Una escuela mexicana, entre la desolación y la resistencia

Tras la desaparición de los 43 alumnos en Ayotzinapa, otros 67 desertaron por temor, pero un puñado eligió quedarse
Leticia Pineda
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1 de noviembre de 2014  

AYOTZINAPA, México.- La puerta negra de uno de los dormitorios de la escuela rural de Ayotzinapa está sellada y sus paredes rojas lucen desoladas. Diez de sus habituales ocupantes están entre los 43 estudiantes desaparecidos y otros cinco huyeron por miedo.

Ernesto Guerrero, un alumno de 21 años que se hace llamar "Comandante Malboro", sobrevivió al brutal ataque de policías y sicarios del narcotráfico en el que desaparecieron sus 43 compañeros el 26 de septiembre, en Iguala, una ciudad a 130 kilómetros de la escuela.

Guerrero, uno de los cinco estudiantes que quedan de este dormitorio, se siente orgulloso de permanecer aún en esta escuela de magisterio de ideología revolucionaria. Pero, al igual que sus otros colegas de cuarto, cada noche busca un rincón en habitaciones de otros compañeros para no regresar a su solitario dormitorio.

De los 140 estudiantes de primer nivel de Ayotzinapa, 110 están ausentes: los 43 desaparecidos y 67 más que desertaron por temor.

"Mis padres me han dicho que me vaya a casa. Prefieren que me quede sin estudiar a que me maten por ahí", dice Ernesto, frente a su dormitorio, pintado por ellos de rojo comunista con imágenes de Karl Marx y "el Che" Guevara.

En ese cuarto, que bautizaron "La casa del activista", recibían "orientación ideológica y política", agrega el joven "comandante", sin revelar el nombre de su instructor. "A la hora de dormir, unos estaban con música, otros bromeando, cantando, leyendo en el círculo de análisis. Estábamos compartiendo ideas", recuerda Ernesto, que hasta agosto pasado empuñaba un fusil como miembro de una milicia de autodefensa comunitaria.

Ernesto quiere ser profesor rural y se impuso la misión de impedir a toda costa el cierre de la escuela de Ayotzinapa y de una docena de centros similares en el país que forman parte de una federación de estudiantes campesinos. Son el último reducto de un proyecto educativo para el campo creado al término de la revolución mexicana de comienzos del siglo pasado.

Los alumnos están acostumbrados a exigir con métodos contundentes, incluso violentos, que el gobierno las mantenga vivas.

La noche de los ataques, los 43 estudiantes se habían apropiado de varios ómnibus en Iguala para regresar a Ayotzinapa. Según denunció la fiscalía, el alcalde de Iguala, vinculado con un cartel del narcotráfico, ordenó el ataque porque temía que los jóvenes fueran a boicotear un acto público en el que debía participar su esposa, también funcionaria pública.

La madre de Julio César Ramírez, uno de los seis muertos en los ataques de Iguala, llora frente a un altar de flores anaranjadas que rodean su foto, en la casa sin terminar a la que su familia se mudó unas semanas antes. "Mi esperanza ahora será ver a los otros muchachos que regresen con vida para que él también pueda descansar y me deje descansar a mí (...) Me falta el aire", reconoce la mujer.

Otro desaparecido, César Manuel González, tiene 21 años y un perro que se llama Lulú, además del conejo Whiskas y el gato Tambor. "Ellos lo están esperando en casa", dice su padre, con los ojos rojos por el llanto.

En la escuela sólo falta la familia de Dorian González Parral. Este chico moreno proviene de una remota comunidad indígena tlapaneca, cuya lengua era el único idioma que hablaba cuando llegó a estudiar a Ayotzinapa. Ahora nadie lo reclama.

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