Sudáfrica celebra hoy los diez años del fin del apartheid

La pobreza, la gran cuenta pendiente A pesar de los logros políticos, el 40 % de la población negra sigue viviendo en la miseria También creció el desempleo Sin embargo, hay cada vez más confianza en el sistema democrático
Teresa Bausili
(0)
27 de abril de 2004  

La escena podría darse en cualquier ciudad del mundo: un auto se detiene en un semáforo, un mendigo se acerca con la mano abierta y la mirada suplicante, y de la ventana del vehículo asoma otra mano con un puñado de monedas. Pero que esa ciudad sea Johannesburgo, la mano que entrega la limosna negra y la que la recibe blanca habla de una Sudáfrica inimaginable hace apenas una década, cuando la legislación aún determinaba, sobre la base del color de la piel, dónde se podía vivir, qué tipos de trabajo se podían realizar y con quién estaba permitido -o prohibido- casarse.

Hoy, cuando se cumplen diez años del fin del apartheid -el oprobioso régimen de segregación racial maquinado por una minoría blanca desde 1948-, el cabo sur del continente africano asiste a un fenómeno revolucionario: una nueva burguesía negra se sienta en las reuniones de directorio de las principales empresas nacionales, juega al golf en canchas que antes sólo pisaba para cargar las bolsas de palos o se muda a suburbios que tiempo atrás visitaba para cortar el pasto de los jardines.

Sin embargo, y a pesar de las agresivas políticas de acción afirmativa -o "discriminación positiva"- impulsadas desde el gobierno, esa elite ascendente representa sólo una ínfima fracción del mundo empresarial (entre los altos ejecutivos hay un negro cada diez blancos). Mientras, el grueso de la población negra -el 79% de los 45 millones de habitantes- sigue empantanada en la miseria, con un 40% viviendo por debajo de la línea de pobreza. Y las divisiones aún perduran: entre blancos y negros, ricos y pobres, ciudades y campo.

Es cierto que desde 1994, cuando Nelson Mandela se convirtió en el primer presidente negro del país -tras purgar 27 años de cárcel por ser la voz de una mayoría silenciada por el apartheid-, se han logrado progresos significativos en favor de los sectores más desprotegidos: se construyeron 1,6 millones de viviendas y la electricidad llegó al 70% de las casas. La transición democrática fue sorprendentemente pacífica y el tan temido baño de sangre nunca ocurrió. Sudáfrica recobró protagonismo en la escena internacional y la cultura e idioma afrikaners, impuestos por los descendientes de colonos holandeses y franceses durante casi cinco siglos, están languideciendo.

Pero si mucho ha cambiado, mucho más continúa igual. Y en algunos casos, peor: el desempleo se disparó del 19% en 1994 al 31% en 2003; el sida afecta a cinco millones de personas, más que en ningún otro país del mundo, y para blancos y negros la violencia es la nueva forma de opresión.

A pesar de todo, la fe en el sistema es firme: ocho de cada diez sudafricanos creen que la democracia llegó para quedarse, según una encuesta de The Washington Post y la Universidad de Harvard, cuando en 1999 sólo el 50% de los encuestados creían en su solidez. "Las cosas podrían haber ido mejor, pero también podrían haber ido muchísimo peor", respondió el ex arzobispo de Ciudad del Cabo y premio Nobel de la Paz Desmond Tutu, al ser consultado sobre si Sudáfrica es hoy el país del arco iris que una vez soñó.

El presidente Thabo Mbeki, que hoy asumirá su segundo mandato, deberá seguir cargando con un enorme peso sobre sus espaldas: no sólo las esperanzas de 45 millones de sudafricanos que aspiran a un país más próspero y equitativo, sino las de todo un continente que espera que la paz y la democracia echen finalmente sus raíces en Africa.

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.