Una nueva caza de brujas

Paul Krugman
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31 de agosto de 2010  

NUEVA YORK.- La última vez que un demócrata ocupó la Casa Blanca, enfrentó una incesante caza de brujas por parte de sus opositores políticos. Destacadas figuras de la derecha acusaron a Bill y a Hillary Clinton de cualquier cosa, desde contrabando de drogas hasta asesinato. Y una vez que los republicanos tomaron el control del Congreso, sometieron a la administración Clinton a un acoso implacable, incluidas 140 horas para escuchar testimonios bajo juramento con respecto a las acusaciones de que la Casa Blanca había malversado su lista de envío de tarjetas navideñas.

Ahora está volviendo a ocurrir, salvo que esta vez es peor. Démosle lugar a Rush Limbaugh. "El imán Hussein Obama es probablemente el mejor presidente antinorteamericano que hemos tenido nunca", declaró recientemente.

Para tener una idea de lo importante que es que gente como Limbaugh diga esas cosas, conviene tener presente que se trata de una figura del más alto nivel del Partido Republicano, y tener presente, también, que a menos que algo de la dinámica política cambie, los republicanos muy pronto controlarán por lo menos una cámara del Congreso. Y esto se pondrá muy desagradable.

¿De dónde sale tanta furia? ¿Qué le hará al país?

Cualquiera que recuerde la década de 1990 podría haber predicho algo similar a la actual locura política. Lo que aprendimos de los años de Clinton es que un número significativo de norteamericanos no consideran legítimo un gobierno "liberal". La elección de Obama hubiera enfurecido a esa gente aun cuando hubiese sido blanco. Pero, por supuesto, el hecho de que no es blanco y de que, además, tiene un nombre que suena extranjero, alimenta la furia. Y no estoy hablando de la furia de los excluidos y los desposeídos: los miembros del Tea Party son relativamente acaudalados, y en estos días nadie está más enojado que los muy ricos.

Wall Street ha caído sobre Obama con sed de venganza: el mes pasado, Steve Schwartzman, el multimillonario director del gigante financiero Blackstone Group, comparó las propuestas de acabar con las exenciones fiscales de los administradores de los fondos de cobertura con la invasión nazi de Polonia.

Y fuerzas poderosas promueven y explotan esta furia. El reciente artículo de Jane Mayer en The New Yorker sobre los multimillonarios hermanos Koch y su guerra contra Obama ha generado una muy justificada atención, pero lo único nuevo es la magnitud de este esfuerzo bélico: multimillonarios como Richard Mellon Scaife ya habían entablado una guerra similar contra Clinton.

Mientras tanto, los medios de derecha están repitiendo sus grandes éxitos. En la década de 1990, Limbaugh usó indirectas para alimentar la mitología anti-Clinton. Ahora, como acabamos de ver, está haciendo todo lo posible por insinuar que Obama es musulmán.

¿Y dónde están, a todo esto, los republicanos responsables, capaces de ponerse de pie y decir que algunos correligionarios se están excediendo? No se los ve por ninguna parte.

La mezquita

Para dar un ejemplo importante: la histeria desatada por la propuesta de construir un centro islámico en Manhattan casi logra que uno anhele los días en los que George W. Bush trataba de apaciguar el odio religioso, afirmando que el islam era una religión pacífica. Había buenas razones para que adoptara esa postura: hay 1000 millones de musulmanes en el mundo, y Estados Unidos no puede permitirse convertir a todos ellos en enemigos.

Pero ¿dónde están ahora las declaraciones del ex presidente que predica la tolerancia y denuncia la histeria antiislam? En este punto, como en muchos otros, la cúpula del Partido Republicano muestra un perfil de cobardía sin fisuras.

Entonces ¿qué ocurrirá si, como se presume, los republicanos ganan el control de la Cámara de Representantes? Ya conocemos parte de la respuesta: Político informa que se preparan para repetir su actuación de la década de 1990, con una "oleada de investigaciones", varias de ellas sobre supuestos escándalos que ya sabemos son falsos.

Podemos esperar que el Partido Republicano también se ponga a jugar para ver quién cede primero en lo referido al presupuesto federal. Será una escena desagradable... y peligrosa.

La década de 1990 fue un período de paz y prosperidad; el actual no tiene ninguna de las dos cosas. Aún estamos sufriendo las secuelas de la crisis económica y no podemos permitirnos tener un gobierno federal paralizado por una oposición que no tiene ningún interés en ayudar a gobernar al presidente. Pero, probablemente, eso es lo que tendremos.

Si yo fuera el presidente Obama, haría todo lo posible para aniquilar esa posibilidad, proponiendo algunas nuevas iniciativas, particularmente en el frente económico, aunque más no sea para sacudir un poco la dinámica política. Pero supongo que el presidente seguirá pisando sobre seguro, a lo largo del camino hacia la catástrofe.

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