
Un pueblo guerrero como pocos
Por Narciso Binayán Carmona
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"La historia de Inglaterra es una historia de promesas quebrantadas. ¿Qué garantías tenemos?, ¿por qué hemos de confiar en su palabra?" Esta pregunta la formuló un periodista indio en la histórica conferencia de prensa que se realizó el 19 de marzo de 1949 en Nueva Delhi y en la que sir Stafford Cripps hizo pública la oferta de status de dominio para la India, y de independencia, después de ganar la guerra.
Eva Curie, que participó como periodista en esa reunión, dijo que fue un "fracaso formidable", evidente en el silencio que reinó en la sala entre la exposición y el comienzo de las preguntas. Rechazada por todos los sectores políticos de la India, naufragó.
Fue -se ha señalado- una agradable sorpresa para la India que al terminar la guerra Inglaterra cumpliera su oferta. Quedó así el subcontinente dividido en tres partes (dos musulmanas, al Noroeste y al Nordeste) y una hindú; y en dos países. Pero en esta partición intervino y quedó finalmente afuera una región religiosa más, el Punjab sikh, y nunca se concretó el país que pedía desde 1920 el Khalistán.
Desde entonces, y hasta hace muy poco tiempo, la región vivió en la tensión y en la violencia y, en definitiva, la cuestión de fondo no se ha modificado: los sikhs no lograron la independencia. Las elecciones que acaban de terminar no aclaran el problema.
La religión sikh nació dentro del hinduismo y su fundador, Guru Nanak (1469-1539), ha sido comparado con Martín Lutero (1483-1546), pero, salvo porque vivieron en la misma época, su prédica fue muy distinta. Guru Nanak predicó un monoteísmo absoluto -siendo el hinduismo hasta hoy la más grande de las religiones politeístas- y suprimió las castas -punto esencial de la doctrina hindú-.
La religión sikh nació aureolada de ideales de paz y dulzura, en los mismos días en que lo hacía el imperio de los grandes mogoles (musulmanes). Aquellas enseñanzas se expandieron, pero sólo en el marco de los jat, mayoritaria en Punjab y dentro de esta comarca. El choque con el gobierno de Nueva Delhi demoró, pero fue frontal. Los emperadores mogoles tomaron Amritsar, su ciudad sagrada, y su santuario máximo, el Templo de Oro, fue utilizado para orgías.
Esto tuvo un efecto: el décimo sucesor de Nanak, Guru Gohind Singh, dispuso la guerra y fijó las reglas para que fuera justa. Primero, sólo podría iniciarse tras fracasar los demás caminos. Segundo, no debía haber odio ni venganza, ni (tercero) ambición de ganancia. Cuarto, debía lucharse por un ideal... sin miedo (quinto), con seguridad interior de vencer (1699). De ahí, inesperadamente, nació un pueblo guerrero como pocos, como lo han demostrado durante 300 años.
Anexados por Inglaterra (1849), recibieron en 1935 un electorado separado (como los musulmanes, primer pago hacia su aspiración nacionalista propia). En 1947, antes de la independencia, eran el 17 por ciento del ejército, pero habían sido el 60 por ciento del Ejército de Liberación de la India, organizado por Bose en apoyo del Japón. En las negociaciones de 1947, Jinnah, el líder musulmán, les ofreció independencia en confederación y con condiciones ventajosas, pero, en definitiva, siguió en la India y el pedido de un Khalistán continuó vigente. En 1989, nueve de los trece diputados del Punjab lo apoyaron. Las eventuales fronteras habían sido decididas en la Conferencia de Londres de 1982 e iban desde Cachemira y China hasta el mar Arábigo, tomando extensos territorios hindúes, como el puerto de Porbandar, en Guzarate, cuna del Mahatma Gandhi (Plebiscite in Punjab. The Sikh case, Ludhiana, 1994) .
Caos y paz
El enfrentamiento creció y en 1984 el ejército -por orden civil- tomó el Templo de Oro, centro del partido separatista, el Akali Dal. Fue cañoneado y los tanques entraron en el sagrado recinto. Las bajas militares fueron 7000 y los sikhs dicen haber perdido entre 5000 y 15.000 vidas. En octubre, la primera ministra Indira Gandhi fue asesinada por dos de sus guardias sikhs, lo que desató una ola de pogromos antisikhs (cálculo: 35.000 muertos).
En los años siguientes, la tensión creció. En un clima de terror se votó en 1992. Luego, con energía y ductilidad, las cosas se fueron calmando.
En 1998, ya las elecciones fueron normales. El Akali Dal ganó en ocho de trece distritos y el Bharatiya Janata, en tres. El ala dura de Akali no logró nada. Ahora, las elecciones en el ámbito nacional parecen reflejar otro electorado. El ala más dura de Akali ganó una, con su líder, Mann. El ala aliada con B. Janata sólo mantuvo dos y, en cambio, el Congreso, el partido de Indira Gandhi, triunfó en ocho. El B. Janata ganó una y el comunismo, otra. El resultado, curioso, porque desde el operativo de 1984 el Congreso y los Gandhi eran anatema. Pero estaba previsto, ya que el Akali está dividido en dos fracciones cuyos líderes se odian.
K.P.S. Gill, que logró calmar las cosas como director local de la policía, indicó que las Brigadas Rojas en Italia mataron 1182 personas (1969-1987) y la violencia en Irlanda del Norte, 1686 (1969-1976). En cambio, en el Punjab, costó 21.469 vidas: "Una de las campañas terroristas más virulentas del mundo" ("Endgame in Punjab" en Faultlines , Delhi, mayo de 1999). El eco de los medios fue muy pobre, subraya. Y Akali Dal dividido o no, aliado o no, sigue siendo el más fuerte allí.
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