Un final anunciado que está lejos de convencer a la región

Los efectos de la guerra golpean el área
Silvia Pisani
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2 de mayo de 2003  

DAMASCO.- ¿Qué es lo que garantiza que la guerra terminó? La de Irak acumula ya varios finales anunciados, de acuerdo con el listado de cierres que, de diferente manera, se conocieron desde que la estatua de Saddam Hussein cayó en Bagdad, el 9 de abril pasado.

El puntapié inicial lo suministró esa misma tarde el ex embajador iraquí ante Naciones Unidas, con su célebre "el juego ha terminado". Horas después, George W. Bush compareció por televisión para hablar de futuro y paladear el triunfo militar.

El mensaje se extendió y dio motivos para que alguien celebrara: la etnia kurda, perseguida por el régimen de Saddam, vivió el 10 de abril como un día de independencia y disparó ráfagas de ametralladora al cielo.

Al día siguiente, la cadena CNN se sumó al clima de final a tal punto que pareció otra. Por primera vez en tres semanas, dedicó largos espacios a cuestiones que no fueran de guerra.

Pero la realidad barrió el ambiente de final. Empezó Washington, con alarmantes señales de abrir otro frente, con Siria como blanco. Fue al mismo tiempo que Turquía anunció similar intención si la tropa kurda permanecía en el enclave petrolero iraquí, aunque el desmadre en el país invadido fue tal que pasaron días hasta dar con quien pudiera plantear tal exigencia. La guerra no sólo no terminaba sino que parecía trasladarse.

El viento se convirtió en temporal cuando las etnias comenzaron a matarse entre sí en la ciudades norteñas de Mosul y Kirkuk, y los saqueos se extendieron por todo el país invadido. "¿Por qué no regresan a su tierra? La guerra terminó", mentían oficiales turcos al impedir -una vez más- el paso de periodistas por la frontera que, del otro lado, soltaba humo.

Cayó el régimen, pero no se sabe lo que ocurre ni aparecen los objetivos del ataque: no está Saddam, ni tampoco sus armas de destrucción masiva. Ni siquiera se sabe del verborrágico ex ministro de información Mohammed Saeed al-Sahaf, verdadero rostro del sistema durante el ataque norteamericano.

Pese a todo, los indicios de final se multiplican. Uno de los primeros fue el del gobierno israelí, cuando fijó "dos semanas más" para reducir el alerta de guerra a la que su población desoía hacía ya rato. Lo llamativo fue la ocasión de tal anuncio: sólo horas antes de lanzarse el avance hacia Bagdad, cuando para el resto del mundo la invasión estaba en una fase crítica.

Otros aliados del atacante también anunciaron el final. "Parece que la guerra terminó", dijo el 18 de abril el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan. Los norteamericanos llevaban una semana en Bagdad.

Tres días mas tarde, en esta ciudad, la canciller española Ana Palacio habló del conflicto en pasado. "Fue un catalizador", dijo. "¿Concluyó?" le preguntamos, y no respondió.

Tampoco el ánimo ayudó a que los anuncios cuajen. No hubo en Irak una explosión popular, una noche de liberación, como las que sacudieron a Londres o París, cuando la guerra era otra cosa. Y, lejos del cese al fuego, las armas norteamericanas disparan contra civiles iraquíes que se manifiestan contra la invasión.

Heridas y alegrías

Pero las heridas y consecuencias de la guerra afloran ya en la región.

Entre los principales beneficiados figura el Estado de Israel, al caer el régimen que acusó de financiar el terrorismo que lo castiga. No participó en la guerra, pero el premier Ariel Sharon rezó por el éxito de la invasión, según dijo.

En la otra mano, Siria -el país árabe que con más firmeza se opuso a la invasión- enfrenta el abismo. Todo cambió con la ocupación: de adversario, pasó a dormir con Washington a través de la extensa frontera que comparte con el Irak en sus manos. Damasco está sospechado de todo y ningún país árabe mostró hasta ahora gran intención de rescate.

Aunque no lo dice, Jordania -también vecina de Irak- teme convertirse en el verdadero Estado palestino, una vez que avance el proyecto de rediseño para Medio Oriente. Los anteriores fracasos elevaron su población de ese origen al 65 por ciento.

Mientras Bush habla de final, se baja la voz en el mundo árabe, ese mosaico carente de unidad y lleno de rabia. No se oyen por estos días a los imanes que, como Hamnsa Manzur, de Ammán, aseguraba hace sólo cinco semanas a LA NACION, advertían que los países árabes ardían y que el contagio de tal llama podría levantarlos y "traer una catástrofe".

Nada de eso pasó. Otros señalan que la caída de Bagdad prodigó al mundo árabe su peor humillación desde la guerra de 1967, en que Israel avanzó sobre su territorio; y señalan que tanta caída nunca es buena. Pero está visto que a Bush las grandes caídas -como la de la estatua- le atraen más que asustarle.

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