Un pilar de la Guerra Fría

El acuerdo limitó la carrera de armas
Francisco Seminario
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14 de diciembre de 2001  

Cuando, el 26 de mayo de 1972, Richard Nixon y Leonid Brezhnev firmaron en Moscú el Tratado de Misiles Antibalísticos (ABM), el mundo interpretó el acuerdo como un giro hasta ese momento impensable en la irrefrenable dinámica de la Guerra Fría, cuyos protagonistas habían desarrollado y almacenado medios de destrucción masiva suficientes como para destruir el planeta incontables veces.

Se trató de un logro y un desafío que tanto Nixon como Brezhnev, dos "duros" de la época, asumieron a riesgo de ser tildados de "traidores ideológicos", una acusación que no faltó.

El giro era necesario. El principal objetivo era impedir que tanto Estados Unidos como la URSS desplegaran sistemas de defensa contra armas estratégicas, lo que habría estimulado una carrera por la supremacía militar ya salida de sus carriles.

El tratado contenía, además, la semilla de lo que más tarde sería el plan de Ronald Reagan, que buscaba por elevación llevar al espacio una contienda terrenal. Permitía a ambas partes desarrollar sistemas limitados de defensa, suficientes como para proteger una ciudad o áreas de emplazamiento de misiles, pero prohibía el desarrollo de sistemas de defensa en el agua y en el espacio o instalaciones móviles en tierra.

Ya una década después de ser firmado, el ABM empezó a ser cuestionado. Y la propuesta de Reagan no fue otra que una fórmula para dejar de lado el equilibrio que hasta entonces había dominado las relaciones entre ambas potencias y reemplazarlo por una doctrina basada en la protección.

Estos cuestionamientos no terminaron con la caída de la URSS, sino que crecieron, alentados por algunos sectores de Washington, a raíz de las limitaciones que el tratado imponía a la potencia triunfante de la Guerra Fría. Pero el golpe de gracia fue probablemente la prueba exitosa de un escudo misilístico en pequeña escala: el pasado 15 de julio, un misil lanzado desde las islas Marshall, en el Pacífico, interceptó en vuelo una cabeza nuclear desactivada, lanzada desde un punto en California a unos 6000 kilómetros de distancia. Dos días después, The New York Times sugirió que tal vez era tiempo de "modificar o suplantar" el tratado con Rusia.

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