Transformación: China se sumerge en una nueva era de reformas

El régimen apunta a tener una incidencia mayor en el mundo
El régimen apunta a tener una incidencia mayor en el mundo
Claudio Jacquelin
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24 de septiembre de 2016  

Los rascacielos predominan en la pujante Shanghai
Los rascacielos predominan en la pujante Shanghai Fuente: AFP

PEKÍN.- China hace sonar el gong. Y del sonido, como en el mandarín, depende el significado. Es, a la vez, despertador y desafío. Es oportunidad y advertencia para todos. Una nueva era de transformación ha comenzado.

"El mundo va hacia una mayor polarización y globalización. Por eso, China entró en una nueva normalidad" y se apresta a cambios profundos, dispara a modo de descripción y primera advertencia Guo Chunli, subdirectora de la Oficina de Estudios de Macroeconomía del gobierno chino, que participó de la elaboración del 13er Plan Quinquenal, lanzado este año. No dice, pero anticipa, el impacto que esa caracterización tendrá para el resto del mundo y, sobre todo, para América latina, así como no hace falta explicar que China apunta a ocupar la cima de uno de esos polos en los que divide el planeta.

La nueva normalidad implica, para los próximos cinco años, una fuerte transformación en la matriz productiva puertas adentro y un proyecto fronteras afuera que apunta a una incidencia mucho mayor de China en el mundo.

Ello, con una competencia aún más decidida y abierta con Estados Unidos por la supremacía mundial. Acá el país de Barack Obama es motivo de cita recurrente y no siempre de manera amable. "América latina debe ser más independiente en sus relaciones internacionales", dice sin eufemismos el director del Instituto de Estudios Internacionales, Son Junying. Y no hace falta preguntarle de quién debe ser más independiente, según su criterio.

Los funcionarios chinos dejan en claro hacia dónde va su país desde las primeras exposiciones hechas ante los 15 miembros de la delegación de la Argentina, Costa Rica, Chile y México, compuesta por dirigentes políticos, periodistas y responsables de think tanks y ONG de los cuatro países, invitados a un viaje de intercambio por la Asociación China para el Entendimiento Internacional (Cafiu, por sus siglas en inglés). El objetivo de la invitación es contar y mostrar la actualidad y los proyectos de China, estrechar los vínculos, mejorar la percepción sobre su país y saber mejor lo que se piensa de ellos. Y pasar avisos. Que se sepa. Una potencia en pleno ejercicio de su rol.

En los salones de un hotel que el Partido Comunista chino (PCCh) tiene en Pekín destinado, principalmente, a recibir invitados extranjeros, Guo Chunli despliega detalladamente a lo largo de casi tres horas el ambicioso plan quinquenal en marcha. Desde afuera, un tránsito demoníaco y el ruido incesante de las construcciones se cuela por las ventanas del hotel, como para que nadie se olvide que por acá todo va a ritmo frénetico, al mismo tiempo que las ceremoniosas formas y el riguroso protocolo marcan cada encuentro con funcionarios, empresarios y académicos chinos. Como si el tiempo se desdoblara en velocidades y realidades paralelas.

Con esa perspectiva dual afrontan la prospectiva de la economía internacional y nacional. Para los próximos cinco años proyectan un crecimiento promedio anual del PBI de no menos del 6,5%, por encima del promedio estimado para la economía mundial. Quieren y necesitan ir más rápido que el resto para poder sostener su proyecto económico, social y político. Se proponen hacer aún más competitivas sus empresas y desafiar la ralentización del ciclo económico internacional que los ha afectado. Tanto los afectó que alcanzar ese 6,5% de crecimiento sea hoy un desafío, después de haber crecido a un promedio del 10% anual en los últimos 30 años.

Por eso, el plan quinquenal, que tiene por puntales en lo económico aumentar sostenidamente el consumo doméstico y pasar a producir bienes de alta tecnología y gran productividad, para dejar de ser una fábrica de manufacturas baratas, tiene su complementación en el proyecto internacional denominado "Un cinturón, una ruta" (OBOR, por sus siglas en inglés). El objetivo es avanzar en el intercambio comercial, industrial, financiero y de servicios sobre 60 países de Asia, Europa, Oceanía y parte de África, lo que, además, no excluye y tendrá un fuerte impacto sobre América latina, como lo explicita Son Junying. Exportar más, más y más, y adquirir empresas alrededor del mundo es la meta. Y poner condiciones.

China demanda más apertura internacional y mira con recelo los tratados de libre comercio bilaterales o entre regiones. Los acuerdos de Estados Unidos con Europa y con países asiáticos son su desvelo. Necesita más mercados, menos trabas para su producción, sus inversiones y sus desarrollos de infraestructura. "Nos oponemos al proteccionismo. A largo plazo, el proteccionismo no ayuda a la economía de un país", dice sin inocencia Yue Yue, subdirectora del Departamento de Asuntos para América Latina del Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Popular China. La misma que sigue controlando el PCCh desde hace 67 años.

La frase debe completarse con una advertencia: si no hay libre comercio el acceso al mercado chino para productos de otros países tendrá sus barreras . "Los aranceles son una cuestión de soberanía y los controles fitosanitarios, una cuestión de sanidad", defiende Yue Yue.

Ampliar su economía es clave. Es que el plan quinquenal incluye un ambicioso proyecto para 2021, cuando se cumpla el primer centenario del PCCh: terminar con la pobreza extrema, lo que implica sacar de ese estadío al 5% de su población, es decir unas 56 millones de personas, según sus cifras. Casi una Argentina y media. Para ello se pretende crear casi 50 millones de nuevos empleos. Timbre para Mauricio Macri y su plan "Pobreza cero".

A diferencia de América latina, aquí la pobreza extrema es un fenómeno mayoritariamente rural, por eso no es fácil advertirla en el entorno de las grandes ciudades, aunque sí se amontonan monoblocks con necesidades a la vista y una brecha significativa con la opulencia que ostentan muchos, ajenos a viejos mandatos igualitarios.

En esa dualidad tampoco es fácil representarse este país con un shock de consumo interno, como el que se propone para sostener el crecimiento económico. Shanghai ya es hoy un paisaje galáctico con sus torres infinitas, cubiertas de LED que les cambian de color y fisonomía, que no dejan de elevarse por minuto, como para convencer al visitante de que es cierto que China concentra la mayor cantidad de grúas del mundo.

Pekín sólo es reconocible para alguien que vuelve 16 años después, como este cronista, porque la plaza Tiananmén, con Mao en su mausoleo, y la Ciudad Prohibida siguen incólumes, aunque con la novedad de la marea de turistas del interior de China y porque para llegar hay que atravesar estrictos controles con detectores de metales incluidos. Poco se parece. En algunas zonas es más difícil tropezarse con un rickshaw (los tradicionales bicitaxis asiáticos) que con una rojísima Ferrari cubierta del polvo del smog que cae sin cesar, como un llamado de atención de lo que les queda por hacer, de las contradicciones irresueltas.

Alta gama

Lujo y más lujo, como si fuera la 5» Avenida de Nueva York o la rive droit de París. Todas las marcas de altísima gama, con precios siderales, se despliegan en los centros comerciales. Zapatos de 15.000 a 4000 dólares o un vestido de cocktail de 15.000 dólares abruman desde las vidrieras de un shopping que no pertenece a ninguna de las dos principales ciudades. Ocurre a casi 1000 kilómetros de Pekín, en Changchun, capital de la provincia de Jilin, que limita con Corea del Norte, ex sede de la industria pesada y hoy en plena transformación. Tanta que casi no hay manzana en la que la mitad de los edificios no hayan sido derribados para hacer nuevos o en las que las veredas no estén siendo reconstruidas.

Cambia, todo cambia. Todo está en permanente revisión, menos el sistema político, aunque se lo mencione entre los ejes del plan de innovación, pero sin que se lo desarrolle. La transformación que empezó en 1978, con el fin del sistema comunista de producción y la apertura de la economía, no ha cesado de modificarlo casi todo.

También en lo social avanza la transformación. Después de décadas de la política del hijo único, la población está envejeciendo en forma preocupante, y ahora se apuesta a que las parejas tengan dos hijos. Pero no es fácil que lo logren: las mujeres chinas urbanas empiezan a emanciparse y la maternidad deja de ser prioridad. Por supuesto, habrá incentivos, porque, repiten los funcionarios, "si el gobierno no interviene es imposible que se logren los objetivos".

El mundo rural es el otro gran desafío interno y el espacio de otra transformación radical respecto del país que imaginó el gran timonel Mao. Ahí radica no sólo la mayor pobreza. También la ineficacia productiva. De nuevo suena el gong para América latina, y particularmente para la Argentina. El objetivo es ampliar las unidades productivas hoy repartidas en minifundios sin futuro. En el corto plazo, una oportunidad para los argentinos: la necesidad de tecnología agroindustrial es obvia. En el largo plazo, un llamado de atención o una amenaza si la Argentina no modifica su dependencia de la exportación de materias primas agrícolas.

Los mensajes que pasan los funcionarios son claros sobre lo que se viene en el sector, y si las palabras no alcanzan, lo refuerzan con una visita a la provincia norteña de Jilin para ver las vastas extensiones de maíces de casi 2,5 metros de alto y contundentes espigas, o a un frigorífico que es parte de una cadena de producción que va desde la cría del ganado hasta la elaboración de comprimidos de calcio y proteínas para consumo humano, pasando por la elaboración de prendas de cuero.

Se entiende, entonces, por qué advierten que América latina debe mejorar la competitividad de sus productos si quiere mejorar el saldo de la balanza comercial. "El superávit a favor de China no es algo buscado. Se da naturalmente", dice Yue Yue, como si se tratara de un designio. Pero suaviza: "Somos una opción de desarrollo, porque somos complementarios. Por eso, queremos relaciones permanentes y despejar las dificultades temporales". Subraya, entonces, las multimillonarias inversiones chinas que siguen previstas para la región. Y a los argentinos nos recuerda que el presidente Xi Jinping estuvo ya dos veces con Macri, desde que el presidente argentino asumió hace sólo diez meses.

Nada es casual. Para el final, una visita de vértigo a la cosmopolita y galáctica Shanghai, apenas dos días porque la ciudad está saturada de invitados del Estado. El gong acá suena tanto o más fuerte. La transformación que empezó antes que en ningún lado parece no tener límites y se extiende al mundo del conocimiento, tanto que varias de las más reconocidas universidades del mundo están haciendo pie acá. Pero por si el saber no es visible, en Pudong se está a punto de inaugurar el edificio más alto de China y el segundo del mundo, con 632 metros de altura y un espectacular diseño en espiral que parece reflejar el movimiento constante hacia arriba de este país, que sigue modificando el planeta.

¿Cuál es el límite? Una pregunta demasiado difícil. No le faltan desafíos, pero los antecedentes, la decisión política, la planificación y el volumen de su economía juegan a favor. La reconfiguración del mundo es hoy una moneda en el aire, aún demasiado contaminado, de este país. Mientras tanto, más vale no desoír los sonidos del gong.

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