Un líder monárquico, nacionalista y antitalibán

Hamid Karzai, que hoy asume en Kabul, es también un musulmán moderado
Teresa Bausili
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22 de diciembre de 2001  

Tranquilo, educado, con un fluido manejo del inglés e igualmente cómodo tanto en traje y corbata como en túnica y turbante, Hamid Karzai es, a los 44 años, una figura inusual en el convulsionado Afganistán.

Pero el pashtún monárquico que hoy asume temporariamente la conducción del país que desveló al mundo en los últimos meses es también un acérrimo nacionalista y enemigo declarado de los talibanes, a tal punto que hace apenas dos meses casi muere ahorcado por organizar una rebelión tribal contra la milicia islámica.

Salvó su pellejo de milagro, luego de que fuerzas especiales estadounidenses recibieron su llamada de auxilio (tenía un teléfono satelital) y lograron rescatarlo en helicóptero de las garras talibanas. Su cómplice, el legendario comandante Abdul Haq, había sido capturado y ejecutado por las huestes del mullah Omar pocas horas antes.

Al igual que muchos afganos, Karzai, jefe del poderoso clan de los Popolzai (el mismo del que proviene el último monarca afgano, Mohammed Zahir Shah), apoyó a los estudiantes del Corán cuando éstos tomaron el poder en 1996, repartiendo promesas de orden y unidad. Hacía tiempo que se había distanciado del gobierno mujahiddin que siguió a la ocupación soviética –y del que formó parte como vicecanciller–, desilusionado por la anarquía y las luchas intestinas que volvían a desgarrar al país.

Sin embargo, también en esta ocasión su entusiasmo inicial habría de durar lo que un relámpago. Convencido de que los talibanes eran meros agentes de los servicios secretos paquistaníes, y horrorizado ante el laboratorio fundamentalista en que se había trasmutado Afganistán, Karzai, un musulmán moderado, se refugió en Quetta, Paquistán, desde donde comenzó a organizar la resistencia a los talibanes.

Estos últimos reaccionaron en forma implacable, y en 1999 asesinaron a Abdul Ahad Karazi, padre de Hamid y fiel servidor del antiguo rey Zahir Shah. “Mi madre y yo le pedimos que se fuera de Quetta, porque él iba a ser el próximo en caer en manos talibanas”, recordó Ahmad Karzai, uno de los siete hermanos de Hamid.

En Estados Unidos no le faltaban ciudades donde hospedarse. De hecho, cinco de sus hermanos y su única hermana viven repartidos entre Boston, Chicago y Washington, donde manejan cuatro prósperos restaurantes afganos (todos con el nombre de Helmand, provincia vecina de Kandahar).

Pero la muerte de su padre no hizo más que cimentar la determinación de este hombre alto y calvo de combatir el régimen extremista. Desafiando tanto a Islamabad como al gobierno de Kabul, Karzai llevó el cuerpo de su padre en un convoy de 300 vehículos desde Quetta hasta Kandahar para enterrarlo en su ciudad natal. Los talibanes no intervinieron, temerosos de despertar la ira de los pashtunes del Sur.

Semejante provocación ayudó a Karzai, un apasionado lector de libros políticos –uno de los últimos que leyó fue el de Bush padre sobre la Guerra Fría– que estudió en la India y domina seis idiomas, a despejar la imagen de débil intelectual que muchos afganos se habían hecho de él, al tiempo que le allanó el camino para consolidarse como eventual líder político.

Como resultado, Ahmed Karzai sentencia que su hermano postergó una y otra vez su vida personal. Por ejemplo, permaneció soltero hasta los 42 años, en una cultura en la que la mayoría de los hombres se casa a los 20. Tan sólo hace dos años contrajo nupcias con Zenat, una física que trabaja con refugiados afganos. No tienen hijos.

“Primero dijo que estaba esperando a que se fueran los soviéticos de Afganistán –contó Ahmed–. Luego, a que se fueran los mujahiddines, y más tarde, los talibanes. Finalmente, la familia lo apuró: «Se acabó tu tiempo», le dijo. Y entonces Hamid se casó.”

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