Un insólito efecto de la debacle: el robo de cables, estatuas y techos

Los delincuentes buscan cualquier elemento con metales, cuyos precios se triplicaron
Graciela Iglesias
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25 de septiembre de 2011  

LONDRES.- Apagones, cortes en las comunicaciones telefónicas y largas interrupciones en el servicio ferroviario se registran en toda Europa a raíz de la más insólita repercusión de la crisis económica: el robo organizado de la infraestructura pública.

El fenómeno está directamente relacionado con el espectacular incremento del valor de los metales. El precio del cobre, por ejemplo, se triplicó desde 2008 alcanzando ahora los 9000 dólares por tonelada. La misma cantidad de plomo se vende por 2000 dólares.

Esto desató una "fiebre ferrosa" que lleva a bandas de delincuentes a recorrer el continente recogiendo a su paso todo aquello que contenga metal. No importa si se trata de cientos de metros de cables de electricidad y de teléfono, señales de tráfico, tapas de alcantarillas, mástiles y antenas para la comunicación por celular y hasta techos completos de edificios públicos.

Tan sólo la semana pasada, 100.000 hogares se quedaron a oscuras, diez trenes tuvieron que ser cancelados y 175 sufrieron demoras de hasta 35 horas (entre ellos, el que une Londres con el aeropuerto de Stanstead) por el robo de 650 metros de un tendido de cable de transmisión de 275.000 voltios.

Habitantes de centros urbanos distantes cientos de kilómetros unos de otros, como Seaton Delaval (norte de Inglaterra), Barrington (Este), Yeovil y Taunton (Sudoeste) permanecieron incomunicados por más de una semana a raíz de un crimen similar.

Tan frecuentes son ahora estos "apagones telefónicos" que la firma británica BT ofrece una recompensa de 1500 dólares por cualquier información que contribuya a atrapar a sus autores.

Metódicos y desfachatados

La situación del otro lado del canal de la Mancha no es mejor. A la ferroviaria estatal francesa SNCF, este tipo de delitos ya le ha causado pérdidas de 40 millones de dólares en lo que va del año.

En Bélgica, provocaron 48.000 minutos de retraso de trenes durante los últimos doce meses. En Italia, los estragos ocasionados son tan grandes que la operadora Ferrovie dello Stato decidió asociarse con las firmas de telecomunicación Telecom Italia y Enel para tomar medidas preventivas a un costo anual de 20 millones de dólares.

El comportamiento de los ladrones de metales es audaz, desfachatado y metódico. Realizan sus fechorías tanto de noche como de día, en grupos comando de hasta una docena de personas, munidos de todo tipo de herramientas y asistidos por grúas y camiones. En ocasiones se los vio lucir uniformes de las firmas cuya infraestructura iban a desmantelar.

"Esto nos hace pensar que cuentan con el apoyo de individuos infiltrados en esas empresas. Su modus operandi nos recuerda mucho a los de la mafia. Están muy bien organizados, actúan rápido y cuentan con grandes recursos tanto materiales como humanos", sostuvo el detective Granville Sellers de la Fuerza Policial de Transporte Británica (British Transport Police).

De lo que no caben dudas es que no se trata de una manga de simpáticos granujas interesados sólo en dañar a las grandes corporaciones. En su afán por saciar una ambición sin límites, su conducta suele ser despiadada.

Téngase por ejemplo el caso de una joven pareja, Dean y Stacey Cardiss, que había colocado alrededor de la tumba de su primogénito, Jordan, fallecido a los 18 meses por una meningitis, una pequeña reja decorativa. Los delincuentes se la llevaron junto con el portón del cementerio de New Wortley, en Leeds.

"Nadie podía dudar de que se trataba de la tumba de un niño. La gente que hace este tipo de cosas no tienen perdón", sostuvo Stacey, quebrada por el llanto.

En una de las iglesias más antiguas de Inglaterra los fieles se encontraron una mañana con que sólo un par de vigas los protegía de la intemperie.

El techo de la capilla de St. Mary, en Staindrop, fundada en el año 771, se había desmoronado porque los malhechores se llevaron el plomo que fijaba las tejas, así como los caños que servían para canalizar la lluvia. La cantidad del metal extraído tenía un valor estimado en los 30.000 dólares.

En Portsmouth, los delincuentes fueron aún más prolijos. Del techo de la iglesia católica de San Miguel y todos los Santos no dejaron el más mínimo indicio. Se llevaron todo, incluido el pararrayos.

Una estatua de bronce de 2,4 metros del pionero de la industria ferroviaria Isambard Kingdom Brunel que los habitantes de la villa galesa de Neyland acababan de instalar tras recaudar 40.000 dólares también desapareció de la noche a la mañana.

Los sentimientos de la gente

"Alguno puede creer que todo esto es un poco de broma, pero estos delincuentes están jugando con los sentimientos de la gente y creando un verdadero caos. Cada vez que cortan el teléfono, nadie puede hacer llamadas de emergencia. Ancianos quedan aislados de sus familias. Es horrendo", destacó Margaret Richards, consejera vecina de la afectada villa de Seaton Delaval.

Sir Brian Souter, director ejecutivo del grupo ferroviario Stagecoach, instó a las autoridades europeas a que pongan fin a la ola delictiva mediante un endurecimiento de las normas que regulan al negocio de la chatarra.

"Estos delincuentes se amparan detrás de una industria a la cual, bajo el argumento de favorecer el reciclaje, se le permite operar en cash y sin mucho control. Los robos se van a terminar el día que tengan que rendir cuenta por cada gramo de metal que pongan a la venta. Los ladrones no hacen otra cosa que satisfacer su demanda", señaló.

En 2009, la policía británica atendió 70 denuncias de robos de metales. Este año, más de 700.

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