Un cambio de rumbo que podría sacar a la luz una trama de encubrimientos

Elisabetta Piqué
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31 de enero de 2018  

ROMA.- Enviar una misión especial a Santiago, Chile, para escuchar a las víctimas, hasta ahora ignoradas, encabezada por alguien como el arzobispo Charles Scicluna -el "007" del Vaticano contra los pedófilos y personalidad de enorme credibilidad-, seguramente es un giro de 180 grados para el Papa. Hasta ahora, de hecho, Francisco defendió contra viento y marea al cuestionado obispo Juan Barros. Pero, evidentemente, se dio cuenta de que le faltaba información.

Reabrir el caso Barros es un giro que evidencia no solo que el Papa fue sincero al mostrarse totalmente desinformado sobre la existencia de víctimas de abusos de Karadima, que acusan a Barros de haberlo encubierto. El cambio también refleja que Francisco, que desde el comienzo de su Pontificado se ha autodefinido, una y otra vez, un "pecador" y "falible", es humano y que sabe rectificar. Por otro lado deja en claro la existencia de manejos si no oscuros cuestionables, no solo de la jerarquía eclesiástica chilena, sino también de quienes deberían ser sus máximos colaboradores, en el Vaticano, que le filtraron información. Y que no lo ayudaron.

Se sabía que el caso Barros iba a ser una "papa caliente" durante el viaje de Francisco a Chile. De hecho, en su primer discurso en La Moneda, expresó su "dolor" y "vergüenza" por el escándalo de abusos -que golpeó duramente a la iglesia chilena, afectando su credibilidad- y pidió perdón en dos oportunidades. Como ya había hecho, ese primer día incluso se reunió en forma privada con víctimas de abusos en la Nunciatura. Y la pregunta es: ¿por qué la cúpula del Episcopado chileno, o el nuncio -el embajador del Vaticano en Chile-, no aprovechó para que Francisco se reuniera con Juan Carlos Cruz, José Andrés Murillo y James Hamilton, tres víctimas de abusos de Karadima muy conocidas en los medios, que también acusan desde hace años a Barros de encubrir sus delitos?

Lo cierto es que, según entendidos, Barros siempre contó con amistades influyentes y una virtual protección en el Vaticano. Solo así se explica que el nuncio en Chile, Ivo Scapolo, jamás le pudiera hacer llegar al Papa dos cartas que las víctimas antes mencionadas le enviaron, en las que denunciaron el encubrimiento de Barros.

En la cima de este sistema de protección muchos creen que se encuentran las manos de los cardenales Angelo Sodano, exinfluyente secretario de Estado de Juan Pablo II, y el chileno Jorge Medina Estévez, que consagró a Barros obispo. Sodano fue nuncio en Chile en plena dictadura, entre 1977 y 1988, y jugó un rol decisivo a la hora de plasmar el Episcopado chileno, conservador y elitista. Se sospecha que tanto Medina Estévez, de 91 años, como Barros, de 61, ascendieron en su carrera eclesiástica gracias a Sodano.

Por todo esto, la decisión de Francisco de enviar en misión especial a Chile a Scicluna para escuchar a víctimas -que fue resistida en ciertos sectores de la curia- es un giro importante. Cambio que tendrá consecuencias que irán más allá de Barros.

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