Un desafío a los planes del Kremlin

Francisco Seminario
(0)
13 de mayo de 2003  

Si la segunda ofensiva rusa en Chechenia catapultó a Vladimir Putin al poder en 2000, los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos le dieron al presidente ruso la oportunidad de cubrir bajo el manto de la guerra global contra el terrorismo la realidad -o la pesadilla- de un cruento conflicto separatista en su frontera sur.

Pero lo que el Kremlin no ha podido ocultar es la evidencia de que esa realidad asoma violentamente de tanto en tanto, para recordarle al mundo que el separatismo checheno sigue tan activo como siempre. Y que también sobreviven, pese a las dos guerras libradas en menos de una década, las aspiraciones seculares del extremismo checheno de crear un Estado independiente e islámico en la estratégica región del Cáucaso ruso.

Estas aspiraciones recorren la historia rusa del último siglo y medio, con un rastro de violencia que reapareció al colapsar la Unión Soviética y que desde entonces provocó la muerte de unas 100.000 personas.

Ayer, con un atentado suicida, la guerrilla separatista, o una de sus muchas facciones, reapareció con un mensaje que apunta directo a la estrategia del gobierno ruso, que consiste en instalar la idea de que la situación en Chechenia tiende a normalizarse y que en la república sólo persiste una lucha residual contra algunos elementos "terroristas".

Frente electoral

La batalla dialéctica es una más de los muchos frentes del conflicto. Y no es de menor importancia. La guerra lleva ya 44 meses y amenaza con extenderse en el tiempo y proyectar la sombra de un nuevo fracaso militar -el primero fue en 1996, tras la primera guerra de Chechenia- sobre el calendario electoral ruso: hay elecciones legislativas en diciembre próximo y presidenciales el año que viene. Con esos plazos ya casi encima, el Kremlin tiene un gran interés en mostrar que su plan para pacificar esta volátil región está dando resultados concretos.

La más reciente prueba que ofreció Moscú de la "normalización" en Chechenia fue un referéndum organizado por el gobierno ruso y celebrado en marzo pasado, en el que los chechenos apoyaron en forma masiva -en un 96 por ciento, según los datos oficiales- una constitución en la que su territorio, con una cierta autonomía de Moscú, forme parte integral de la federación rusa.

El resultado fue debidamente publicitado por el Kremlin, que lo expuso como una prueba del deseo de paz del pueblo checheno, en contra del argumento de las milicias separatistas, y como el resultado exitoso de la campaña antiterrorista en la región. La realidad puede ser más compleja.

No hay datos del respaldo popular con que cuentan las milicias islámicas, que no operan bajo un mando único sino a las órdenes de jefes locales. Pero la audacia del atentado suicida de ayer -un fenómeno relativamente nuevo en este conflicto pero cada vez más frecuente- revela algún grado de apoyo. Sobre todo porque el ataque tuvo lugar en un sector donde se supone que los rebeldes no tienen casi presencia.

Como en la crisis de rehenes del teatro Dubrovka, en Moscú, en octubre pasado, los rebeldes eligieron un objetivo difícil y dieron un golpe de fuerte impacto político y mediático.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.