Un retorno triunfal como el de Khomeini

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11 de mayo de 2003  

Aunque él se define como un "simple soldado de la revolución islámica", los seguidores de Mohammed Baqir al- Hakim insisten en llamarlo "el Khomeini iraquí".

Y motivos no faltan. La euforia con que fue aclamado el influyente clérigo chiita ni bien pisó suelo iraquí, ayer, es comparable al regreso triunfal del ayatollah iraní a Teherán, el 1° de febrero de 1979.

Ese día, Khomeini quebró un exilio de 16 años -siete menos que el de Al-Hakim- , alentado por la huida precipitada del país de su enemigo visceral, el sha Reza Pahlevi (quien, así como Saddam en Irak, dejaba un vacío de poder en el Estado vecino).

De hecho, sus críticas al gobierno del último emperador persa habían empezado a fines de los años 50, aunque recién en 1964 Khomeini se vio forzado a abandonar Irán. Un año antes había sido arrestado por su feroz oposición a las audaces iniciativas liberales del sha, como la emancipación de la mujer. Desde su prolongado destierro -primero en Irak y luego en París- el líder fundamentalista continuó su campaña contra el monarca, de la misma manera en que su par contemporáneo arengó a los chiitas contra Saddam Hussein desde Teherán.

Las grabaciones con la prédica de Khomeini desde París organizaron y enfervorizaron a multitudes, las mismas que darían un apoyo decisivo a la proclamación de la República Islámica de Irán, en 1979. Los capítulos más sonoros del mandato del jefe político y religioso iraní - uno de los más rígidos del siglo XX, y que terminaría con su muerte, en 1989- incluyen la dramática toma de la embajada estadounidense en Teherán y el secuestro de rehenes norteamericanos -lo que rompió las relaciones entre Teherán y Washington-, una sangrienta guerra con Irak, que dejaría más de un millón de muertos, y la condena a muerte lanzada contra el escritor Salman Rushdie, acusado de blasfemar al islam.

La comparación de Khomeini con Al- Hakim, por cierto, no le hace ni pizca de gracia al gobierno de Estados Unidos, inquieto ante la posibilidad de que el nuevo ayatollah -quien, al igual que su predecesor, luce un turbante negro para mostrar que desciende del profeta Mahoma- promueva en Irak una teocracia al mejor estilo iraní.

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