso a la misma comida y artículos de higiene, pero también precisó que todos se ausentaron brevemente de la celda para dar un paseo por el patio de la cárcel.

Ese cuadro recuerda los síntomas que presentaba el expresidente ucraniano Viktor Yushchenko cuando fue envenenado con dioxina en septiembre de 2004. Hasta que se operó, años después, tuvo la cara desfigurada por la ictericia y cubierta de marcas.

El pedido de excarcelación formulado por la abogada invocando razones de salud fue, sin embargo, desoído por el régimen. Una vez atendido, lo condujeron nuevamente al centro de detención de donde había salido. "Dejarlo volver al sitio donde recibió la dosis de producto químico desconocido, antes de que se conozca el resultado de los análisis, no es para nada profesional", declaró la doctora Vassilieva.

La evocación de la utilización de un agente tóxico contra Navalny también recordó de inmediato otros casos memorables de envenenamiento cometidos por el régimen de Vladimir Putin contra sus opositores. El último de ellos sucedió en Inglaterra, en 2018, cuando el exespía ruso Serguei Skripal y su hija Iulia fueron envenenados por agentes del Kremlin con Novichok, un potente agente neurológico de concepción.

En 2006, también fue envenenado en Londres otro exagente ruso Alexandre Litvinenko, opositor de Putin, esta vez con polonio 210, una sustancia radiactiva extremadamente tóxica. Litvinenko murió pocos días después.

La eliminación de adversarios políticos en Rusia -sean exespías, personalidades políticas, periodistas cuyas investigaciones molestan o simplemente disidentes- es una práctica utilizada por el régimen para enviar claras advertencias a sus adversarios en épocas de crisis.

Uno de los casos más célebres del siglo XX se produjo en plena Guerra Fría, cuando asesinaron en Londres al disidente búlgaro Georgi Markov. Mientras esperaba un autobús, alguien le pinchó el muslo con un paraguas que, al parecer, contenía una cápsula de veneno del tamaño de un alfiler, suficientemente potente como para matar al escritor en apenas tres días. La autopsia estableció que Markov sucumbió a una dosis de 0,2 miligramos de ricino, un veneno 6000 veces más violento que el cianuro.

Pero esa detestable costumbre no es monopolio de los rusos. Desde la antigüedad, el envenenamiento es uno de los métodos preferidos para eliminar adversarios. Los historiadores siguen aún tratando de averiguar si Cleopatra, Napoleón o Alejandro Magno fueron asesinados de ese modo.

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