Una campaña que puso en valor el aura de decencia de Obama

Juan Landaburu
Juan Landaburu LA NACION
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8 de noviembre de 2016  

Campaña hasta el final: Obama saluda a la gente en Michigan
Campaña hasta el final: Obama saluda a la gente en Michigan Fuente: AP - Crédito: Pablo Martínez

La degradación constante de una campaña entre dos candidatos que por motivos muy distintos sólo generan dudas permite plantear el interrogante sobre quién va a extrañar más, si Barack Obama a la Casa Blanca o el mundo a Barack Obama en la Casa Blanca.

Obama no llegó a cumplir todo lo que se propuso y en buena medida su legado quedará atado a quien sea elegido hoy como su sucesor. Pero así y todo se despide en un pico de popularidad. Más allá de lo que hizo o dejó de hacer, una de sus huellas más profundas serán los valores y el estilo con el que ejerció ese liderazgo.

Ante todo fue un presidente transparente. No se le conoció ninguno de los escándalos en los que se ven hoy envueltos Hillary o Trump. Es cierto que deja un país polarizado, pero nunca tuvo un discurso sectario, pese a ser el primer presidente de una minoría históricamente castigada. En un mundo desencantado con el establishment, siempre mostró un rostro cercano a la gente, amable y a la vez sofisticado. En tiempos de Estado Islámico y de crisis migratorias, evitó el discurso fácil del miedo y de la estigmatización. En otras palabras, Obama fue un presidente con una inusual dosis de decencia, lo que le permitió adquirir un aura de autoridad moral que pocos líderes tienen.

No siempre acertó, pero una constante en su proceso de toma de decisiones fue que siempre privilegió lo que creía correcto por sobre lo que era más beneficioso para sus intereses. Incluso sin temor a mostrar rasgos de debilidad, como cuando estuvo en la encrucijada de bombardear Siria en 2013 luego de que se probó que el régimen había cruzado la línea roja que él mismo había marcado, el uso de armas químicas. Buena parte del país le pedía acción, pero, lejos de sobreactuar como un cowboy, se recluyó, meditó a fondo la decisión y decidió no intervenir.

La reticencia a actuar en Siria forma parte de lo que algunos llamaron la retirada silenciosa de Medio Oriente, su política exterior más cuestionada. La región hoy es mucho más inestable que hace ocho años. La jihad y Putin estuvieron al acecho para llenar nuevos vacíos de poder. Pero esa retirada también tuvo sus dosis de realismo. Menos dependiente del petróleo árabe y descubrimientos de enormes yacimientos, la prioridad pasó a ser el Pacífico, la tierra de las oportunidades.

En todo caso, Obama parece haber asumido que Estados Unidos ya no tiene el peso para resolver los problemas del mundo por su cuenta. Desafíos como el cambio climático o la crisis migratoria necesitan de la colaboración entre los países. Aunque no evitó por completo usar la fuerza, como en el operativo que abatió a Ben Laden o con el uso extendido de los drones, su apuesta fuerte fue la diplomacia. Los dos frutos de los que se siente más orgulloso son el acuerdo nuclear con Irán y el deshielo con Cuba, dos enemigos eternos que ya no parecen tan indomables. También deja a su sucesor una América latina mucha más amigable con la Casa Blanca que la que dejó George W. Bush.

Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia y todavía no tiene rivales que le hagan sombra, pero es innegable su declive relativo. ¿Cuánto tuvo que ver Obama en ese proceso? Es materia de debate constante. Para ponerlo en perspectiva, hay que recordar que Bush le dejó una papa caliente: un país hundido en la peor crisis económica en un siglo, empantanado en dos guerras y con una pésima imagen global.

Si Obama ya tenía ganado de antemano un lugar en la historia como el primer presidente negro, ahora entrará en los libros por haber salvado el país del abismo financiero. En 2008 no eran pocos los que hablaban del colapso del sistema capitalista. También será recordada su firme decisión para avanzar con una reforma de la salud pública de la que muchos norteamericanos aún no están convencidos, pero que forma parte del sentido común del resto de Occidente.

Obama no pudo cumplir alguna de sus promesas emblemáticas, como el cierre de la prisión de Guantánamo, y durante sus ocho años se vio un aumento inédito de la polarización de la sociedad norteamericana. Las tensiones raciales afloraron y nunca pudo encontrarle una solución a la proliferación de armas. Pero también le tocó gobernar con un Congreso paralizado por un Partido Republicano en pie de guerra y rehén de fanatismos, víctima de una crisis que terminó de explotar en las primarias con la inesperada nominación de Donald Trump.

A Hillary o a Trump les espera una ardua tarea, pero corren con una ventaja que el presidente saliente no tuvo: nadie espera mucho de ellos. Durante estos ocho años, una y otra vez a Obama se lo juzgó en función de si estaba a la altura de la enorme expectativa que generó en todo el mundo su victoria en 2008. El tiempo terminará de definir si su encanecimiento valió la pena.

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