Una mala señal para América latina

Por Facundo Landivar De la Redacción de LA NACION
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18 de diciembre de 2001  

Hoy, Haití no se llama Haití; hoy, Haití se llama susto, temor, convulsión, desasosiego. Y por debajo de estas cuatro palabras yace un riesgo mayor: que en el mundo hoy decir Haití suene a decir América latina.

Es que después de más de una década de crecimiento, del fin de las guerrillas -salvo el caso de la inclasificable Colombia-, del fortalecimiento democrático en todo el continente, del Estado de Derecho, con subas y bajas, campeando en toda la región, la palabra crisis vuelve a aparecer en el horizonte continental.

Pero la culpa no es sólo de Haití, como que hay responsabilidades extendidas, desde un México que no termina de arrancar en su era pos-PRI hasta una Argentina sacudida por una crisis económica y social con pocos precedentes en su historia.

Lino Oviedo de nuevo en libertad, con lo que esto significa para el futuro de Paraguay; Colombia, que sigue avanzando como ciega hacia el abismo; Venezuela, dividida entre el mesianismo de Chávez y una oposición cada vez más desafiante; Perú, que no logra despertarse de los años de Fujimori, y Brasil, que teme por el sucesor de Cardoso configuran un panorama preocupante.

Salvo Chile, que está cerrando las heridas dejadas por los años de dictadura y el paso de una criticada, pero efectiva transición democrática, y un Uruguay que vuelve a sus años de esplendor institucional -ejemplo durante décadas para la región-, los demás países transmiten síntomas que una década atrás parecían normales, pero que se suponían hasta hace poco superados. Con todo, es justo decirlo, ninguno se acerca a la caótica situación haitiana donde, a diferencia de la mayoría de los países de la región, los militares siguen siendo un factor de poder inconmensurable en su frágil estructura política.

Esto no significa de manera alguna que América latina, de la mano de Haití, vuelva a la noche oscura de los años 70 y 80. Pero sí que el trabajoso esfuerzo de desvincular como sinónimos a América latina y convulsión podría estar echándose a perder.

Para los inversores, para los mercados, para quienes apuestan a la región como un área donde confiar, episodios como los de las últimas semanas, con Haití como mayor emergente, son un toque de atención.

Pueden significar, como mínimo, que otra vez campee la mirada desalentadora sobre este continente después de haber hecho, aunque de manera despareja, un esfuerzo democrático superador del pasado.

Entre los problemas de la Argentina y el temor a un default, la arrogancia de Chávez y la convulsión colombiana, ahora se suman episodios olvidados que, aunque hayan fracasado y hayan sucedido en un país como Haití, obligan a América latina a esforzarse para que la desconfianza no vuelva a marcar a fuego a la región.

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