Una ola de violencia complica más a Lula

Las autoridades no logran detener el alarmante aumento del crimen; hubo 42.000 asesinatos en 2003, es decir, 115 por día
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24 de abril de 2004  

SAN PABLO.- Motines carcelarios sangrientos; favelas tomadas por el narcotráfico; buscadores de diamantes asesinados por indios, y récords de homicidios.

Brasil, que durante el 2002 y el 2003 había sido noticia en todo el mundo por la evolución de sus instituciones, que permitieron la llegada al poder de un obrero y sindicalista, vuelve a llamar la atención internacional por el flagelo de su extrema violencia e inseguridad.

En sus primeros 16 meses de gobierno, el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva no logró contener el crecimiento de la criminalidad, que aumentó al mismo ritmo que el desempleo y la pobreza. Según cifras de un novedoso "Indice del miedo", cálculo estadístico realizado por la prestigiosa Fundación Getulio Vargas, el 94% de los brasileños siente que la violencia y la inseguridad aumentaron en 2003 en relación con el año anterior.

"El índice muestra que en las grandes ciudades, de 0 a 100 el miedo llega a 59 puntos (100 sería terror absoluto). El miedo es grande, pero lo más impresionante es que quien no tiene miedo es, en general, porque vive una vida que no es normal. Usa auto blindado, está cercado de seguridad o restringió totalmente sus actividades para sentirse seguro", dijo a LA NACION Alberto Almeida, coordinador del Indice del Miedo de la FGV.

Según Almeida, "el crimen y el asesinato se volvieron tan banales en Brasil, que es impensable una manifestación como la que se vio en la Argentina por Axel Blumberg. Son muchos años de violencia que crece siempre un poco más. Aquí la violencia brutal llegó de a poco."

Según cifras oficiales del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, 600.000 brasileños fueron víctimas de homicidio durante los últimos veinte años. Pero los índices más altos se concentran justamente en los últimos años. En el 2003 fueron asesinadas 42.000 personas, es decir, 115 por día.

El ejército en las favelas

La violencia del narcotráfico en las favelas de Río de Janeiro muestra que 10 años después de que el gobierno de Itamar Franco envió a los morros al ejército, momentáneamente, porque la situación se había vuelvo insostenible, el fenómeno continuó creciendo hasta quedar fuera de control. Las organizaciones narcocriminales con ramificaciones en las cárceles y las favelas son cada vez más: Comando Vermelho, Terceiro Comando, Amigos dos Amigos, Terceiro Comando Puro y Primeiro Comando da Capital.

Ahora acaban de ser descubiertas en una casucha de la favela Rocinha decenas de minas terrestres de uso bélico y granadas de fabricación militar. Como dijo un columnista local, "ni los iraquíes minan a su propio país para expulsar a los norteamericanos". En uno de los días más tensos del conflicto en Río de Janeiro, un helicóptero fue atacado con fusiles automáticos y tuvo que hacer un aterrizaje forzoso.

Todo esto ocurre en un país que está dentro de las quince primeras economías del mundo y que conduce una política externa destinada a conquistar el liderazgo regional.

Mientras el gobierno no logra poner en práctica un plan nacional de seguridad capaz de hacer retroceder las cifras de violencia, el narcotraficante que comandó la invasión de una favela de 120.000 personas y causó la muerte de otras 12, permanece fugitivo.

El grado de preocupación que está ocasionando la violencia brasileña llevó al ex presidente Fernando Henrique Cardoso a pedir una movilización "como la de la sociedad argentina". Según Cardoso, "la inseguridad es el problema más grave [de Brasil], porque es el problema que más afecta a la población con sus múltiples facetas. Si no hay una movilización de la sociedad, nada se resolverá".

Macabro motín

En tanto, ayer concluyó un motín carcelario en el estado de Rondonia, del noroeste del país, que mostró el caos que vive Brasil con su sistema penitenciario desbordante. Presos del penal Urso Branco (Oso Blanco) mataron y descuartizaron a 14 detenidos y después de seis días de motín obligaron al gobierno a aceptar sus reivindicaciones.

En el mismo estado amazónico, indios de la tribu Cinta Larga mataron a 29 buscadores de esmeraldas que habían invadido su reserva; los muertos llegarían a 42. También los mutilaron. Después de más de una década recorriendo los cajones del Congreso, los 330.000 indios brasileños continúan teniendo un status jurídico indefinido tanto sobre su responsabilidad penal como sobre la explotación que hacen de las riquezas naturales brasileñas. Mientras una cúpula de caciques circula en camionetas 4x4, usa armas de fuego, habla portugués y maneja dinero, el resto de los indios actúa como brazo armado y operario de los intereses de los caciques: una demostración de que la violencia en Brasil invadió hasta los rincones más recónditos de la cultura brasileña.

El ministro de Justicia, Marcio Thomaz Bastos, en quien Lula depositó la misión de conducir la lucha contra la criminalidad y el descontrol de la violencia, tiene respuestas filosóficas para el problema más grave del país: "Como decía [el pensador existencialista francés] Jean-Paul Sartre: somos mitad cómplices y mitad víctimas, como todos".

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