Un presidente escurridizo, al que aún hoy cuesta definir

Jill Abramson
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23 de noviembre de 2013  

NUEVA YORK.- Cincuenta años después de su asesinato, John F. Kennedy sigue siendo una figura casi imposible de definir. Una de las razones es que su martirio -que para una generación de norteamericanos sigue siendo el hecho público más traumático de sus vidas, por encima del 11 de Septiembre- eclipsó al hombre y sus logros.

¿Kennedy fue un gran presidente, como muchos siguen pensando? ¿O era un peso pluma insensato y encantador, o lo que es peor, la primera de nuestras celebridades-en-jefe? ¿Hasta qué punto sus numerosas falencias personales, de las que poco se informó durante su vida, pero que luego fueron ampliamente documentadas, eclipsan sus logros políticos? ¿Y cuáles de esos logros -en derechos civiles y combate contra la pobreza, por nombrar dos temas centrales de su gobierno- fueron, en realidad, avances concretados por su sucesor, Lyndon B. Johnson?

Hasta los hechos básicos de su muerte siguen siendo objeto de acalorados debates. El consenso histórico parece haber concluido que Lee Harvey Oswald fue el asesino solitario, pero las especulaciones conspirativas son abundantes. Muchas de las teorías circulan desde hace décadas, y ahora Internet les ha dado nueva vida.

Por supuesto que esa fijación con Kennedy no se limita ni remotamente al mundo digital. Desde su muerte, se publicaron alrededor de 40.000 libros sobre su persona, y este año aniversario dio pie a una nueva andanada. Sin embargo, al explorar esa vasta literatura, lo más sorprendente no es lo que hay, sino lo que falta. Los lectores pueden elegir entre muchos libros, pero sorprendentemente pocos son buenos.

Esa falta de libros confiables es curiosa, y algunos de los principales historiadores de Estados Unidos se preguntan por qué. "El país entero está fascinado con este nuevo aniversario, pero no hay un solo gran libro sobre Kennedy", se lamenta Robert Caro. Y el caso es aun más curioso, agrega Caro, porque la vida y muerte de Kennedy son "una de las grandes historias norteamericanas". Caro lo sabe bien. Su épica biografía de Lyndon Johnson (cuatro volúmenes y todavía falta) captura con maestría algunas partes de la saga de JFK.

Robert Dallek, autor de An Unfinished Life ( Una vida sin terminar ), probablemente, la mayor biografía de un solo volumen sobre Kennedy, sugiere que la atmósfera de culto que rodea, y tal vez asfixia, al hombre real, quizá sea la causa de ese déficit de buenos textos sobre su persona.

"La cultura de masas convirtió a Kennedy en una celebridad, así que los historiadores no se dejan impresionar por él", dice Dallek, quien también señala un segundo factor inhibidor: la presión comercial que sienten los autores de revelar siempre nuevos datos sensacionalistas.

Y esto plantea un nuevo interrogante: ¿qué queda por decir de la presidencia de Kennedy? De hecho, sobre gran parte de los textos acerca de JFK sobrevuela una especie de melancolía de "lo que pudo haber sido". Acaba de salir un libro con el aborrecible título de If Kennedy Lived. First and Second Terms of President John F. Kennedy: An Alternate History ( Si Kennedy viviera. Primera y segunda presidencia de John F. Kennedy: una historia alternativa ), escrito por el comentarista televisivo Jeff Greefield, quien lo imagina presidente durante dos mandatos.

Thurston Clarke, autor de dos libros previos y bastante útiles sobre los Kennedy, también se regodea en fantasiosos verbos en tiempo potencial en su volumen JFK's Last Hundred Days ( Los últimos cien días de JFK ), en el que sugiere que la muerte del último hijo de la pareja presidencial, Patrick, logró un acercamiento entre los dolientes padres, que habría puesto fin a la vida de mujeriego compulsivo de Kennedy.

Para algunos escritores, el problema con Kennedy fue la idolatría. Arthur Schlesinger Jr. intentó hacer un libro de historia con su A Thousand Days: John F. Kennedy in the White House ( Mil días: John F. Kennedy en la Casa Blanca ). Publicado en 1965, goza de la virtud de la inmediatez, ya que Schlesinger, contemporáneo de Kennedy en Harvard, había sido parte del staff de la Casa Blanca, convocado como historiador de la corte. Schlesinger presenció muchos de los eventos que describe. Pero por su admiración por Kennedy hizo que fracasara en ofrecer un relato convincente de la realidad de esa presidencia.

Para equilibrar, o para polemizar están quienes detestan a Kennedy, como Garry Wills, que se obsesiona con las escapadas sexuales de los hermanos Kennedy en su libro The Kennedy Imprisonment ( El encarcelamiento de Kennedy ).

Toda esta literatura extrañamente polarizada arroja un resultado de suma cero. Otros presidentes han sido bien reflejados por biógrafos e historiadores. Kennedy sigue esperando a su verdadero biógrafo. ¿Por qué? Una de las razones es que, incluso en vida, Kennedy superaba y derrotaba a las mentes más poderosamente analíticas e intuitivas.

En 1960, la revista Esquire le encargó a Norman Mailer su primera gran pieza de periodismo político, pidiéndole que cubriera la Convención Demócrata en Los Ángeles, que eligió a Kennedy como candidato. El largo y virtuoso artículo de Mailer, titulado "Superman comes to the Supermarket" ("Superman viene al supermercado"), se acerca a la enigmática esencia de Kennedy tanto o más que cualquier otro texto o ensayo que se haya escrito.

Allí estaba ese hombre de 43 años, cuya ironía y gracia entraron en sintonía con el ánimo nacional en 1960. La presencia de Kennedy, alegre y juvenil, fue al mismo tiempo tranquilizadora y disruptiva, con una pizca de brusquedad. Tenía "una gracia fresca que parecía indiferente a los aplausos, con modales por momentos similares a la pose de un buen boxeador, rápido con las manos y buen manejador de los tiempos". Pero "había cierto desapego esquivo en todo lo que hacía. Uno no tenía la sensación de que en el salón había un hombre presente con todo su peso y toda su mente".

Pasaron 50 años y seguimos debatiendo los pormenores de su asesinato, pero eso nos dice muy poco de este presidente que sigue siendo tan difícil de definir tras su muerte como lo fue durante su vida.

Traducción de Jaime Arrambide

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