Todavía no es profeta en su tierra

Silvia Pisani
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11 de diciembre de 2009  

WASHINGTON.- Es uno de los galardones más aclamados. Pero, con el Nobel de la Paz, Barack Obama no es profeta en su tierra.

Está bien que la diferencia horaria no ayudó mucho (en el vasto territorio de Estados Unidos hay un rango de seis a nueve horas de diferencia respecto de lo que marcan los relojes en Oslo). Pero difícilmente haya sido ésa la razón de que el majestuoso acto de entrega del premio no figurara entre las programaciones favoritas del día. Y, con el correr de las horas, la imagen de Barack Obama con su esmoquin y corbata moño se fue haciendo más esporádica.

El repaso de la agenda noticiosa del día estuvo lejos de la fiesta noruega. Problemas con las hipotecas, el aumento de tropas en Afganistán y las áridas negociaciones legislativas sobre el futuro del seguro de salud fueron temas de portada de los grandes diarios. Y no el Nobel de Obama, que según un sondeo de The New York Times y CBS señala, continúa perdiendo apoyo, con un nivel de aceptación que ronda el 50%.

El premio abrió controversia en el mundo occidental, con opiniones divididas entre quienes apoyan, quienes respaldan y quienes son indiferentes. Aquí, no hubo ayer gran debate sobre eso. Tampoco los partidarios de Obama lo alentaron mucho: las encuestas del mandatario están en baja y el Nobel no ayuda a subirlas.

Capítulo aparte para el discurso con el que Obama recibió el premio. El presidente eligió "cómo" estar en Oslo. No se detuvo en fastos, no siguió la tradición de los pocos elegidos del club Nobel de disfrutar de la hospitalidad noruega. Muchos, en esa tierra ansiosa de calor, lo tomaron como un desaire. Obama sabía que no podía detenerse allí. Pero sí se detuvo en el discurso. Para aceptar el Nobel invirtió 4000 palabras y 36 minutos. El doble de lo que empleó, hace once meses, cuando juró como presidente de Estados Unidos.

En aquel entonces, una audiencia global emborrachada de esperanza soñaba con un mundo nuevo. Hambrienta de expectativas.

Ayer, requirió un poco más de párrafos para explicar por qué sigue en guerra. Para intentar explicar el teorema de que la paz necesita la guerra. Y para dejar en claro que, además de un hombre de esperanza, es el comandante en jefe de una superpotencia en recesión. Y en guerra.

No fue un discurso fácil. Algunos dicen que es una de las mejores piezas de un orador brillante. Otros, decepcionados, siguen sin hallar explicación a la histórica incongruencia de hablar de paz. E ir a la guerra.

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