Todos los caminos aumentan el riesgo de un vacío de poder

Martín Rodríguez Yebra
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16 de julio de 2013  

MADRID.- Mariano Rajoy resumió en seis palabras la filosofía que guía su acción política: "Al final la vida es resistir". Podría ser el título de su autobiografía. Pero no. Lo escribió en un SMS que le envió a Luis Bárcenas, el hombre que con sus relatos de corrupción en el Partido Popular (PP) amenaza con derrumbar al gobierno español.

Enlodado por la sospecha, Rajoy se aferra a su paciencia de sobreviviente. Ni renuncia ni dará explicaciones sobre los sobresueldos y la financiación ilegal en el PP. Confía en su mayoría parlamentaria y en la teoría de la relatividad: si él está débil, sus opositores atraviesan una crisis de liderazgo que les moja la pólvora.

Basta analizar la ofensiva del secretario general del socialismo, Alfredo Pérez Rubalcaba. Exigió la renuncia de Rajoy a raíz de la difusión de los mensajes de teléfono que el presidente mandó al ex tesorero Bárcenas para rogarle "tranquilidad", mientras la justicia descubría sus cuentas ocultas en Suiza. Evitó, en cambio, impulsar una moción de censura.

Aunque carecen de votos para destituirlo, los opositores sí podrían con esa medida sentar a Rajoy a declarar ante el Congreso. Una suerte de impeachment sobre la corrupción en el partido que lidera desde 2003. Pero quien dé ese paso debe presentar un candidato presidencial y un programa de gobierno.

Es lo último que querría Rubalcaba en momentos en que enfrenta fortísimas presiones para abrir el proceso de elección de un nuevo líder. Las encuestas lo muestran en subsuelos aún más profundos que los que habita Rajoy. El PSOE no digirió todavía el final traumático del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Además, lidia con su karma particular: un fraude millonario con fondos para desempleados en Andalucía, su principal bastión.

Un anticipo electoral también resultaría inconveniente. El riesgo es que, en plena recesión y crisis de empleo, las urnas empujen a España a una ingobernabilidad all’italiana, con los partidos tradicionales menguados y terceras fuerzas reticentes a pactar.

Por eso Rubalcaba intenta forzar el cambio de Rajoy por otro dirigente del PP. La constitución española permite que cualquier ciudadano sea elegido presidente si lo vota la mayoría del Congreso. En ámbitos socialistas señalan la opción de un gobierno técnico, conducido por una figura del PP digerible para la oposición. Se menciona a Josep Piqué, ex canciller de José María Aznar y ahora CEO de una aerolínea.

Los conservadores que se animan a imaginar un reemplazo ven más viable que surja del propio gobierno. Que asuma, por ejemplo, la joven vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. Sería Rajoy sin la sombra Bárcenas.

Paciente como es, Rajoy barrió uno por uno a sus rivales de los puestos de poder en el PP, pero la tensión interna recrudeció. Dos dirigentes históricos como Aznar y la madrileña Esperanza Aguirre cuestionaron la política económica y refutaron la pasividad del presidente frente a las denuncias de corrupción. En el gabinete crecen las intrigas. Suele señalarse al ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, un eterno aspirante a líder que nunca integró el círculo íntimo de Rajoy, por la "quietud" con que siguió el avance de jueces y fiscales contra el despechado Bárcenas. Los barones regionales del PP mantienen una llamativa cautela.

El termómetro que miran los conservadores con responsabilidades de gestión es la tranquilidad de la calle. Un rebrote de protestas ciudadanas podría diluir el crédito escaso que le queda a Rajoy. La oposición analiza si impulsa o no una gran marcha para exigirle la renuncia.

En ese revoltijo, el rey Juan Carlos, garante del sistema, mira en silencio. Está concentrado en recuperar su propia imagen comprometida por sus conductas privadas y por las acusaciones de fraude contra su yerno, Iñaki Urdangarin.

Todas las hipótesis –continuidad en medio de las denuncias, reemplazo pactado, moción de censura, elecciones anticipadas– encienden la misma alarma: el riesgo del vacío de poder en un momento de extrema fragilidad económica de España.

La mayoría absoluta con que gobierna Rajoy le permitió aprobar reformas duras y transmitir a sus socios europeos y a los mercados que España tiene decisión para enfrentar la recesión sin quebrar. Esa fortaleza es, además, la garantía que exhibió Rajoy para contener la amenaza separatista de Cataluña.

¿Podrá el gobierno manejar esa agenda ardiente si Bárcenas sigue bombardeando con denuncias y papeles? Rajoy ya decidió. Será más él que nunca. Intentará resistir.

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