Un hecho atroz que polariza aún más al país

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6 de mayo de 2003  

El siguiente es el editorial del diario El Tiempo, de Bogotá:

El horroroso asesinato de Gilberto Echeverri, Guillermo Gaviria y ocho oficiales y suboficiales secuestrados por las FARC tiene profundas repercusiones.

Aunque hay versiones disímiles sobre cómo se desarrollaron los hechos, todo indica que los secuestrados fueron fríamente asesinados. Un crimen atroz, que tendrá consecuencias imprevisibles sobre el conflicto armado.

Lo sucedido enrarece aún más el ambiente para un acuerdo de intercambio entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Esa puerta, apenas entreabierta con el nombramiento de negociadores de las FARC y la posición de los ex presidentes en su favor, queda a punto de cerrarse. Con mayor razón si Echeverri, Gaviria y los ocho soldados fueron brutalmente asesinados por sus captores y no víctimas del fuego cruzado en una supuesta operación de rescate fallida.

El presidente y quienes lo apoyan tendrían motivos de sobra para insistir en una política de mano dura y cero diálogo con una organización que procede de modo tan siniestro con sus rehenes.

Si se trató de un rescate fallido –y pese a que la responsabilidad por los muertos recae, ante todo, en los secuestradores–, el gobierno no puede dejar de pensar en el costo de un operativo que produce exactamente lo contrario de lo que se propone.

De parte de los familiares de los secuestrados y de los partidarios del intercambio se levantarían, sin duda, voces en contra de proseguir con estas operaciones. En las cuales el gobierno está obligado a pensar, ante todo, en la vida de los rehenes y emprenderlas sólo cuando existen muy altas probabilidades de éxito.

Más grave aún, lo sucedido contribuye sólo a la polarización. Polarización entre una guerrilla radicalizada, que prefiere a sus secuestrados muertos antes que rescatados, y un gobierno empeñado en quebrarla y más inclinado al rescate de los plagiados que a negociar con sus plagiarios. Y polarización entre una mayoría que, a la luz de este hecho, ha redoblado sus llamados a la guerra total, y una minoría que insiste, pese a todo, en una salida negociada.

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