Un país en busca de una mano firme

Liderazgo: Putin supo darles a los rusos lo que querían, un político capaz de devolverles el orgullo; ayudó al PC la nostalgia por la época soviética.
Liderazgo: Putin supo darles a los rusos lo que querían, un político capaz de devolverles el orgullo; ayudó al PC la nostalgia por la época soviética.
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27 de marzo de 2000  

MOSCU (De un enviado especial).- Una palabra explica el triunfo que ayer consiguió Vladimir Putin: liderazgo. Es que bajo ese término se esconde lo que esta sociedad, harta del pasado y cansada del caos, reclamaba y él les dio: una mano lo suficientemente firme para sacar al país de la crisis, un líder físicamente sano, un dirigente todavía joven que piensa en reformas pero que cree y apuesta a los valores tradicionales de Rusia.

Porque lo que en Occidente puede sonar duro y hasta inadmisible en un candidato, como prometer "la dictadura de la ley", lanzar una guerra a fondo y sin misericordia o garantizar un Estado fuerte y controlador, acá es lo que la gente, como lo demostró ayer, quiere escuchar.

Razones no parecen faltarle a esta sociedad, que, en una década, apenas un pestañear de la historia, sufrió los cambios más dramáticos que haya sufrido una potencia en los últimos años de este siglo. Expulsados del paraíso prometido por los comunistas, absolutamente neófitos en el juego democrático, responsables por sus acciones y su supervivencia tras la desaparición del hermano mayor que reguló sus vidas por más de siete décadas, los rusos optaron ayer por quien menos les prometió, pero a la vez más les demostró que, con decisión, este país puede resurgir de sus cenizas.

En este sentido, su campaña fue un modelo: al presentarse como el padre de la nación, un figura que se introduce en lo más profundo de la historia rusa, que no podía ni debía debatir con sus oponentes porque estaba demasiado ocupado haciendo la guerra para proteger a la sociedad de los "terroristas", Putin consiguió que los rusos sintiesen que finalmente había llegado el líder que, uniendo pasado y futuro, podía encaminarlos nuevamente.

De todas maneras, el haber conseguido una menor cantidad de votos que la esperada también es una señal de que los rusos, aunque busquen al líder fuerte, tampoco están dispuestos a darle carta blanca a nadie, sea héroe de Chechenia o campeón de judo.

"Putin no tiene ideología, y por eso se ajusta perfectamente a la sociedad rusa, hastiada de sufrir por el pasado y hastiada de la crisis actual", destaca el analista político Viatschelav Nikonov, mientras que el editorialista Alexandre Kabakov, del diario Kommersant, asegura que "Putin libera a los rusos de su complejo de culpabilidad de ex ciudadanos soviéticos y les acerca el principio de los norteamericanos: «mi país se equivoca, pero es mi país»".

Es que en estos dos puntos, la ausencia de cuestiones ideológicas y el retorno al orgullo ruso, el éxito de Putin, aunque no haya sido en los porcentajes que él esperaba, cobra aún mayor sentido. Es más: a la hora de arriesgar, ni siquiera podría decirse que los rusos votaron con el bolsillo, ya que nadie tiene todavía muy en claro hacia dónde se dirige el nuevo presidente, que ha mezclado varias veces la idea de un mercado libre con la de un Estado controlador.

Por eso, a pesar de la crisis que aún persiste con fuerza pese a los cambios increíbles visibles en cualquier lugar del país, los votantes no se preocuparon por cuestiones como programas de gobierno, integrantes de equipos, líneas de acción. Querían un líder, y por eso, pese a los temores que pueda suscitar, escogieron a Putin.

Claro que el gobierno de Putin no les interesa sólo a los rusos: todo Occidente tiene puestos sus ojos en el nuevo hombre fuerte del país, todavía una nación cuya potencia nuclear puede devastar el mundo en cuestión de minutos.

Hasta el momento, y nadie cree que cambie tras su triunfo de ayer, el discurso de Putin hacia afuera de las fronteras fue mucho más moderado, y no sólo llevó calma a los inversores asegurando que respetará y fomentará la propiedad privada, sino que además mantiene excelentes relaciones con los jefes de Estado de las potencias occidentales.

El avance del comunismo

De todas maneras, la elección de ayer deja un punto que no se debe soslayar: el alto porcentaje alcanzado por el comunista Guennadi Zhyuganov, que recibió el apoyo de casi una tercera parte de los votantes.

Aunque el líder del PC moderó su discurso llevándolo más hacia una socialdemocracia europea que hacia el férreo marxismo-leninismo, lo cierto es que la nostalgia por la época soviética todavía tiene una fuerza llamativa en este país, sobre todo entre la enorme masa que vive del Estado (maestros, médicos, profesores y empleados reciben un promedio de 60 dólares mensuales), donde la crisis actual hace mejorar los recuerdos de la época en que faltaba la libertad, pero sobraba la plata. Aunque todos se acuerden de que también sobraba porque no había nada para comprar.

De todas maneras, después de una década de dolorosa transición, y con la democracia que no existía en la época que recuerdan los nostálgicos, la mayoría de los rusos, convencidos de que no hay ni puede haber marcha atrás en lo conseguido, optó por el pragmatismo y la desideologización como herramientas para salir de la crisis.

Putin supo entender lo que la sociedad reclamaba. Ahora debe mostrar que también es capaz de llevarlo a la práctica y que no será una nueva apuesta fracasada en el duro y necesario camino de la modernización definitiva de Rusia.

Zhyuganov, a mitad de camino

MOSCU (AP).- Después de haber fracasado en la compulsa electoral de 1996 ante el ex presidente Boris Yeltsin, el candidato comunista a la presidencia, Guennadi Zhyuganov quedó otra vez en segundo lugar, aunque la performance final del Partido Comunista causó alguna sorpresa.

Ocho años después del desmembramiento de la URSS, Zhyuganov, de 55 años, mantiene en sus discursos las referencias a Lenin y afirma querer restablecer el poder de los soviets, aunque no habla de comunismo en su programa. Nacido el 26 de junio de 1944 en el poblado de Mymrimo, una región agrícola a 500 km de Moscú, Zhyuganov, hijo de un maestro, hizo la carrera clásica del funcionario del aparato comunista.

Decididamente conservador frente a los reformistas de la época de la Perestroika, ahora parece dispuesto incluso a cambiar el nombre de su partido, aunque teme con esto perder la gran base de su apoyo, los nostálgicos de la era comunista.

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