Boris se pone en contra al poder tory y juega con fuego

Luisa Corradini
Luisa Corradini LA NACION
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6 de septiembre de 2019  

PARÍS.- Boris Johnson se colocó la soga al cuello con su drástica decisión de expulsar a 21 diputados conservadores del grupo parlamentario. La sanción adoptada contra los legisladores que se aliaron a la oposición para bloquear una salida sin acuerdo de la Unión Europea (UE), constituye un desafío abierto a los hombres más influyentes de la aristocracia política tory.

En vez de atemorizar a los diputados, el primer ministro británico perdió la última oportunidad de mantener un margen de maniobra -a pesar de su frágil mayoría parlamentaria- y de restaurar su autoridad política y moral para aplicar su estrategia de llegar al Brexit "cueste lo que cueste".

Entre los hombres que pretendía humillar con ese gesto histérico y su retórica pandillera figuran personalidades como Nicholas Soames, nieto de Winston Churchill; el prestigioso jurista Dominic Grieve; el excanciller del Tesoro Philip Hammond, y Kenneth Clarke, de 79 años -presente en el Palacio de Westminster desde 1970-, a quien incluso la oposición considera como el father of the house (el patriarca de la Cámara de los Comunes).

Clarke consolidó su celebridad dentro del Partido Conservador el 22 de noviembre de 1990, cuando en plena reunión de gabinete fue el primero que miró a los ojos a la primera ministra Margaret Thatcher para decirle que debía renunciar al poder. Ese gesto de coraje desacomplejó a la mayoría de los ministros, que apoyaron su pedido. La suerte de la Dama de Hierro quedó sellada seis días después.

Amigos y enemigos

La crisis que desató Johnson al desafiar a la vieja guardia tory amenaza con tener consecuencias mucho más graves y más duraderas de lo que parece a primera vista.

En sus lecturas de estrategia, Johnson debe haberse salteado en cierto momento algunas páginas importantes, donde se enseña que ningún dirigente enfrenta al mismo tiempo a amigos y enemigos.

Sin embargo, su enfrentamiento con el establishment de su partido lo coloca en medio de un friend and foe fire (fuego amigo y enemigo).

Por un lado, no tiene el respaldo del Parlamento para negociar con Bruselas -ni siquiera para dialogar- sobre el tema más importante de la historia moderna británica, que condicionará el futuro del país por las próximas décadas.

Por otra parte, después de haber mentido sobre el supuesto contenido de sus conversaciones con los líderes de la UE, tampoco puede contar ahora con la indulgencia de los dirigentes europeos para ayudarlo a buscar una salida, aunque sea por la ventana.

Su necia agresión a los hombres más respetados por la base tory contiene los gérmenes de un cisma partidario, que podría estallar espontáneamente en las urnas sin necesidad de ser estimulado por los barones del partido.

A medida que avanzó la presión de los partidarios más duros del Brexit, el Partido Conservador se fue polarizando entre una corriente europeísta -respetuosa de los valores tradicionales tories- y un sector orientado cada vez más a la extrema derecha, ciegamente hostil a la UE, xenófoba y racista.

Un escenario inédito

En la práctica, esa fracción de diputados y de electores extremos se identifica más con el extremismo del Brexit Party de Nigel Farage que con el partido de Disraeli, Churchill, Macmillan y Thatcher.

Aunque los conservadores acudan formalmente unidos a las urnas, su franja de electores moderados tendrá grandes dificultades para respaldar a Boris Johnson, mientras que la extrema derecha no podrá resistir la tentación de votar a Nigel Farage.

Un escenario de esa naturaleza marcaría el principio del fin del Partido Conservador y dejaría a Johnson obligado a formar un gobierno de coalición con el Brexit Party, para poder gobernar un país decididamente desgarrado.

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