Un intento por cerrar las heridas

Jorge Rosales
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23 de mayo de 2003  

WASHINGTON.- El poder de los hechos consumados en Irak le dio a Estados Unidos una significativa victoria diplomática en las Naciones Unidas, donde los emotivos enfrentamientos previos a la guerra dieron paso al pragmatismo con el que los viejos aliados buscan ahora cerrar las heridas abiertas por el conflicto bélico.

Cada uno por su parte, Estados Unidos y Europa -básicamente Francia y Alemania- cedieron en sus pretensiones originales para terminar con 13 años de sanciones económicas contra Irak. Pero, al fin, las Naciones Unidas terminaron concediendo a Estados Unidos y a Gran Bretaña un extraordinario poder para conducir la transición hasta la instalación de un gobierno iraquí en reemplazo del derrocado régimen de Saddam Hussein.

El gobierno republicano ejerció durante las siete semanas que siguieron a la caída de Bagdad una presión tremenda sobre algunos de los países integrantes del Consejo de Seguridad que no acompañaron su postura de ir a una guerra. Es el caso de Francia, un aliado histórico que se opuso a la guerra, al que advirtió que le aplicaría sanciones. O el de México, uno de los socios comerciales privilegiados de Estados Unidos, al que el Capitolio le pidió a cambio de aprobar una ley sobre inmigrantes la apertura de la empresa petrolera nacional Pemex al ingreso de capitales norteamericanos.

Un sabor a revancha

La aprobación de la resolución en el Consejo de Seguridad le deja a la administración de George W. Bush un sabor a revancha frente a quienes rechazaron la guerra y le impidieron imponer su criterio en las Naciones Unidas.

Pero, sobre todo, le otorga a la ocupación norteamericana en Irak el necesario manto de legalidad que pretendía Washington, cuando está atravesando días muy críticos en el manejo de la posguerra, con un creciente rechazo de los iraquíes a la presencia de las tropas, la demora en el restablecimiento de los mínimos servicios públicos que miles de personas perdieron con la guerra y la sensación de ingobernabilidad e inseguridad que se instaló semanas después de la caída de Saddam.

Bush llegará a la reunión cumbre del Grupo de los Ocho (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Japón, Canadá y Rusia) en Evian, Francia, en los primeros días de junio, tras un fuerte respaldo y legitimidad con los cuales tratará de recomponer las relaciones con sus viejos aliados, Alemania y Francia, desde una posición de poder que le ha otorgado la victoria militar en Irak.

Bush obtuvo en las últimas semanas importantes triunfos políticos internos, como fue la aprobación en el Congreso del programa de recorte de impuestos, que ahora corona con la aprobación de la resolución de las Naciones Unidas que le otorga el manejo político y económico de la transición en Irak.

El gesto de los países europeos y Rusia de acercar posiciones con Estados Unidos y los indicios dados ayer por el secretario de Estado, Colin Powell, de que no habrá sanciones contra el gobierno de Jacques Chirac, los coloca en una posición de partida para tratar de restablecer la relación. Pero, sobre todo, les abre la puerta a los países europeos para tener participación en el proceso de reconstrucción de Irak, un bocado que parece estar reservado sólo para las firmas norteamericanas.

De todos modos, como dijo Powell, no significa que los desacuerdos del pasado hayan quedado en el olvido.

Robert Kagan, especialista del Instituto Carnegie Endowment, abona esa teoría en su reciente libro "Del paraíso y el poder". Allí sostiene que Europa y Estados Unidos están cada día más alejados. "Es tiempo de poner freno a la pretensión de que europeos y norteamericanos compartan una visión común del mundo", dice Kagan, que destaca: "Las razones de la división transatlántica son profundas, amplias en desarrollo y probablemente duraderas".

Sin embargo, por ahora se impuso el pragmatismo.

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