Una era de descontento populista que estremece a Occidente

Jim Yadley
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26 de junio de 2016  

Farage, líder del antieuropeísmo británico
Farage, líder del antieuropeísmo británico Fuente: AP - Crédito: Matt Dunham

LONDRES.- Desde Berlín hasta Washington, y pasando por Bruselas, los líderes de las democracias occidentales se desayunaron anteayer con un rechazo demoledor -y hasta hace poco impensable- de parte de los inconmovibles ciudadanos de una nación insular del Atlántico Norte. El enojo populista con el orden político establecido finalmente rebasó el vaso. Los británicos se habían sublevado.

El pasmoso apoyo al Brexit plantea una crisis política, económica y existencial para un bloque regional ya acuciado por problemas de fondo. Pero los destinatarios de ese piquete de ojos no están sólo en Gran Bretaña. El mismo y creciente abismo entre la élite política y la opinión de las masas está fogoneando repuntes populistas en Austria, Francia, Alemania y otros países del continente? y también en Estados Unidos.

Ese viernes de insurrección transatlántica estuvo lleno de reveladores simbolismos: Donald Trump, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, justo estaba de visita en Gran Bretaña.

"Básicamente, recuperaron su país", dijo Trump desde Escocia, donde fue a promocionar sus canchas de golf. "Eso es bueno."

Cuando le preguntaron en dónde era más fuerte el descontento popular, Trump dijo: "Gran Bretaña, Estados Unidos y muchos otros lugares. Esto no termina acá".

Y mientras la Unión Europea (UE) intenta digerir el golpe y prepararse para un período de incertidumbre política con un potencial desestabilizante, el voto de los británicos también será tomado inevitablemente como una evidencia más del profundo malestar de la opinión pública con el orden económico global. La globalización y la liberalización económica dejó ganadores y perdedores, y el abrumador apoyo al Brexit en las regiones más estancadas de Gran Bretaña deja entrever que muchos de esos votantes ya están hartos.

Durante la última década, la UE fue capeando una por una las sucesivas crisis políticas con una respuesta de garrote, que mantuvo el statu quo del bloque y su tambaleante impulso hacia una mayor integración regional, sin confrontar directamente con el creciente descontento popular que se incubaba bajo la superficie.

Pero ahora la pregunta es si ese dique de contención se rompió: en la madrugada del viernes ya había líderes antieuropeos de Francia y Holanda que se regocijaban exigiendo referéndum similares en sus países.

"¡Triunfó la libertad!", escribió en Twitter la líder derechista francesa, Marine Le Pen, y cambió su imagen de perfil por una bandera británica.

Está por verse si el mensaje es entendido por otros líderes del establishment de ambas orillas del Atlántico, y si aprenderán la lección del Brexit.

En Bruselas, muchos de los gobiernos miembros parecían divididos entre responder instintivamente al resultado del referéndum británico impulsando una mayor integración entre Alemania, Francia y los demás miembros centrales del bloque, o por el contrario reconocer que existe una opinión pública adversa que obliga a moderar esas ambiciones.

Es que la opinión pública desconfía profundamente de la agenda de "más Europa". Los líderes de extrema derecha fogonearon la inquietud de la gente y el resurgimiento del nacionalismo descargándose contra los inmigrantes y señalando a Bruselas como bastión de las élites políticas ajenas a las preocupaciones de la gente común.

Los populismos de extrema izquierda exigieron dar marcha atrás con la política económica neoliberal de libre comercio y desregulación, y resistir cualquier intento de desmantelar aún más el Estado de Bie- nestar social.

Riesgos

"La UE nos roba nuestro dinero, nuestra identidad, nuestra democracia y nuestra soberanía", dijo Geert Wilders, líder el Partido por la Libertad, de la extrema derecha holandesa. "Las élites quieren más UE. Creen saber más que la gente. Desprecian a la gente y pretenden decidir en su lugar. Quieren vernos gobernados por burócratas no democráticos que no le rinden cuentas a nadie, desde un lugar remoto como Bruselas."

El polaco Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, ya empezó a hablar de los riesgos que enfrenta el establishment político. El mes pasado, en un discurso frente a la coalición de partidos de centroderecha europeos, les hizo una advertencia a sus cofrades de la clase política.

"Obsesionados con la idea de una integración total e instantánea, no notamos que la gente común, los ciudadanos de Europa, no comparten nuestro euroentusiasmo", dijo Tusk. "Desilusionados de esas grandes visiones del futuro, la gente pide que nos ocupemos más y mejor de la realidad presente."

Sin embargo, pasar a la acción podría ser difícil, ya que la mayoría de los analistas dicen que la actividad de la UE está prácticamente paralizada ante las inminentes elecciones a realizarse en 2017 en Francia y Alemania, las dos naciones más poderosas del bloque.

Traducción de Jaime Arrambide

Por: Jim Yadley

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