Una crisis y varios conflictos ocultos

Por Inés Capdevila De la Redacción de LA NACION
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30 de marzo de 2007  

En Bolivia, Ecuador, Venezuela y la Argentina, una pequeña crisis puede derivar en una gran rebelión de calles tomadas y gobiernos amenazados.

En el Chile ordenado, previsor y con sueños de Primer Mundo, no. Las revueltas estudiantiles, los choques ideológicos, los paros sindicales siempre encontraron límites. Hasta ahora.

Al comenzar a circular, en febrero pasado, los 5100 ómnibus del Transantiago pusieron en marcha un conflicto que, en el siguiente mes y medio, destaparía focos de tensión silenciados en Chile durante años.

El desborde de tránsito en su ciudad, las demoras para trasladarse y la perturbación de su vida diaria colmaron de mal humor a los santiaguinos.

Así, la irritación pública hizo lagrimear a la presidenta Michelle Bachelet. Descolocó al gobierno. Dividió al oficialismo. Neutralizó a la oposición. Y volvió a la calle para inflamar rencores y desencantos ajenos a este conflicto.

"En Chile, después de la llegada de la democracia, hubo otras crisis, pero nunca antes un malestar subyacente y transversal como el actual", dijo a LA NACION el analista político Guillermo Holzmann.

Ese nerviosismo ganó ayer las ahora efervescentes calles de Santiago. Allí convergieron un paro de choferes de ómnibus, nuevas protestas por el Transantiago, una marcha en memoria de dos jóvenes asesinados durante la dictadura.

Y estuvieron también los cientos de carabineros que participaron del enorme dispositivo de seguridad. Un operativo alentado por el inusual y agudo temor al regreso de la violencia.

"El peor de los escenarios posibles es que un Transantiago irresuelto sea el catalizador de la violencia inorgánica que aqueja a Chile, al otro Chile", opinó el analista político Ricardo Israel, en diálogo con LA NACION, desde Santiago.

El Chile que el resto de la región admira es el del crecimiento alto y sostenido, el del desempleo bajo, el del elevado desarrollo humano, el de la continuidad institucional.

El "otro Chile" es el de los jóvenes desempleados, el de los ancianos con jubilaciones casi inexistentes, el de los pobres de las áreas rurales y del Gran Santiago, el de la clase media que no puede acceder a una educación completa ni a una salud pública segura.

"Es un Chile que, a pesar de los equilibrios macroeconómicos, no ha logrado encontrar beneficios en el progreso", explicó Israel.

Está también el "otro Chile" político, el que fue excluido por el candado sobre el sistema electoral impuesto por Augusto Pinochet.

Es, fundamentalmente, el Partido Comunista. Y está apoyado por cientos de jóvenes radicalizados que alimentan las teorías conspirativas y que protagonizaron los incidentes en Santiago, ayer.

En plena tensión del Transantiago, los marginados económicos advierten a La Moneda que llegó la hora de distribuir la riqueza chilena. Los políticos reprochan a Bachelet que no es lo suficientemente de izquierda.

Sin embargo, lejos está la peor crisis de la presidenta de convertirse en una rebelión generalizada que ponga en riesgo 17 años de democracia.

Quietismo y disputas

El martes pasado, la mandataria hizo un emotivo mea culpa y cambió su gabinete para ganar tiempo y sumar opciones ante la crisis.

Bachelet logró tomar aire. Pero, al hacerlo, en el camino dejó de lado uno de los ingredientes esenciales de su promesa de renovación política: un gobierno compuesto por igual número de hombres y mujeres.

No sólo una promesa (pilar de su campaña) resignó Bachelet por Transantiago. También renunció a un buen porcentaje de su popularidad y, sobre todo, de su imagen de presidenta capaz de tomar decisiones firmes y acertadas.

Sin embargo, incluso ante la crisis y la incertidumbre política, la tasa de aprobación de la mandataria se mantiene alta. Es que la peor parte se la llevan los partidos políticos.

La tensión por Transantiago también dejó al desnudo el quietismo de la oposición y las disputas en la oficialista Concertación, acalladas por la abrumadora victoria de Bachelet en el ballottage de 2006.

"Chile nunca había vivido una situación similar, en la que las críticas a las políticas públicas salen del propio oficialismo", opinó Holzmann.

La munición más pesada llegó desde la Democracia Cristiana (DC), el partido mayoritario de la Concertación.

Siempre recelosa del gobernante socialismo, la DC aprovechó el caos del Transantiago para marcar abiertamente las debilidades de La Moneda. Pero la Concertación tiene suerte.

La opositora Alianza parece estar demasiado concentrada en quién será su candidato presidencial en 2009 como para pensar en sacar rédito de la crisis oficialista.

Un poco autistas y bastante pendencieros, los partidos políticos son, según un sondeo reciente, el blanco de la desconfianza del 87% de los chilenos. Ellos, al parecer, poco hacen por solucionar la vida diaria de sus votantes.

Y así, entre el desencanto de los excluidos y el escepticismo de los incluidos, Chile se parece un poco a la Bolivia, el Ecuador, la Venezuela y la Argentina de las rebeliones callejeras.

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