Tras la angustia, el alivio de los argentinos que huyeron del ciclón

Teresa Bausili
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25 de septiembre de 2005  

Del otro lado del teléfono, la voz de Paula Leichen transmite una mezcla de alivio y extenuación. Alivio, porque los pronósticos más apocalípticos de Rita finalmente no se cumplieron, y ella y su familia están a salvo. Extenuación, porque el grupo de seis -ella, su madre y cuatro amigos, además de una perra- tardó 24 horas en llegar en auto a la ciudad texana de Austin desde la vecina Houston (un viaje que normalmente requiere de dos horas). Y una vez allí, conseguir un lugar para dormir también fue otra odisea.

"Los hoteles estaban desbordados y los refugios no nos inspiraron ninguna confianza -contó Paula, una argentina de 31 años, a LA NACION-. Tuvimos suerte porque conseguimos que nos albergara una conocida de mi hermana."

En un principio, Paula y su madre habían decidido quedarse en Houston, donde viven hace tres años, y resistir los embates de Rita atrincheradas en su casa. Colocaron colchones contra las ventanas, guardaron los televisores y computadoras en los roperos y cruzaron los dedos.

"Pero cuando vimos que amigos nuestros que vivían en Houston desde toda la vida abandonaban la ciudad, entonces nos preocupamos. Y decidimos imitarlos", relató la joven, que es directora comercial de la revista Familias Latinas.

Como tantos otros cientos de miles de personas que emprendieron el tortuoso éxodo, Paula prefiere olvidar aquel viaje. "Fue una locura. Los autos avanzaban a paso de hombre, algunos iban con las puertas abiertas porque el calor era insoportable, otros se quedaban sin nafta en medio de la autopista, no había ningún lugar para ir al baño. La gente cargaba los vehículos con todo, desde lanchas hasta caballos. Parecía una de esas películas del fin del mundo de Spielberg", recordó, aún con un dejo de angustia.

Fueron aquellas imágenes de filas interminables de autos atascados en la ruta, transmitidas en vivo por la televisión, las que disuadieron a Liliana Luna y su marido, ambos argentinos de 57 años, de evacuar Houston. "Teníamos todo preparado para irnos, hasta que vimos lo que pasaba", confesó.

Entonces, explicó, pusieron tape (cinta adhesiva) en las ventanas (para evitar cortes con vidrios rotos) y se abastecieron de linternas, agua mineral y alimentos para varios días.

"Teníamos un susto tremendo, pero cuando el huracán tocó tierra tan debilitado fue un alivio. Sólo se sintieron las lluvias y los vientos fuertes. Se cayeron algunos árboles, pero nada más. A la casa no le pasó nada, ni siquiera nos quedamos sin luz ni agua", observó Luna, cuyo marido, ingeniero, trabaja desde hace 12 años en una empresa petrolera de Houston.

"La verdad es que los amigos que se quedaron en Houston casi ni se enteraron del paso de Rita", coincidió Martín Battiston desde Abilene, donde se refugió con su mujer junto a otras siete familias argentinas.

Para evitar el caos de tránsito que significó llegar hasta ese pueblo, el numeroso grupo decidió quedarse unos días más en el lugar ("total, en Houston está todo cerrado, incluso los colegios no abren hasta dentro de dos o tres días", apuntó Battiston).

"Estamos tranquilos de que haya pasado lo peor. La única incertidumbre que tenemos es por nuestras casas en Houston, ya que tememos a los robos. Pero yo confío en que va a estar todo bien. Somos muy creyentes: anoche (por anteanoche) nos juntamos todos en el lobby a rezar", contó con inconfundible acento cordobés este joven de 27 años.

Claro que la movida de la evacuación sacudió un poco los bolsillos.

"En un día y medio gasté 150 dólares de hotel. Pero bueno, hay que tomarlo como unas vacaciones. Y como algo para contar a los nietos", rió Battiston, ahora sí inconfundiblemente relajado.

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