Tres ideas equivocadas en tiempos de crisis económicas y convulsiones sociales

Moisés Naím
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23 de septiembre de 2014  

WASHINGTON.- En estos días es fácil equivocarse. La turbulencia geopolítica, las crisis económicas y las convulsiones sociales se suceden a tal velocidad que no dan tiempo de pensar con calma y calibrar bien lo que sucede en el mundo. En este ambiente tan revuelto, algunas ideas arraigaron tanto entre expertos como en la opinión pública internacional. A pesar de su popularidad, varias de ellas están equivocadas. Por ejemplo, estas tres:

1. Vladimir Putin es el líder más poderoso del mundo. Por ahora. Pero ¿cuán duradero es el enorme poder que hoy concentra? No mucho. La economía rusa, que no iba bien desde antes del conflicto con Ucrania, se debilitó aún más debido a las sanciones impuestas por Estados Unidos y Europa. El valor del rublo cayó a su mínimo histórico, la fuga de capitales es enorme (74.000 millones de dólares tan sólo en el primer semestre), la inversión se detuvo y la actividad económica se contrajo.

El Kremlin debió echar mano de los fondos de pensiones para mantener a flote grandes empresas cuyas finanzas colapsaron al perder acceso a los mercados financieros internacionales. La producción de petróleo disminuyó y las nuevas inversiones de las que depende la producción futura se frenaron.

Por otro lado, el machismo bélico de Putin le dio nueva vida y mayor protagonismo a una organización que él detesta y que estaba en vías de extinción: la OTAN. Y la semana pasada se confirmó el fracaso de Putin en detener el acercamiento de Ucrania a la Unión Europea, después de que el Parlamento de Kiev y la Eurocámara ratificaron un acuerdo de asociación. Putin seguirá siendo un líder importante y sus actuaciones tendrán consecuencias mundiales.

Después de todo, el líder ruso preside autocráticamente uno de los países más grandes del mundo y su nacionalismo lo ha hecho muy popular entre los rusos. Pero su estrategia económica, sus relaciones internacionales y su política doméstica son insostenibles.

2. Barack Obama fracasó. La popularidad del presidente norteamericano es la mitad de la de Putin. La renuencia de Obama a intervenir militarmente, de manera mucho más agresiva, en Siria, Ucrania o contra Estado Islámico le valió fuertes críticas. Su fracaso a la hora de lograr el apoyo del Congreso para aprobar leyes indispensables expandió la idea de que Obama es un novato que no sabe manejar el poder o que Estados Unidos ya no es una superpotencia o no sabe actuar como tal.

Esta afirmación se debe a que se tiende a sobreestimar el poder de Estados Unidos. Y a la creencia de que basta con que la Casa Blanca decida intervenir para que los problemas se arreglen o se mitiguen. Esto nunca fue cierto, aunque antes el presidente gozaba de un mayor grado de libertad que ahora. Pero el mundo cambió y el poder ya no es lo que era. Incluso el mandatario de Estados Unidos tiene menos poder que el que tenían sus predecesores. Desde esta perspectiva, Obama se manejó mucho mejor de lo que le conceden quienes creen que su cargo confiere poderes casi sobrehumanos.

3. China es la próxima superpotencia del planeta. Es inevitable que dentro de unos años China tenga la economía más grande del mundo. Sus fuerzas armadas también están creciendo rápidamente, así como su protagonismo internacional. Su influencia en África, América latina y sus vecinos asiáticos es indudable. La capacidad del gobierno chino para construir grandes infraestructuras es también incuestionable, y su éxito económico y social es fenomenal. Esto hace que muchos supongan que China será la nueva potencia hegemónica del siglo XXI. Yo no lo creo.

Sabemos que existen dos Chinas: una industrializada, moderna, la de los rascacielos, la globalización y el gran dinamismo económico. Pero también sabemos que hay una China muy pobre y con enormes necesidades insatisfechas de vivienda, salud, educación, agua, electricidad. El ingreso del 48% de la población que vive en esta China más pobre y rural es un tercio de lo que ganan sus compatriotas en las ciudades.

Sorprende, además, que, a pesar de sus éxitos, el gobierno muestre gran inseguridad. Gasta más en seguridad interna que en defensa externa, por ejemplo. Un tercio del territorio chino, el Tíbet y Xinjiang, vive en una crónica ebullición política a la que Pekín responde con fuerte represión y permanente intervención militar. Y los esfuerzos gubernamentales por controlar la información, censurar Internet y limitar el intercambio de ideas son legendarios. Este ambiente inhibe la innovación, ingrediente indispensable para que un país tenga éxito.

Es obvio que China tendrá cada vez más peso en la economía y la política del mundo. Pero no será la potencia dominante. En el siglo XXI ningún país podrá desempeñar ese papel.

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