Ante un Trump agresivo e incómodo, Hillary Clinton ganó el segundo debate sin hacer mucho

Rafael Mathus Ruiz
Rafael Mathus Ruiz LA NACION
La primera encuesta tras el debate señaló a Hillary Clinton como la ganadora del encuentro
La primera encuesta tras el debate señaló a Hillary Clinton como la ganadora del encuentro Fuente: AFP - Crédito: WIN MCNAMEE
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10 de octubre de 2016  • 02:11

NUEVA YORK.- Donald Trump había llegado de rodillas al segundo debate presidencial con Hillary Clinton , relegado en las encuestas, después dos semanas nefastas, que culminaron con el éxodo de los republicanos tras el escándalo desatado por el video que dejó a su campaña en terapia intensiva.

Fiel a sí mismo, Trump fue Trump. A diferencia del primer debate, no se guardó nada. Atacó con todo lo que tenía, sin dejar nada en el tintero, durante 90 minutos increíblemente generosos en hostilidades, que dejaron espantado a más de uno. Al final, se fue derrotado.

Clinton no debía hacer mucho para ganar. Confiada, a sabiendas que tiene un pie adentro de la Casa Blanca, sólo tenía que aguantar la ofensiva de Trump sin perder la calma y dar una respuesta convincente por sus polémicas declaraciones en sus discursos a puertas cerradas en Wall Street, filtradas por Wikileaks. Clinton cumplió sólo con su primera tarea, y con eso le alcanzó.

La primera encuesta que circuló tras el debate, de CNN, indicó que el 57% de las personas que miraron el debate la consideraron ganadora, contra un 34% para Trump.

Fue un debate para los anales, pero no por buenos motivos. “El debate más feo de la historia”, resumió en un titular el sitio Politico. “Un duelo inusualmente oscuro, amargo”, tituló el Washington Post. El New York Times eligió el mismo adjetivo.

Trump llamó a Clinton “el diablo”, amenazó con investigarla y le dijo que la mandaría a la cárcel, que debería estar “avergonzada” por haber borrado correos electrónicos de su servidor privado de la época cuando fue canciller de Barack Obama, y, en uno de los momentos más ácidos del debate, fustigó: “Tiene un tremendo odio en su corazón”.

Trump la atacó en todos los frentes: las infidelidades de Bill Clinton; el atentado al consulado de Estados Unidos en Bengasi, Libia; sus correos electrónicos; su larga trayectoria en la alta política del país; sus discursos en Wall Street, y la crítica a una fracción de su coalición, a la que llamó una “canasta de deplorables”. No se guardó nada.

Pero, si su repertorio de ataques fue más nutrido que el del primer debate, su efectividad quedó desdibujada por su estilo, errático y agresivo, e igualmente nutrido en mentiras. Trump interrumpió a Clinton 18 veces; Hillary, sólo una.

Trump estuvo más enérgico, pero pareció incómodo en el escenario. Por momentos, merodeó sin rumbo, como si no supiera qué hacer, le dio la espalda a la cámara, y hasta quebró una regla implícita de estos debates: invadió el espacio de Clinton cuando ella hablaba, parándose detrás de ella, cerca, en vez de escuchar sentado.

Ante un rival como Trump, poco importó que Clinton fuera menos enfática que en el primer debate, o que brindara respuestas poco convincentes por sus frases en sus discursos en Wall Street, o por sus correos electrónicos.

Clinton nunca perdió la compostura, ni siquiera ante el más virulento de los ataques de Trump. Y aprovechó su experiencia en estos debates, en los que se siente más cómoda, y conectó mejor con el público. Con eso, le bastó para llevarse la noche.

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