Una estampida de precios sacude a los nuevos socios europeos

Sin embargo, los salarios no llegan ni a la mitad de los de los viejos miembros
Silvia Pisani
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29 de abril de 2004  

VARSOVIA.- Algunas barreras de la nueva Unión Europea se levantaron más rápido que otras.

Así, mientras los salarios y los permisos para emigrar legalmente al próspero costado occidental aún esperan su hora, la estampida de precios ya es un hecho que aterroriza de este lado del mapa, donde los sueldos no llegan a la mitad de los que cobran sus pares del lado rico.

Alguien parece empeñado en convertir en pesadilla las horas finales de quienes tanto pagaron por el derecho de asociación.

"Ya compro el azúcar más caro que los alemanes, pero mi salario sigue siendo la tercera parte del suyo. ¡Viva la Unión Europea!", se quejaba ayer Danuta Nowarki, empleada de comercio de esta ciudad.

Los datos le daban la razón. El kilo llegó ayer a 4 zlotys, contra 1,70 que costaba hace un mes. En esa disparada, el producto que obsesiona a los polacos con el recuerdo de los días de escasez agónica superó el valor que se paga en el resto de Europa. "Pero lo grave es que todos los demás siguen el ejemplo del azúcar; no tan rápido, pero en la misma línea", dijo Danuta.

Curiosamente, la obsesión polaca con el azúcar es similar a la de los países bálticos por la sal gruesa. En Letonia, su impresionante carrera alcista -que llegó a multiplicar por 50 (sí, leyó bien, 50) su valor comercial- fue tan desesperante que hasta se convirtió en tema de primera página en los diarios. Y en comentario obligado en el resto de los países aspirantes.

Dos agudas fobias

La anécdota no es menor. Para los letones, la sal gruesa es básica: buena parte de su población la utiliza en grandes cantidades para conservar pescado y verduras durante el largo invierno. Por eso, el gobierno tuvo que salir a desmentir cualquier temor de escasez y sólo así las cosas se calmaron.

Los dos extremos -sal y azúcar- no sólo revelan la tensión cotidiana de los momentos previos al ingreso, sino, también, el resentimiento que aún aflora entre países que sintieron el yugo soviético y que hoy, con un pie en la UE, son profundamente pro norteamericanos.

"Los del bulo de la falta de sal fueron los rusos", acusan en Letonia, donde la "rusofobia" es tan fuerte como la "eurofobia" de los que temen que la entrada de los diez nuevos socios del Este sea negocio para todos menos para su gente.

"Pensar eso es una tontería", dicen las autoridades, conscientes de que a partir del lunes la apertura del mercado corre en dos sentidos opuestos en los que juegan su suerte.

Cada empresa de Europa del Este tendrá un mercado potencial de nada menos que 450 millones de habitantes. Pero también cada una de ellas estará expuesta a la fuerte competencia de quienes les ganan sobradamente en experiencia de mercado.

Así, entre disparadas de precios y temores de último momento, las horas previas al ingreso son pasto fresco para alimentar la prosa nacionalista de los caudillos antieuropeos.

"Esta ampliación está pensada para que seamos los compradores de los productos que fabrican los países ricos, mientras se destruyen nuestra industria y nuestra agricultura. El 1° de mayo no servirá para crear más puestos de trabajo en nuestra tierra, sino para que mantengamos los de la Europa rica", dijo el caudillo nacionalista Andrzej Lepper.

El temor a lo desconocido es un hecho que aquí se palpa. Pero no parece minar la voluntad de quienes llevan años preparándose para ser aceptados como socios plenos del club europeo.

"Yo no quiero quedarme fuera de Europa. Ni por mí ni por mis hijos. Lo que sí espero es que esta suba de precios se detenga pronto, porque de lo contrario mucha gente estará en problemas. Ya hay quien no tiene para alimentos", dijo Danuta. En su caso, la compra quincenal saltó de 150 a 240 zlotys en los dos últimos meses. "Que no digan que no hay inflación porque es mentira", afirmó.

No parecía un día de fiesta. El supermercado retrotraía a un búnker subterráneo: sus ventanas tapiadas por temor a choques con grupos antiglobalización que llegaron en las últimas horas. En la semipenumbra de escasas luces de neón, varias mujeres partían con bolsas apenas cargadas.

"Aconsejan acopiar comida estos días, pero con lo que ha subido todo, ¿usted cree que puedo hacerlo?", se quejaba una de ellas.

Afuera, el ruido de los helicópteros policiales que vigilan todo el día como parte del operativo para proteger la cumbre europea de los apóstoles de la globalización reunidos en el Foro Económico Mundial crispaba los nervios al caer la tarde.

Ventanas ocultas, comercios vacíos, calles que quedan desiertas temprano. El ambiente no derrocha entusiasmo ni prosperidad en las horas finales, cargadas de incertidumbre y nervios. Pero eso no parece suficiente para doblegar la convicción de quienes llevan años apretando voluntad en pos del sueño de una Europa sin barreras. Lo que sí les gustaría es que la de "más y más esfuerzo" se abra más o menos al mismo tiempo que las del beneficio y de la prosperidad. Para todos.

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