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Un país agobiado por fuerzas antagónicas e inconciliables

Luisa Corradini
Luisa Corradini LA NACION
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13 de marzo de 2019  

PARÍS.- El Parlamento británico volvió a infligir ayer una severa derrota a Theresa May en el alucinante proceso del Brexit. Lo contrario hubiera sido, sin embargo, sorprendente: las fuerzas antagónicas que agitan a Gran Bretaña son tan intensas que ni ella ni ningún otro dirigente parecen capaces de conciliarlas.

Apenas 16 días antes de la fecha en que Gran Bretaña debe dejar el bloque, nadie sabe ahora qué sucederá con el país. La clave de ese fracaso fue la negativa previsible de los diez diputados del Partido Unionista Democrático (DUP), de Irlanda del Norte, de apoyar tanto el texto como los nuevos elementos aportados anteanoche a la declaración política anexa al acuerdo principal.

El segundo golpe mortal fue la publicación del informe del procurador general, Geoffrey Cox, que advirtió que los riesgos jurídicos del acuerdo aún eran los mismos, a pesar de las concesiones hechas por Bruselas a último momento.

Para May, que negoció ese texto de cerca de 600 páginas durante casi dos años, esta segunda negativa del Parlamento es una auténtica humillación, que plantea además su permanencia al frente del Ejecutivo. La primera ministra advirtió, no obstante, que no piensa renunciar. Sin perder su flema, repitió después de la votación que su acuerdo era "el único y el mejor posible".

Horas antes de la votación, el líder de los euroescépticos, el ultraconservador Jacob Rees-Mogg, resumió sin embargo a la perfección en un tuit la agonía de la primera ministra, al evocar el famoso réquiem latino del siglo XIII, Dies irae, diez illa (Día de cólera, día de muerte).

Pero el momento actual no es propicio a la ira, sino a la consternación. Cada vez más preocupados, los europeos hacen esfuerzos para prepararse a una caótica salida sin acuerdo y lanzan advertencias a los diputados británicos para que eviten esa opción durante las dos votaciones cruciales que deben sucederse esta semana.

Si esos llamados cayeran en oídos sordos, "Gran Bretaña no podría beneficiarse de un período de transición, pensado para amortiguar su salida de la UE", advirtió Michel Barnier, jefe de los negociadores europeos.

En otras palabras, la totalidad de las reglas europeas seguirá aplicándose a Gran Bretaña durante esa etapa que, en teoría, llega hasta diciembre de 2020, permitiendo a ambas partes negociar un acuerdo sobre sus futuras relaciones comerciales.

"Seamos claros: la única base legal para una transición es el acuerdo de salida. Si no hay acuerdo, no hay transición", repitió Barnier.

En resumen, sin acuerdo los anti-Brexit habrán logrado lo que tanto han combatido: seguir jurídicamente atrapados en la UE sin posibilidad de recuperar durante todo ese tiempo su independencia comercial.

Pero esa es solo una de las infinitas consecuencias de una salida sin acuerdo del bloque, que le provocaría a Gran Bretaña una pérdida de entre cinco y siete puntos de PBI, así como de miles de empleos y una fuga de inversiones sin precedente, según todas las estimaciones.

Esa dramática opción está ahora en manos del Parlamento, que votará hoy mismo una moción en ese sentido. May confirmó anoche que el gobierno les preguntará a los diputados si quieren dejar la UE sin acuerdo. Si la respuesta fuera negativa, mañana someterá a votación otra moción sobre la posibilidad de extender "por un período corto y limitado el Artículo 50" del Tratado de Lisboa, que lanzó el proceso de salida de la UE hace dos años.

Pero los europeos, hartos de tanta ambigüedad, advirtieron que solo aceptarán la extensión del Artículo 50 si Londres presenta una "justificación creíble".

"Los 27 miembros de la UE someterán a consideración la solicitud y decidirán por unanimidad. Es necesario asegurar el normal funcionamiento de las instituciones europeas", advirtió el primer ministro holandés, Mark Rutte.

Esa es, en el fondo, la gran diferencia que marcó estos extenuantes meses de negociación. May se vio obligada a hacerlo constantemente sometida a presiones de toda naturaleza provenientes de infinitas fuerzas antagónicas, incluidos su Partido Conservador y sus propios ministros.

Los europeos, contrariamente a lo habitual, dieron muestras de una monolítica unión, al depositar en Barnier la absoluta confianza de los 27 países.

La primera ministra británica parece haberlo comprendido hace apenas pocas semanas cuando, atrapada por esas contradicciones, decidió por fin poner el proceso en manos del Parlamento.

Los próximos dos días dirán si sus miembros estuvieron a la altura de las circunstancias. Aunque una cosa es segura: voten lo que voten, el futuro de Gran Bretaña seguirá sumergido en las tinieblas.

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